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La verdadera mentira

Luis Ricardo Guerrero Romero

En la vida se dice, nadie nos enseña a ser padres, ni esposos, mucho menos hay un instructivo para llevar a buen fin una amistad. Dentro de tantas cosas que no nos enseñan y de las cuales vamos abriendo sendero conforme la experiencia nos dicta, está el mentir. Tradición antiquísima y punible, pero necesaria para cualquiera que se ostente de  ser  un humano, así que ir en contra del octavo mandato de Moisés –aunque sabemos que ya en Egipto en El libro de los muertos en el capítulo 126, se describen esos mandamientos para enjuiciar al difunto–, no es trasgresión, más aun, es una forma que hace más sencillas las relaciones del hombre o de un dios; todos hemos mentido para bien o para mal con el objetivo único de salvaguardarnos.

De allí el porqué mi estancia en esta clínica en la que ahora me encuentro donde me fueron reveladas las siguientes verdades por la siquiatra Bianca Mancel, y que ahora  comparto el cómo logré  ser competitivo en mi vocación mitómana: 1) mira a los ojos del receptor, si eres diestro dirige tu vista a la izquierda, si eres zurdo a la derecha; 2) evita mencionarte en los enunciados que formules, usa pronombres; 3) utiliza palaras como: créeme, sinceramente, con sensatez; 3) no cruces los brazos o las piernas, es síntoma que refleja desear fortalecer la aduana afectiva; 4) trata de pestañar poco, ya que cuando la tensión aumenta hay resequedad en los ojos; 5) no ocultes las manos pues te delatará; 6) prescinde de acortar palabras con expresiones: ah, mmm, este, o toser; 7) no frotes la nariz, ojos o cara; 8) jamás cambies el tema  por el cual mientes, dale tiempo suficiente a tu mentira, provoca preguntas que cansen a tal grado, que quien te escuche decida que has ganado. Tales argumentos ya expuestos concluyen según la siquiatra en una idea del filósofo Nietzsche: “Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti”. Pero, ¿quién necesita de Nietzsche, si ha muerto?

La mentira ha sido y es, la función del lenguaje que Roman Jakobson omitió, debido a su aspecto productivo en el quehacer lingüístico. La palabra mentira, verbo helénico descrito en la antigua lengua como algo inacabado o mejor aún, como fingimiento de la cosa que es, sin ser algo: ψευδος (pseudo) es el verbo griego con el cual se designaba a lo que ahora reconocemos gramaticalmente como mentira. Sin duda nada tiene que ver la palabra pseudo con las grafías de mentira, pero sí con la idea contextual y semántica de la cultura que nos regaló la mentira: Roma. En el latín existen dos modos para enunciar el verbo que ahora atendemos: ementior y mentior; la primera de ellas es fingir, falsos auspicios y tiene relación con otra palabra emendo de donde viene enmendar, ya que sencillamente el propalar una mentira es desear corregir un asunto, purgar una acción por medio de la imaginación; y la segunda de estas, precisamente está ligada con la mente de donde surge la imaginación. Mentior (>mentir), es imitar la verdad, engañar al otro con productos mentales –cabe enfatizar que el tema y/o raíz que generó mentior deriva del acusativo  mentem, ya que es a partir de las verdades que registra la mente como logramos restructurar información y presentarla como verdad, sólo sabe mentir quien conoce verdades. A todo lo anterior mostrado habremos de sumar que efectivamente la mentira es una pseudo verdad, tal como los helenos reconocían no sólo en  la escritura, sino también en esencia. Esta palabra ha generado frases hiperbólicas como: ¡parece mentira!, en contextos de asombro; o bien lugares para compartir indagación: mentideros (según la RAE). La mentira, de verdad se usa.