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Federico Anaya Gallardo

Si Usted googlea “Misión de Guadalupe” y “Javier Vargas” el buscador probablemente le conduzca a YouTube adonde hay una colección de videos conmemorando los primeros 50 años del proyecto marista de evangelización católica en Chiapas. Uno de esos videos me impresionó mucho. (Liga 1.) Es la palabra que compartió Javier con las nuevas generaciones de misioneros en 2012 –la mayor parte de ellos laicos. Javier Vargas no es cualquier persona. Fue uno de los principales asesores del obispo Samuel Ruiz García. En el video Vargas nos cuenta cómo el último obispo de Chiapas se convirtió en jTatic Samuel. Porque antes de eso, era sólo el joven clérigo fanático que nos describió Fernando Benítez.

La Misión Marista se abrió en ciudad Las Casas en enero de 1962, casi al mismo tiempo que Benítez entrevistaba al joven obispo. No fue una iniciativa del prelado de Chiapas, sino un proyecto impulsado por el representante de El Vaticano en México. El equipo fundador lo formaban sólo tres hermanos religiosos, y siguiendo el ejemplo de los primeros padres jesuitas en Bachajón, salieron a visitar las comunidades indígenas de Los Altos. Vargas recordaba que los acompañaba el obispo. ¿Acaso le caló al joven prelado la impertinente sugerencia de reportero indigenista Benítez en sentido de que su rebaño vivía en la miseria mientras sus curas trasquilaban a las ovejas? Tal vez. En cada comunidad invitaron a muchachos y muchachas. Ellos iban a la escuela de los maristas. Ellas a la de las hermanas del Divino Pastor. Los cursos en Las Casas duraban tres meses. Las y los jóvenes retornaban a su comunidad como catequistas. Luego se iniciaba otra ronda de visitas para coordinar las acciones pastorales. Las fotografías de ese tiempo muestran a maristas y obispo aún ensotanados. Eventualmente todos optaron por vestimentas más prácticas para caminos y veredas –y para jugar básquet en el patio de la Misión. En eso andaban cuando Juan XXIII llamó a Concilio. El obispo Ruiz se fue a Roma a fines de 1962. Vargas dice que ya iba “alimentado” por la Palabra de Dios que había pregonado en las comunidades.

El concilio se reunió en cuatro sesiones entre 1962 y 1965. Los padres conciliares iban y venían de Roma a sus diócesis. Al menos parte de las discusiones se dieron en latín. El joven obispo de Chiapas, nacido en Irapuato y hablante de castellano, saltaba así del latín al tzotzil y del centro imperial pontificio a la marginalidad de la pobreza más terrible. Del contraste puede nacer la consciencia. De acuerdo a María Isabel Carozzo, el 16 de noviembre de 1965, unos 40 obispos se reunieron en la Catacumba de Santa Domitila en Roma. Los había convocado Helder Cámara, arzobispo de Olinda y Recife. Luego de celebrar la Misa, firmaron 13 numerales que los comprometían a vivir en pobreza, alejarse de los privilegios y a convertir la beneficencia en “obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, teniendo en cuenta a todos, especialmente los más débiles, para impulsar el advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios”. (Liga 2.) Se sabe que entre los firmantes estaba Sergio Méndez Arceo. ¿Firmó Ruiz García el pacto de Santa Domitila?

La combinación entre la aventura catequística chiapaneca y el concilio explica por qué Ruiz García se comprometió en esos años con la pastoral indígena y permite imaginarle compartiendo su experiencia en comunidad con sus hermanos obispos en Roma y luego en las reuniones del episcopado latinoamericano. En la hagiografía samuelista hay varias historias que provienen de esta época. La que más me gusta es aquélla en la que, en una visita pastoral, Samuel visita una finca. Antes de ser recibido por el propietario, el obispo trabajó con sus catequistas y con los peones de la finca. Estos le contaron de todas las cosas que el finquero les había exigido entregar para recibir al príncipe de la Iglesia. Ya en la casa grande, el propietario le ofreció sólo una taza de café. Le preguntó al obispo qué le parecía. Samuel respondió: “—Es la taza de café más cara que he bebido”. De allí en adelante los catequistas dejaron saber que no debía darse nada a los propietarios para las visitas del obispo. Y éste comió con los pobres y no con los finqueros.

Obispo y clérigos descubrieron que si querían tener éxito en la evangelización debían dejar de ser kaxlanes y volverse tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales. Esta necesidad de cercanía con sus feligreses indígenas les obligó a volverse antropólogos –lo que los llevó a contactar a Ángel Pálerm Vich en la Ibero. Javier Vargas recuerda que el 12 de octubre de 1968 se organizó una reunión de evaluación del proyecto diocesano. Una parte de la evaluación estaría a cargo de “unos señores muy profesionales de México para ver cómo habíamos trabajado” y la otra correspondería a los treinta catequistas con más experiencia. Es probable que los “señores de México” proviniesen del círculo que ayudaría a la diócesis en su conversión a la antropología. Pero lo más trascendente fue la evaluación indígena. Los treinta hicieron tres preguntas: ¿Puede su Dios liberar nuestros cuerpos que llevan siglos oprimidos? ¿La Palabra de Dios la tiene sólo el obispo y sus sacerdotes o la podemos tener nosotros? ¿Cuánto tiempo van a acompañarnos, un año, varios años o toda la vida? Vargas estaba sentado en el presídium de la reunión junto a Samuel Ruiz. Lo vio llorando. El obispo se levantó y dijo: “—Bendito sea el Dios del Cielo y de la Tierra, porque hemos descubierto lo recóndito, lo verdadero del Evangelio. La verdadera conversión, la verdadera evangelización consiste en que nosotros, los misioneros, nos convirtamos, y no nuestros hermanos. Nuestra propia conversión es la clave”. Vargas interpreta eso como el primer milagro de la diócesis y señala que esas fueron lágrimas-semillas que se sembraron para siempre.

27 años después, cuando yo llegué a prestar servicios jurídicos al FrayBa, el obispo –quien ya era jTatic– nos recomendó al par de licenciados recién llegados: “—Recuerden que ustedes no son los protagonistas de los casos, sino sólo acompañantes. Las personas que llegan a pedir sus servicios son los verdaderos agentes … del caso y de la Historia”. Un llamado a la conversión personal y un consejo ético muy necesario en una profesión (la legal) notoria por alimentar el ego profesional.

Esta idea de que el profesionista o intelectual es sólo acompañante puede tener un eco gramsciano. Abogados, contadoras, antropólogos, ingenieras, biólogos, ecólogas somos sólo servidores del pueblo pobre. Convertido en servidor del Pueblo y en antropólogo, entre 1968 y 1974 JTatic dirigió CENAMI (Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas) una A.C. del episcopado católico mexicano. A Fernando Benítez le habría divertido que este periodo del trabajo de CENAMI se considere hoy de Pastoral Indigenista. El joven obispo había cambiado radicalmente. A jTatic le sucedieron en CENAMI Arturo Lona (obispo de Tehuantepec) y Bartolomé Carrasco (arzobispo de Antequera). La pastoral pasó de ser indigenista a ser indígena. Hoy día, el consejo directivo de CENAMI es presidido por Raúl Vera López (obispo de Saltillo). Pero, si traigo a colación CENAMI no es sólo para reportar la serie de obispos católicos que optaron por los pobres y por los pueblos indígenas sino porque, en medio de ese trabajo, nacieron otras vocaciones y otros tipos de intelectualidad –en las cuales la dimensión gramsciana del acompañamiento es más clara: profesionistas nacidos desde las comunidades.

El mejor ejemplo es Floriberto Díaz Gómez (1951-1995), ayuuk nacido en Santa María Tlahuitoltepec Mixe, en Oaxaca, y quien “en su corta vida se convirtió en uno de los dirigentes e ideólogos más importantes del movimiento indio, tanto en su natal Oaxaca como a nivel americano” (Ojarasca, № 45, 1995). Floriberto se inscribió en un seminario católico hacia 1973, justo en los días en que los obispos liberadores defendían una pastoral enraizada en los pueblos originarios. Pero esto no fue suficiente para él: “mi vida tenía que estar al lado de los míos. Entender que no me pertenecen los conocimientos que tengo y la vida que los sostiene (ya) lo había (aprendido) … cuando me salí del seminario”. Pero Floriberto no regresó de inmediato a su pueblo. Antes se inscribió en la ENAH a estudiar antropología –y en 1979 presentó su proyecto de tesis: “Política Autóctona (Análisis de la Represión a la Vida Comunal)”. Sin embargo, ese mismo año recibió un cargo de parte de su gente, como presidente del Comité pro-defensa de los recursos naturales de la zona alta, una organización que buscaba reunir a todas las comunidades mixes. Floriberto cuenta que había empezado a trabajar en las observaciones y entrevistas de campo de su tesis. Entonces, “dos nobles ancianos y principales consejeros en sus respectivas comunidades (Chichicaxtepec y Tlahuitoltepec) me cuestionaron acerca del trabajo que iniciaba. Después de explicarles qué estaba haciendo y con qué objeto, simple y sencillamente me dijeron de manera simultánea: ¿Y esos… señores saben más que nosotros sobre ese asunto? ¡Tú no tienes que presentar examen alguno ante ellos; el examen lo tienes que hacer diariamente ante la gente de las comunidades, y el examen ha comenzado al nombrarte como su representante! ¡Es este examen el más importante y no algo que lleves a otra parte!” Floriberto registró años más tarde que “el momento había sido oportuno” porque el ánimo comunitario era alto y el proceso de organización marcaría “nuevas rutas en nuestra vida como Pueblo Mixe”. (Díaz, “Autorreflexiones”, 1991, Liga 3.)

En 2017, Carlos Agudelo y David Recondo reconocían el impacto que “Servicios del Pueblo Mixe” una de las organizaciones ayuuk impulsadas por Floriberto, había tenido en la formulación de las leyes electorales oaxaqueñas que reconocieron el sistema de usos y costumbres en Oaxaca. Los investigadores destacan el “surgimiento y la consolidación de una élite de mediadores étnicos que al tiempo que participan en la construcción del discurso político identitario, se enriquecen con los elementos que van surgiendo en las arenas estatal e internacionales para desarrollar su práctica de interlocutores…” (“Multiculturalismo en América Latina”, Los retos de la diferencia, Casa Chata, pp. 68-69).

Resumo y cierro. Una vez que cambiamos de la agencia del líder, obispo, prelado, misionero hacia la agencia de la comunidad, las cosas caminan mejor y rinden más frutos. Floriberto escribió que la comunidad indígena es “un conjunto de … personas con historia, pasada, presente y futura, que no sólo se pueden definir concretamente, físicamente, sino también espiritualmente en relación con la Naturaleza toda” (“Pueblo, territorio y libre determinación indígena”, La Jornada Semanal, 11 de Marzo de 2001). Esta es la historia de una интеллигенция (intelligentsia) mexicana completamente distinta, nueva, orgánica a los nuevos movimientos populares. Estamos muy lejos de los espejos occidentales de Fernando Benítez en los que el Otro indígena se refleja asombrado. El siglo XX mexicano no ha pasado de balde.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.youtube.com/watch?v=FVqrSS118co&feature=relmfu

Liga2:
https://www.alainet.org/es/articulo/203488?utm_source=email&utm_campaign=alai-amlatina

Liga 3:
https://eloficiodehistoriar.com.mx/2015/07/15/los-origenes-de-una-decision-ejemplar/