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Lenguas indígenas: la ceguera de la supuesta modernidad

Ignacio Betancourt

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), declaró este año de 2019 como el año internacional de las lenguas indígenas. Un pretexto ideal para acercar algo de justicia a lo que somos, de lo que venimos y que no han podido desaparecer siglos de estupidez gubernamental. Reconocer la diversidad de lenguas que nos han construido como mexicanos, pese a las injusticias de los conquistadores y de los gobiernos posteriores, desde los inicios del siglo XIX hasta los inicios del XXI, quienes con la “mejor” intención de consolidar un país (México) decidieron que volvernos a todos mestizos (y hablantes del español) era la solución para unificar a un país que desde antes de la conquista era pluricultural. Acordaron que la desaparición de la diversidad de los pueblos fundadores en lo que luego se llamaría México, era una manera de ser modernos y aptos para que los colonizadores hicieran de las suyas. Incluso en la última reforma, dizque educativa, se propuso que todos deberíamos hablar inglés, además del español impuesto por los conquistadores.

Declara el historiador y filósofo mexicano don Miguel León-Portilla: Cuando muere una lengua, la humanidad se empobrece. Para este académico sabio el hecho inadmisible de que “todos los lenguajes indígenas han quedado arrinconados”, siempre resulta un crimen cultural en cualquier pueblo. Aludiendo a los idiomas de los pobladores originarios, León-Portilla siempre ha considerado nefasto que: “No se les enseña (su idioma) a los niños en las escuelas, no cuentan con materiales para cultivarlos, y se topan con un ambiente hostil que les dice en el fondo que son dialectos primitivos. Y ¡no son nada primitivos! Son lenguas como cualquier otra, con todas las capacidades”. Sin embargo la ceguera de la supuesta modernidad aniquila cualquier vestigio de cultura primordial, sigue diciendo el doctor León-Portilla: “Lo que hacen las autoridades es muy poco. Yo he luchado, pero hay mucha gente que cree que son dialectos que no sirven para nada y les dicen: ¡aprendan inglés!, cuando cada lengua es una perspectiva para comprender el mundo que nos rodea, cada lengua es un tesoro. Sin embargo, ni la Secretaría de Educación Pública ni ningún gobierno han hecho lo suficiente para que esos idiomas se enseñen en las escuelas ni destinan suficientes recursos.” Pienso, debería entenderse también como formas encubiertas de un racismo que siglos de dominación han vuelto algo natural: la exclusión de lo primigenio. Todo eso que nos hemos acostumbrado a ver como anacrónico, como algo desechable si queremos ser tomados en cuenta internacionalmente.

Pese a tanta engañifa, en la región de Latinoamérica y el Caribe se han configurado la mayor cantidad de instrumentos para reconocer los derechos indígenas, no obstante los modelos económicos preponderantes continúan propiciando la expulsión masiva de pobladores originarios de territorios donde han habitado hace siglos. Todo esto es la base a partir de la cual la salida de miles de hombres, mujeres y niños en busca de nuevas maneras de sobrevivir pone en crisis las demagógicas declaraciones (y acciones) de gobiernos que no dejan de señalar la necesidad de una nueva institucionalidad. Concluyo esta columna citando el fragmento de un poema de don Miguel León-Portilla: (…)Cuando muere una lengua/ todo lo que hay en el mundo,/ mares y ríos,/ animales y plantas,/ ni se piensan ni se pronuncian/ con atisbos y sonidos/ que no existen ya./ Entonces se cierra/ a todos los pueblos del mundo/ una ventana, una puerta.