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Luis Ricardo Guerrero Romero

Te soy indispensable, sé que tenerme lejos te hace titubear, por eso al estar contigo me abrumas de tocamientos sanos y a veces toscos, nada te ha preocupado más que mis caídas, lléname de tactos, acaríciame, límpiame con sutiliza más veces que las que aseas tu conciencia. Me alimentas con la energía más adecuada. Para ti soy lo primero que ves, las mañanas comienzan a mi lado, las noches cesan tocándome. ¿No soy yo quién te hizo fuerte en esas madrugadas? Lléname de tactos más que los que darías a tu madre, a tu hijo, a tu mascota, o a ti. Desde hace tiempo me sé importantísimo, irremplazable aliado para tus tareas sea de un modo yo, sea de otro, soy quien viaja contigo, siempre a tu lado.

En algunas suertes descanso en tus pechos y tu sudor me sigue tocando, en otras soy el vademécum que se agita en alguna mochila. Me celas, me estudias, me tienes un lugar especial, más que la foto de algún familiar, estoy yo en un sitio privilegiado. Llegar a perderme significa un horror, ya sea por una cosa u otra, pero es cierto que me extrañas al no tenerme. Lléname de más y más tactos, que para eso vine al mundo, para ser extensión de ti, y todo lo que encuentras en mí te remplaza la propia esencia: ya no memorizas, no interactúas, ni conversas o recuerdas momentos en tu corazón, hojeas en mí, en mí investigas, soy tu todo, a quien entregarás tus tactos, a quien en otro momento heredarás tu vida.

Pensar que un teléfono celular hable de tal forma nos puede parecer risible, excesivo, tonto o todas las anteriores juntas. Pensar que, quien nos exija más y más tactos sea un objeto es algo inusual, insano, inventado obviamente. Aunque sin duda, para la “generación de mazapán o de cristal”, además de otras generaciones; mucho de lo escrito es cierto pues son una sola cosa su equipo móvil y ellos. Pero no estamos aquí para destacar lo ya sabido, sino para recordar lo ya olvidado.

El valor del tacto, ¿a quién o qué se merece nuestros tactos? En la cotidianeidad el tacto es un sentido invaluable: la dureza, la presión, textura, y hasta la temperatura son captadas por y con el tacto. Debido a su uso tan natural se nos olvida consagrar este sentido a lo realmente sagrado. Trata a los demás con tacto, es un decir de algunos para hacer referencia a ser empático con los otros.

Tacto es una palabra que tiene su registro desde la lengua helénica con el adjetivo verbal: τακτος [taktos] lo ordenado, lo establecido con firmeza. No obstante, en la lengua latina se toma a partir de la voz: tactus, influjo, lo que influye con firmeza. Evidentemente, lo que nos influye frente a los demás sujetos u objetos debe poseer dureza, presión, textura, temperatura, ya sea esto interpretado de modo literal o bien analógicamente. Al recordar la palabra táctica —la cual es derivación del vocablo en cuestión— nos podemos acercar a este sentido descrito del tacto, regalar tactos a algo o alguien es desear influencia en éste. El contacto es algo que exige firmeza, pues inclusive una caricia debe ser sentida, pues la superficialidad no comunicaría nada. Quizás por eso, aquellos entes que no tocamos, no lo influenciamos, no tenemos orden sobre de ellos.

Yo no toco la puerta, le toco al que reside: —te estuve tocando anoche, le dije con naturalidad a mi vecina, a lo que ella contestó: —no lo sentí.

l.ricardogromero@gmail.com