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¿Los aztecas habitaron en San Luis Potosí?

Chessil Dohvehnain

La respuesta a la pregunta desde luego es no. ¿Pero por qué? Resulta que a la fecha no existen datos o evidencias que indiquen plenamente el poblamiento de al menos la Zona Centro de San Luis Potosí, por parte de este pueblo que parece seguir siendo la fuente de mitos de unificación nacionalista en nuestro país en plena crisis global, como lo demuestra el gobierno de López Obrador.

Recientemente hubo una discusión en un grupo de datos históricos en Facebook donde se publicaron fotografías de los mapas que el ingeniero potosino Octaviano Cabrera Ipiña dibujó a mano en su documento titulado El Misterioso Cerro de Silva, en 1963, y que resultaron de las exploraciones que Ipiña realizó en un cerro que hoy se encuentra bajo investigación arqueológica profesional.

Lo interesante es que a partir de las fotografías de tales mapas, se llegó a afirmar que los aztecas o mexicas habitaron sin lugar a dudas San Luis Potosí, específicamente la Zona Centro del Altiplano. El problema, como se viene diciendo, es que no hay evidencia de ello.

El texto que Octaviano Cabrera escribió en 1963 es producto de su tiempo, y como tal, hay que leerlo críticamente. El autor no fue arqueólogo hasta donde se sabe. Solo un tipo con mucha curiosidad e iniciativa, pero ajeno a fin de cuentas al ejercicio profesional de la arqueología.

Pero primero brindemos contexto. Entre finales del siglo XIX y la década de 1950, San Luis Potosí fue testigo de una etapa marcada por el surgir de exploradores y cronistas locales que indagaron en el pasado de la región, en la medida de sus conocimientos y posibilidades económicas. Entre ellos se encuentran Primo Feliciano Velázquez, Antonio de la Maza, Enrique Palacios, Joaquín Meade y por supuesto, Octaviano Cabrera Ipiña.

Es hasta la década de 1960 que aparecen en la zona las primeras investigaciones arqueológicas profesionales de Beatriz Braniff, una de las arqueólogas más famosas del país por su gran aporte al entendimiento del pasado de lo que hoy es el norte de México, y el trabajo de Ana María Crespo en Villa de Reyes, cuyos resultados se complementaron con las indagaciones de los arqueólogos franceses Jean Lessage y François Rodriguez en la década de 1980.

Los anteriores trabajos permitieron crear una breve discusión regional que se aprecia en los aportes de académicos como Carlos Serrano, Rosa María Campos, Daniel Valencia, Carmen Pijoan y Josefina Lory, quienes contribuyeron a entender de forma sistemática, rigurosa, científica, el papel que tuvieron las tierras en las que ahora se asienta el centro del estado, durante el periodo prehispánico.

Después de la década de 1990, con el establecimiento del Centro INAH San Luis, las arqueólogas Claudia Walz y Monika Tesch comenzaron sus contribuciones en el área de interés, paralelo al surgimiento de la licenciatura en arqueología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, creada en 2006 en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades. Gracias a estos aportes se consolida una imagen más clara de lo que ocurrió en esta pequeña área del gran norte de Mesoamérica.

A partir de los resultados de los trabajos mencionados, se sabe que el área de interés estuvo ocupada por complejas sociedades de cazadores-recolectores desde al menos hace unos 8,000 años, tal como lo sugieren las tecnologías líticas (artefactos tallados a partir de roca) dispersas en la región. Esta ocupación se rompe al menos hasta la llegada de personas provenientes de los Valles Centrales y del hoy Occidente de México entre los años 500 al 300 a.C., a través de oleadas de migración que resultaron de la expansión de estados como el de Teotihuacán.

Estas oleadas de migración de grupos que eran partícipes de la cultura agrícola mesoamericana, se asentaron en aldeas entre los años 300 a.C. y 130 d.C. Después, entre los años 350 al 800 d.C., se observó una intensa interacción social entre sociedades agrícolas sedentarias y grupos cazadores-recolectores nómadas o seminómadas en la región. Los asentamientos ocurrieron en laderas bajas de pendientes suaves, y en espacios abiertos cerca de recursos de agua, donde hubo presencia de arquitectura “orientada” en eje noroeste/sureste, así como de habitaciones construidas alrededor de plazas, y pequeños centros ceremoniales muy “a la mesoamericana”. También hay evidencia que sugiere que las personas que vivieron en el área mantuvieron un sistema de supervivencia mixto: esto es, que adaptaban estrategias de procuración de recursos y alimentos tanto de los grupos agrícolas como de los grupos nómadas, para sobrevivir en el semidesierto de la región.

Es notable que a partir de la evidencia que estudió el arqueólogo francés François Rodriguez se propone también que la coexistencia entre estos grupos fue pacífica, debido a que entre los años 550 al 700 d.C., se vuelve muy difícil saber qué tecnologías líticas son de uso exclusivo de grupos agrícolas y cuáles de grupos nómadas o seminómadas, apoyando lo que Beatriz Braniff y Ana María Crespo pensaron en la década de 1960.

Es entre los años 700 y 1,000 d.C., que se aprecia un clímax en la interacción cultural de la región, ya que se intensificó la presencia de materiales arqueológicos provenientes de otros lugares como la Cuenca de Río Verde, o de Hidalgo. Algo que François Rodriguez observó hacia el sur de la región con grupos cazadores-recolectores entre los años 900 y 1,200 d.C.

Es hasta tiempo después, entre los años 1,200 y 1,550 d.C., que grupos de cazadores-recolectores de los desiertos del norte reocupan la región donde hoy vivimos, cuyas aldeas agrícolas fueron abandonadas en presuntas nuevas oleadas migratorias debido a una gran época de sequía y desertificación que se prolongó muchas décadas, y que volvió todavía más difícil la práctica de la agricultura.

Son los descendientes de estos otros grupos de cazadores-recolectores con los que se sabe comerciaban los mexicas o aztecas (los cuales se fundaron como estado hacia el 1,325 d.C., de acuerdo a los datos disponibles), y son estos grupos contra los cuales se emprendió la terrible Guerra Chichimeca en la segunda mitad del siglo XVI.

De acuerdo con la evidencia en libros, informes y artículos que permiten ensamblar este breve panorama arqueológico de la zona centro altiplano de San Luis Potosí, no se aprecia a la fecha ningún dato que afirme el “poblamiento” de mexicas o aztecas en esta región en particular (aunque en la Huasteca parece haber una historia diferente). Con respecto alguna relación entre ese pueblo y el área de interés, lo que se sabe, simplemente, es que los mexicas comerciaban con los grupos cazadores-recolectores del norte de México, en amplio sentido.

Lo que es aún más importante de resaltar, es que el trabajo exploratorio de Octaviano Cabrera es anterior a las investigaciones arqueológicas profesionales sistemáticas que ayudaron a darle una mayor coherencia a la evidencia de las interacciones culturales prehispánicas alrededor de las cuales cronistas y exploradores como él, ideaban propuestas en la medida de sus conocimientos y posibilidades, que hoy no se sostienen a la luz de los resultados de investigaciones formales.

No deja de ser anecdótico e interesante, pues, la aportación de Cabrera a la historia del área de interés siempre y cuando se lea en su justa dimensión crítica e histórica, sin ignorar el amplio abanico de investigaciones arqueológicas emergentes no solo en San Luis Potosí sino también en regiones vecinas, las cuales aportan datos que enriquecen y complejizan aún más nuestro pasado compartido.

De lo contrario, el compartir información sin referencias ni contexto, como aquella a la que se alude al principio de este texto, podría ser peligrosa en tanto manipulación histórica que crea acertijos que impulsan interpretaciones sin fundamento sobre nuestra historia, que al mismo tiempo promueven el saqueo ilegal de sitios arqueológicos, por más buenas que sean las intenciones.

Es en contra de esa manipulación histórica, que en principio no se percibe peligrosa, contra la que la arqueología mexicana debe alzarse en tiempos de crisis. Porque es en estos momentos donde los poderes políticos y distintas fuerzas de influencia, como bien lo ha demostrado nuestro gobierno actual, buscan crear discursos rancios de “nacionalismo”, que pretenden borrar la gran diversidad humana y cultural que aún hoy día le da forma al territorio en que se desarrolla el valioso drama de nuestras vidas.

jochdo4j@gmail.com