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Los gobiernos que nos merecemos

Renata Terrazas*

Se repite de manera constante que las sociedades tenemos los gobernantes que nos merecemos. La frase pretende ser un llamado a las sociedades apáticas que pasan de largo los problemas públicos cuando no ven un impacto directo a sus intereses.

Estas sociedades se caracterizan por estar conformadas por personas de mira corta, incapaces de reconocerse como parte de una comunidad política en donde la vulneración de los derechos de unos significa la vulneración de los derechos de todos.

En este tipo de sociedades la corrupción crece y desborda porque la incapacidad de las personas de entenderse como un todo permite que los intereses individuales se antepongan a los intereses de todas las personas.

Es en estos espacios donde la acción colectiva es incipiente; las personas se ven a sí mismas como súbditos que padecen a sus gobernantes y no como sujetos de derecho, como agentes de cambio. En este tipo de sociedades de espera el surgimiento de un líder al cual seguir, se venderán las personalidades.

Las personas que viven y forman parte de sociedades de este tipo son las que eligen gobernantes mediocres y obedecen sin chistar las órdenes de las autoridades, aún las más obscenas y arbitrarias.

El sometimiento de estas personas es voluntario; los aparatos críticos se ven eclipsados por una imperante necesidad de entretenimiento, de tener más, de subir en la escala social.

Dentro de esta sociedad están quienes consideran que todo avanza perfecto porque son quienes tienen recursos suficientes para acceder a servicios básicos y a lujos ocasionales. Da exactamente lo mismo que más de la mitad de la población viva en la pobreza y que otro gran porcentaje viva una dura vida para acceder a la educación y a la salud; al fin y al cabo, ellos viajan de vez en cuando fuera del país y tienen carro.

Estas personas son capaces de mantener a un mismo partido en el gobierno porque no entienden que cuentan con las herramientas para producir un cambio. Se mantienen en silencio, tratando de no ser vistos.

Si alguien osa levantar la voz, de inmediato el aparato de Estado, en colusión con una sociedad permisiva de la violencia institucional, reprime, aísla, somete, mata.

De manera ocasional esta sociedad siente empatía por los grupos vulnerados; llegan a sumarse a marchas donde demuestran el repudio por las acciones de la autoridad, gritan su enojo y en una catarsis colectiva se ven a sí mismos como individuos conscientes y críticos. Pero todos sabemos, esto es superfluo y es momentáneo.

El tiempo pasa y las personas dejan de gritar por la causa, dejan de salir a las calles para exigir justicia. Dejan, dejamos, que se le dé carpetazo a uno de los episodios más crueles de nuestra historia.

Estas sociedades parecen tener los gobiernos que se merecen, parecen tener las leyes que se merecen. Pero ¿acaso estas sociedades son homogéneas? ¿Son todos y todas quienes las componen miopes a la injusticia?

México acumula violaciones a los derechos humanos mes con mes, ya sea por decisiones de autoridades federales, estatales o municipales. Xochicuautla emerge como el último lugar donde los intereses privados de los privilegiados se imponen a la justicia y la garantía de derechos; la salida del GIEI representa el carpetazo que el gobierno federal pretende dar a las desapariciones de los normalistas de Ayotzinapa; y así seguimos acumulando casos lamentables que nos indignan un día y se nos olvidan el otro.

¿Es éste un gobierno a nuestra medida?

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación