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México S.A: México, ‘‘vulnerable’‘

reforma energética

Apenas unos días atrás la felicidad invadía Los Pinos (“es un reconocimiento a nuestra estabilidad macroeconómica que nos blindará mejor”, dijo Peña Nieto) y zonas dependientes (“es una muestra de la confianza en la solidez de la economía mexicana”, sonreía la dupla Videgaray- Carstens) por la renovación de la línea crédito del FMI, pero en un abrir y cerrar de ojos una de las principales calificadoras internacionales tuvo a bien apestarles el festejo.

Resulta que Moody’s Analytics advirtió a su clientela que “la petición del gobierno mexicano al Fondo Monetario Internacional para extender por dos años la disponibilidad de una línea de crédito hasta por 88 mil millones de dólares puede ser interpretada como el reconocimiento de que el país tiene una insuficiencia de reservas para enfrentar la volatilidad internacional y que la economía es más vulnerable de lo que las autoridades declaran públicamente” (La Jornada, Roberto González Amador).

Lo anterior, porque el pasado 27 de mayo de nueva cuenta el FMI renovó (la autorización original data de abril de 2009, en el sexenio del chocador Felipe Calderón) al gobierno mexicano una “línea de crédito flexible”, en esta ocasión hasta por 88 mil millones de dólares. El primer monto autorizado, siete años atrás, fue por 47 mil millones, y en aquella ocasión el entonces secretario de Hacienda (Agustín Carstens, ahora gobernador del Banco de México) celebró que tal “facilidad” crediticia no representaba un costo para el erario, aunque obviamente resultó lo contrario.

La “idea” (versión oficial) es no utilizar esos recursos, sino, simplemente, tenerlos a disposición para “blindar” la economía y las finanzas nacionales en caso de presentarse alguna “contingencia”. Y lo mismo que en abril de 2009 y en las subsecuentes “renovaciones” de tal línea crediticia el discurso oficial festeja la “muestra de confianza” del FMI, el cual la extiende –de forma gratuita, desde luego– simple y sencillamente

para que al gobierno mexicano ni lejanamente se le ocurra dejar de cubrir el servicio de la deuda externa y evitar cualquier “crisis de liquidez” (Jesús Silva Herzog dixit) como la de 1982, cuando la administración lopezportillista declaró una moratoria de 90 días.

Si los mexicanos comen o desfallecen por hambre, es una de las mil millones de cosas que al Fondo Monetario Internacional le tienen sin cuidado. Lo que cuida, y lo hace como buen cancerbero, es que el pago del servicio de la deuda no deje de fluir. Las consecuencias sociales de sus créditos, “cartas de intención”, “ajustes estructurales”, privatizaciones, “reformitis crónica” y demás políticas nocivas para los habitantes de este país (y los del resto de la comunidad internacional) le valen un soberano carajo.

La “desinteresada ayuda” del Fondo Monetario Internacional al gobierno mexicano (que abarca la segunda mitad del sexenio calderonista y lo que ha corrido del de Peña Nieto) le ha significado a las arcas nacionales una erogación cercana a 2 mil millones de dólares en el periodo, por concepto de “comisiones”. No se ha utilizado el recurso, pero aun así hay que pagar por “apartarlo”.

Pero más allá de la felicidad institucional, de acuerdo con Moody’s Analytics hay varias razones por las cuales debe prevalecer la prudencia y no el triunfalismo oficial. De hecho, concretamente apunta tres: “solicitar un complemento de recursos externos podría indicar una insuficiencia de reservas internacionales para hacer frente a un ataque especulativo o a una salida abrupta de capitales; es posible que la vulnerabilidad de la economía sea mayor de lo que se declara públicamente, pues el país sigue funcionando con un desajuste fiscal, un creciente endeudamiento público y una aceleración del desequilibrio externo, amén de que el peso mexicano es la moneda latinoamericana más depreciada en lo que va del año; y a pesar de las reformas, México no es el país latinoamericano con menor riesgo ante los ojos de los inversionistas”.

En síntesis, el análisis de la calificadora es diametralmente opuesto al optimismo oficial. Es más, Moody’s detalla que las reservas internacionales con las que actualmente cuenta México (alrededor de 177 mil millones de dólares) sólo equivalen a 16 por ciento del producto interno bruto, y aún con la línea de crédito sólo representarían cerca de 25 por ciento, un monto menor a 32 por ciento que representan en Perú, economía que es una quinta parte de la mexicana (ídem).

De cualquier suerte, sentencia la calificadora, “la línea de crédito flexible no constituye una protección contra la depreciación del tipo de cambio, porque ésta depende de los riesgos y vulnerabilidades propios de la economía. La línea de crédito sólo ayudará a suavizar la volatilidad cambiaria, pero no evitará la depreciación del peso”. Y con todo y el “apoyo” fondomonetarista, en lo que va del sexenio peñanietista se ha devaluado 44 por ciento, y aumentando.

Desde que el gobierno de Luis Echeverría –cuando menos– firmó una “carta de intención” con el FMI, en las postrimerías sexenales, oficialmente se dijo que se actuaba en tal sentido para, entre otras cosas, “corregir las causas del desequilibrio económico, impulsar la generación de empleo y restablecer un proceso sano de crecimiento”. En aquellos tiempos la economía nacional crecía a un ritmo anual promedio de 6 por ciento. El impulso duró hasta 1982, cuando se firmó una “carta de intención” adicional (y también lo hicieron De la Madrid, Salinas y Zedillo).

De allí en adelante, crisis tras crisis, el “sano crecimiento” de la economía a empujones promedia 2 por ciento anual, mientras el ejército de la informalidad suma 30 millones de integrantes. Pero el gobierno se aferra a las mismas cartas, “ajustes estructurales”, “reformas”, créditos y líneas de lo mismo, y conexos como si algún día, más tarde que temprano, la fábula fondomonetarista finalmente se convierta en realidad. Esa es la experiencia acumulada en más de cuatro décadas de “amistad” y “cercanía” con el Fondo Monetario Internacional, mientras el país permanece en el hoyo.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

La buena, que la OCDE asegura que en 2017 la economía mexicana crecerá 3 por ciento; la mala, que este organismo nunca atina en sus pronósticos… Y el dólar se vendió ayer en ventanilla bancaria a 18.80 papelitos del Banco de México, mientras el barril de exportación se mantiene arriba de los 40 dólares.

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.