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Mundos más allá del nuestro (Parte 1): De Esteban Arce y la tolerancia a lo intolerable

Chessil Dohvehnain

Un drama de homofobia, racismo y libertad de expresión

Hace una semana se difundió un video extracto de la conferencia que el controvertido ganador del Premio Nacional de Periodismo, Esteban Arce, dio ante estudiantes de distintas universidades del estado, bajo el título de Valores, Familia y Libertad de Expresión, constituyéndose en evidencia que nos hace reflexionar sobre los peligros de creer y asumir que el ser humano, a lo largo de la historia, siempre ha sido el mismo. Gran error.

En el extracto del video editado por la UASLP, según la plataforma CitizenGo, el periodista afirma que los medios de comunicación se encuentran en una empresa que golpea directamente a la “familia” y a los “valores familiares”, que él considera necesarios para llegar a un “destino” deseable. Continúa por afirmar que no es una persona políticamente correcta, en tanto que él no defenderá la ideología de género la cual atenta contra la “naturaleza humana” y los “valores elementales”, cualesquiera que estos sean.

En el video continúa defendiendo que sólo existen “hombre y mujer” y que más allá de esto no hay, incitando nuevamente a la audiencia para atender su llamado a respetar los “valores elementales” (cualesquiera que estos sean) y la “naturaleza humana” (su propio concepto, claro).

Para muchos, los matices del extracto del video así como las preguntas de un par de estudiantes que aparecen ahí, evidenciaron la naturaleza homofóbica del discurso del periodista, a quien se vincula con la organización conservadora detrás de las Marchas por la Familia.

El punto de la cuestión, es que la intervención del par de estudiantes iba en una dirección específica: disentir del discurso homofóbico del periodista y denunciar su incitación al racismo y al odio potencial que, como en otro lugar he mencionado, parece caracterizar el discurso de la gran mayoría de organizaciones conservadoras que se oponen a las luchas de los movimientos LGBTTTI y de otros grupos sociales.

La cuestión aquí es que algunas de las ideas que se encuentran en los discursos de tales organizaciones, como las de “familia natural” o “valores familiares” e incluso su propia concepción de lo que se cree es la “naturaleza humana” son elementos constantes en lo que parece ser una estrategia amplia de oposición a tales luchas, capaz de ocupar espacios y grandes audiencias incluso en instituciones universitarias, las cuales deberían oponerse a las incitaciones al odio, al racismo y a la segregación.

El drama de Esteban Arce ha pasado ya, pero puede ser necesario remarcar de forma sencilla que al menos algunos conceptos centrales en los discursos públicos conservadores de los defensores de la familia natural, son ideas que, aunque no son letales, sí están fundamentadas en formas de conocimiento y sistemas de creencias difícilmente garantizados que a la larga, y tal como está nuestro panorama actual, pueden convertir en peligrosas tales ideas. Esto a causa de que, bajo las premisas occidentales del libre mercado que de alguna forma se conectan con el privilegio que ahora llamamos “libertad de expresión”, se puede llegar a permitir pasivamente el surgimiento de posiciones y prácticas políticas, científicas y éticas que en sus discursos tengan al odio, el racismo y la segregación como símbolos de poder y fama, aunque sus defensores no lo vean precisamente así. El incidente de hace unas semanas en Charlottesville, Virginia, EU, es un caso ejemplar.

Cultura contra el sentido común

Contrario a lo que podamos pensar, es bastante posible que lo menos común de nuestra especie en su largo trayecto histórico, con todo y sus matices, sea el mismo sentido común. ¿Por qué? Precisamente a causa de esa cosa llamada cultura, concepto ante el cual las ciencias antropológicas tiemblan cuando se les pregunta qué significa exactamente.

Por curioso que parezca, el eje central del discurso conservador de Esteban Arce en su conferencia puede servir de ejemplo para caracterizar de manera preliminar y sencilla, los discursos de los oponentes a la diversidad sexual y a los modelos alternativos de familia. Sin embargo, para los fines prácticos de este ejercicio en contra del sentido común, servirá. Aunque claro, no hay que generalizar, ya que como bien demostró la estudiante de la Universidad del Centro de México en el video, no todas y todos somos iguales ni creemos en las mismas prácticas sociales, aunque podamos compartir sistemas de creencias (tanto ella como Esteban Arce creen en Dios, pero la chica no comparte la postura homofóbica racista y conservadora del periodista, tal como se ve en el video).

Básicamente, el discurso tiene las siguientes premisas: Primero, se asume que existe una familia natural y una serie de valores familiares universales (o sea que son así porque así han sido siempre o al menos desde hace mucho tiempo), que todos debemos obedecer porque se asumen, precisamente, como universales. Segundo, que la naturaleza humana es alguna forma de ser humano en la que se reconoce que la familia natural existe, porque es parte de ser humano y que lo que permite que la familia exista (y por tanto los valores familiares elementales y la especie humana como consecuencia de respetar tales valores) es la unión “sagrada” entre hombre y mujer. Tercero, que fuera de tal unión sagrada, lo demás es una transgresión y un ataque a la “familia” y a la “naturaleza humana”, porque de alguna forma se asume también que, la naturaleza humana, no es transgresora (o pecadora, por decir la palabra prohibida). En otras palabras, lo que no sea familia natural, ni producto de la unión entre hombre y mujer, es una abominación, y ataca a la idea sagrada de la familia y de los valores, los cuales nos han de permitir, mediante la educación familiar, convertirnos en ciudadanos productivos, sanos y buenos.

Basados en esta probablemente forzada síntesis argumental, pero que es útil para el ejercicio, descubrimos que los argumentos de los oponentes a los modelos alternativos de familia e identidad de género, sostienen la idea de que los seres humanos siempre hemos “respetado los valores familiares” y que nos congregamos alrededor de una “familia natural” con papá, mamá y hermanos desde el principio del tiempo, y que la relación fundamental para ser y hacer una familia reside en la atracción “correcta y natural” entre hombre y mujer. Para los defensores de este particular punto de vista, como probablemente lo es Esteban Arce, es una cosa de “sentido común”. O sea, se trata de algo que dan por sentado; se trata de una forma de ver el mundo y la realidad en la que su visión es, potencialmente, la única verdadera. Es decir, es algo que ven normal.

Y cuando me refiero a que es algo que los defensores de la familia natural pueden ver como algo normal, me refiero a que es un fenómeno cultural que nos pasa a todas y todos, en todas partes del mundo. Incluso, en otros tiempos. Siempre habrá algo que veamos como normal, como correcto y socialmente aprobado, o algo que veamos como transgresor, malo, sucio, perverso, erróneo o reprobable. Esto es a causa de la cultura en la cual vivimos, la cual, al igual que otras formas de cultura a lo largo del tiempo y el espacio, genera sus propios “sentidos comunes” y conceptos sobre lo que está bien y está mal.

Lo anterior, por supuesto, no significa que no existan ideologías y conceptos que tengamos que combatir todas y todos. El asunto es que, el darnos cuenta de la realidad histórica de que nuestras ideas, creencias y anhelos son producto de una formación cultural en un tiempo y espacio determinados, y que no siempre fueron “universales” –como la noción de derechos humanos y libertad de expresión hoy día–, puede ser un primer paso para entablar desde la ciudadanía una lucha más informada en contra de los discursos excluyentes, racistas y de segregación que pueden venir desde cualquier parte. Incluso desde nosotros mismos.

Ahora bien, ¿cómo es que podríamos discutir o al menos reflexionar contra las tres premisas del discurso de la intolerancia del cual Esteban Arce es un defensor de entre, probablemente, cientos de miles? ¿Qué clase de trasfondo se esconde más allá de las premisas sintetizadas aquí, que sirven como un mero ejemplo de un discurso entre muchos que incitan a la homofobia, el racismo y la segregación? ¿Es posible el diálogo aún en medio de tanta rabia e ira en un tiempo en donde toleramos lo intolerable? Puede haber muchas alternativas, claro. Pero me propongo esbozar a grandes rasgos al menos una fundamentada, curiosamente, en los aportes de la arqueología y la filosofía de la ciencia.

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