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Luis Ricardo Guerrero Romero

En Puerto Príncipe, Haití, parecía nunca pasar nada después del terrible terremoto que sufrieron hace unos años del cual aún hay consecuencias. Los habitantes de por allá según me contó José de Jesús Prado andan solícitos para el negocio, la necesidad los tiene cautivos, atrapados, versados en más de cinco labores por familia.

Según le entendí a Prado, la economía allá es un asunto de todos y de nadie. Será por eso por lo que de entre todas las mujeres que hay por de aquel lado está la historia de Moise Rimpel, que a sus 35 años promueve una nueva religión basada en la castidad y el arte de la gematría. Interesante síntesis de culturas distantes y aún más si recordamos las influencias literarias de Moise Rimpel, me refiero aquí al libro de Wataru Tsurumi: El completo manual del suicidio (la traducción del título del libro es mía, José de Jesús me lo dijo en nipón, pero aún me es difícil la fonética). En fin, que los principios que han de guiar a este nuevo cisma bajo la dirección de Moise son un tanto raros, y, aunque sabemos que la tasa de mortandad en Haití se debe mucho al sida, esta mujer propone la castidad para ingresar a su credo pues los contagios han sido causa de contacto sexo-genital, aunque muchos otros casos surgen en la sangre familiar.

En relación con la gematría, tanto Prado como yo teníamos curiosidades sanas y confusas del cómo y de dónde abrevó el conocimiento de este estudio interpretativo la joven camarada Rimpel. Pero para satisfacer nuestras confusiones, reunidos los dos después de haber cultivando nuestros estudios en etnobotánica decidimos hacerle una llamada: 001 509 301 1750; el timbre tardó en sonar, pero en cuanto descolgó oímos los gritos, supimos que no fue en vano la llamada.

Quisimos imaginar que la sacerdotisa de este nuevo credo estaba quebrantando su principio de castidad, debido a que aquellos gemidos y vahos exclamados no parecían de dolor o fruto de la violencia. ¿Sería una de las formas de suicido que leyó de las letras de Watury Tsurumi, sería la desesperación, sería un castigo que se impuso para ofrendar su cuerpo a aquel dios que sólo ella conoce? La castidad es un castigo, pero también es un medio para la purificación, así que su castigo tendrá que ser la purificación.

Obviamente, luego de 20 minutos de espera en el teléfono y debido a las distancias, colgamos, nos retiramos meditabundos hacia el ejercicio etnobotánico que antes de la llamada nos tenía entretenidos. Averiguábamos mejores resultados de la ayahuasca.

Ahora fueron dos, es decir que el relato anterior contiene cuatro orejas interactuando que alcanzaron a oír los rezos profanos de la joven haitiana, ella que, como ya se revisó apostó a la castidad como uno que otro credo que anda por allí mendicante de placer carnal y refugiado en crímenes de lesa humanidad.

Pero bien se acierta en cotejar los términos de casto y castigo, ya que, aunque parece no serlo, ambas palabras, significan y se originan en la pureza. Pues es del latín castus: puro y virtuoso; de donde viene casto; mientras que castigare más el verbo ago (hacer) provocaron castus> castago> >castigo  >castigar, o sea: hacer puro, hacerte puro, purificarte.

De tal modo que lo que pretendió la chica haitiana era hacer pecar a estos tipos etnólogos, pero no lo logró, pues sus compromisos con la naturaleza fueron la causa de haber creado todo el relato anterior.