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Pilar Torres Anguiano

Guillermo Tell no
comprendió a su hijo
que un día se aburrió
de la manzana en la cabeza.
Carlos Varela

En uno de sus relatos, Félix María Samaniego narra la fábula del Pueblo de las Ranas, el cual suplicó al dios Júpiter que les enviara un rey, para guiarlos. El dios les envió un rey de palo, que terminó siendo despreciado por el pueblo. Cuando vuelven a pedirle otro rey a Júpiter, éste se irrita y les envía una culebra que muerde, traga y castiga. El pueblo vuelve a suplicar, pero esta vez el dios les dice que “así castiga a aquél que no examina si su solicitud será su ruina”.

La fábula me recuerda a aquellas discusiones sobre los malos gobiernos y la culpabilidad implícita de los votantes. Frecuentemente caemos en el reduccionismo de decir que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. De tripas para afuera, esa consigna parece verdadera.

Lanzar en voz alta un “se los dije” o “disfruten su voto” como si fueran Júpiter hablándole a las ranas, tal vez sea un pequeño consuelo para el hígado, pero la supuesta satisfacción no dura mucho y, además de ofensiva, es falaz: ¿Quién con mayor derecho de exigirle al gobernante que el pueblo que lo puso ahí? O bien, como sugiere la canción de Carlos Varela: ¿quién con mayor derecho de querer tirar al blanco que el hijo de Guillermo Tell?

Guillermo Tell, tu hijo creció
Quiere tirar la flecha.
Le toca a él probar su valor
Usando tu ballesta
.

En el mundo real –el que no es una fábula ni una canción– el príncipe se puede volver sapo; el héroe, tirano; el revolucionario, dictador. El término ‘tirano’ proviene del griego y significa soberano o señor que detenta el poder. Resulta interesante señalar que, en principio, su connotación no era del todo negativa, porque algunos tiranos eran queridos por sus ciudadanos. Con el tiempo, la acepción se transformó para designar al déspota que comete actos de violencia e injusticia contra su pueblo… de esos que se niegan a soltarle la ballesta al hijo, para que aprenda a disparar.

A Guillermo Tell no
le gustó la idea
y se negó a ponerse
la manzana en la cabeza.
Diciendo que no
era que no creyera
pero qué iba a pasar si
sale mal la flecha

Como Daniel Ortega en Nicaragua, la historia nos muestra varios ejemplos de caudillos que, al perder el rumbo, se convierten en el dictador igual o peor que aquél que combatieron, sin importar lo sandinistas y libertarios que hayan sido en el pasado. Lo peor es cometer sus crímenes en nombre de una revolución que se diluyó hace tiempo.

Y es que la Revolución se convierte en algo etéreo, y luego hasta la escriben con mayúscula en los libros de texto. En una abstracción que hace referencia a algo mítico, intangible y sagrado. Hay caudillos que, una vez en el poder, se petrifican en él. Crean diversas formas de enraizarse: no sueltan la retórica nacionalista, el discurso romántico del destino, de la raza, de la lucha, del héroe poético que casi no toca el suelo. Lo cierto es que todo tirano, en su megalomanía, se comporta como si la lluvia fuera milagro que baja por su cuerpo, como si la luna no pudiera salir sin él, como si la tierra le besara los pasos.

A propósito de Ojalá, la canción más célebre de Silvio Rodríguez, algunos piensan que no solo es un tema de amor dedicado a Emilia -una novia que tuvo a los 18 años cuando estaba en el ejército- sino un texto que admite también una lectura política, cuyas metáforas son ironías que bien pueden aplicarse contra Pinochet, Somoza y otros dictadores que, como Daniel Ortega, destruyeron su propia lucha. Algunos pensarán que es estirar demasiado la letra, pero la poesía da para eso y más.

En Nicaragua, Daniel Ortega pretende eternizarse en el poder, y seguir mentando la consigna de que el imperialismo quiere acabar con la patria, mientras él mismo asesina a su pueblo, hace alarde de allanamientos, ejecuciones extrajudiciales, arrestos a sus opositores.

Al terminar estas líneas, en una conversación por WhatsApp una persona, me escribe: “Cientos de jóvenes se unieron a los sandinistas para derrocar al dictador Somoza y miles apoyaron desde distintas trincheras esa revolución, dieron y arriesgaron la vida; hoy Ortega y su esposa han traicionado la revolución, parece una ironía que hayan dado y arriesgado la vida a lo pendejo” …

Ortega es la paradoja personificada: se convirtió en Somoza. No necesitaba hacerlo. Ya tenía su lugar en la historia.

@vasconceliana


*Agradezco a Rogelio Tinoco G. las reflexiones.