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Luis Ricardo Guerrero Romero

La mosca de la fruta me parece un insecto mucho más inteligente, mucho más sigiloso, y no sé, con seguridad un insecto mejor nutrido que todos los demás. A veces, dejo pedazos de fruta con toda alevosía para que ellas vengan, las veo volar y luego alguna que otra irse desinteresada por ese fruto, pero cuando acerco un vaso con un zumo como banquete también están allí, pero son aquellas suicidas las que más capturan mi atención, pues bajan, beben, luego con suerte ya demasiado llenas no logran despegar el vuelo, y mueren allí, en ese vaso que les dio por última vez el alimento que da vida, ahora igual les da muerte.

Al igual que la mosca de fruta, el hombre se ahoga algunas veces en un espacio que él mismo buscaba, y muere, mueres, muero. No sabemos si ese sabor que nos atrapó fue lo suficientemente conmovedor para habernos entregado en ese zumo, el zumo de alguna meta, algún proyecto, algún inframundo. Entonces nuestra propia vida es síntoma y es remedio, etiólogos de nuestra existencia, y de nuestra mortandad.

En la medicina, la palabra etiología, se emplea para la descripción, o explicación de las enfermedades, por ejemplo, fue la etología la que ha nombrado al encono que surgió en China, el coronavirus. Sin embargo, la idea primigenia de etiología no se reduce al campo de la salud, es más, no era la idea principal, sino más aún, el de estudiar el origen de las cosas, las causas de las cosas. Por ejemplo, el devenir de una mosca de fruta lo podrá explicar la etiología.

Fue a partir del latín aetilogia, de donde sale esta voz que todavía prevalece en nuestro lenguaje, aetia: destino, responsabilidad, o causas. El estudio del destino, el tratado sobre las causas, el razonamiento sobre la responsabilidad de lo que sucede. Es decir, no sólo las enfermedades o padecimientos, aunque el uso ya tenga a la etiología en la esfera de la salud, todos, en absoluto todos, debemos practicar la etiología. Eso nos hará encontrar un camino más concreto y no hundirnos en el zumo de las cosas.