Gobierno reduce 58% presupuesto para Tren Maya
8 septiembre, 2019

Luis Ricardo Guerrero Romero

Mientras la bocina recién comprada en el tianguis sonaba con aquella clásica canción: “Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira: Di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar, que no entiendes de amor, y que nunca has amado”. Mis amigos y yo intentábamos por primera vez hacer lo que los jóvenes hacen cuando nadie los ve. Era la adrenalina, el sabor de sentirse lozanos, o sencillamente el que uno de nosotros había muerto dejándonos un vacío imposible de expresar. Qué dirían nuestros hijos si se enteraran, qué pensarían nuestras mujeres si sospechan que hacemos esto por diversión, cual viejos inmaduros. Nada podría salvarnos de una crítica severa. Cinco sexagenarios jugando y divirtiéndose con un poco de droga por primera vez. Uno de nosotros ni siquiera sabía fumar tabaco y ahora experimenta con un porro.

Tuvimos que informarnos, ver tutoriales en youtube, allí se encuentra de todo, me atrevo a pensar que incluso sé más que muchos chicos sobre las diversas maneras de quemar algo de yerba. Elegimos drogarnos con “un mundo raro” porque nuestro finado amigo guardaba un parecido a José Alfredo, y además le gustaban las nieves. Eso último no tiene nada que ver con el cantautor mexicano, pero sí con Jacinto.

Tal como dicta la canción fue necesario decir otra mentira a nuestras familia, puesto que el estado alucinado con el cual nos vieron nuestros familiares era inevitable ocultarlo. Cayeron, otra vez cayeron en nuestras mentiras, viejos pero experimentados en mentir éramos todos. La primera mentira aún nos pesa en el pecho, pero Jacinto nos provocó a todos y por eso tuvo que morir. La segunda mentira es la anterior descrita, pues al estar fumando era evidente que para ninguno de nosotros eso era algo nuevo, pero nadie dijo nada, todos convivíamos en nuestro lecho engañador.

Lo anterior expone varias situaciones, de todas se podría hablar y hacer un análisis, pero de lo que se trata aquí es de dilucidar sobre una de las palabras empleadas por el personaje sesentero: mentira. Podemos extendernos y divagar en los porqués, las necesidades, las conveniencias de mentir. No sabemos de hecho si la mentira es moralmente buena o mala. Hay profesiones que se basan en las mentiras, como los abogados. Los médicos al querer hacer menos cruel un diagnóstico, los presbíteros de diferentes iglesias, los oficios y un largo etcétera. Todo ser humano miente. Hasta el día de hoy no se ha descubierto a alguien que jamás haya mentido, y es que mentir es parte del ser racional, la mentira es hija de la mente.

En efecto la voz mentira es engaño, no importa la intención o el grado, la piedad o la crueldad, mentir es falsificar. Es mentira que somos seres vivos, pues cada minuto estamos muriendo, ni en el pasado somos, ni en el futuro estamos. Hay un presente que es una farsa.

Del latín mendacium, (falsedad, ilusión, error); es engañar con la facultad de la mente. De hecho, mente es la raíz de mentir. Si hay alguien que no mienta, ese alguien no está facultado de mente. Lo creado con la mente, con la imaginación eso es ficción, eso es mentira.

Se oye sobre mentiras a medias, piadosas, plagios, rumores, compulsiones por mentir, mitómanos. Lo cierto es que, cada palabra que se propala, tiene ya un rasgo de mentira.