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Luis Ricardo Guerrero Romero

Los amantes se dirigían hacia algún museo de Normandía, justo para celebrar un año más de bestial relación, nada que hubiera de cultura les interesaba, solamente asistían a aquellos lugares costosos y llenos de curiosidad para satisfacer punibles deseos carnales, la rabia enamorada que los ataba era el grito profano de algún dios. Para costear sus trayectos desde la ciudad de Brisbane hasta cualquiera de sus objetivos, tramaban engaños financieros como los peores políticos mexicanos, eran sin duda un par de sodomitas que hacían vida el lema que descansa al pie del escudo de la ciudad de Brisbane: “Meliora Sequimur«, (seguimos las mejores cosas), aunque sólo ellos conocían el significado personal que le daban a tan alto ideal. Otra cosa en la que se parecían al escudo de la mencionada ciudad de Australia, era en su bestialidad, aquellos grifos fantásticos encontrados entre sí como buscando cautivar con su cuidado la cabeza de una fiera, era sin duda un apostolado para los viajeros brisbianos. Aquel día que llegaron a Normandía todo acabó, pues su comportamiento indómito quedó por debajo de la belleza de una mujer, la fiera que los tenía conquistados.

El relato de estos aventureros australianos nos descubre que al hablar de bestias no sólo es posible imaginar cuadrúpedos enormes o fieras letales, ya que el mismo ser humano es proclive a realizarse como bestia al no incorporarse al mundo normativo de la sociedad, lo anterior ya lo había teorizado de mejor modo el filósofo estagirita: “Y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad, sino como una bestia o un dios” (Aristóteles). Aunque nuestros personajes sí necesitaban de otros para sus concupiscibles tareas y tranzas financieras, en realidad esa necesidad no es tal, sino únicamente en aras de la utilidad como objeto de placeres. Puesto que eso es efectivamente el modo de vida de una bestia. Las bestias están en su total existencia y jamás podremos hablar de que ellas tengan una proyección, una teleología. El latín da dos sustantivos que hicieron posible nuestra actual palabra bestia: belus y bestia; una es lo relativo a lo feroz, monstruoso, pero también lo bruto, otro es, la fiera. Tales descripciones asumen asimismo la idea helénica de θηρειος (Therios), lo salve, o terrible; lo cual no indica que fuese malo, sino que está dotado de medidas superiores a las humanas, es por eso que Aristóteles distingue como ya se mencionó la facultad de ser bestia o un dios, debido a que prescindir de los demás sería ser superior de manera incomparable al ser humano.

No obstante, la idea de lo fantástico e increíble, así como de lo sobrenatural motivo de turbación es generada en la gran parte en la Edad Media, en donde abundaron riquísimas expresiones de los denominados: bestiarios. Bestiario de Aberdeen, de Isidoro, el toscano, entre otros, y aún con significativo porcentaje la mismísima biblia contiene narración de bestias fantásticas, el ejemplo más ilustrativo es obviamente el libro del Apocalipsis, aunque también ya desde el Génesis. Entendemos por bestiario desde el escenario literario, los textos en donde se recupera la descripción de animales o seres fantásticos con carga simbólica, aunque ya en la época contemporánea distinguimos a los argentinos Borges y Cortázar con respectivas obras de bestiarios, el primero asume una línea apegada al origen de lo fantástico, y el segundo lo usa como contradicción. Sea como fuese la presentación de las bestias a lo largo de la historia ha sido un asunto que quizás es proyección de tipos xenomorfos. Nos quedan dos cuestiones: ¿Por qué al hombre le importa interpretar seres bestiales bajo la óptica ficticia?, y ¿en qué medida la representación y estudio de estos es deseo de lo sobrenatural?  “Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies como de oso, y su boca como boca de león. Y el dragón le dio su poder y su trono, y grande autoridad”. (Apocalipsis 13: 2)