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Poeta, duende y daimon

María del Pilar Torres

“Poesía es lo imposible hecho posible”
Federico García Lorca.

Conchita, mi bisabuela de casi cien años, me contaba que cuando era niña, los duendes le escondían sus cosas y le hacían maldades. La escuchaba con mucha atención. Entonces yo era tan niña como aquella Conchita del relato. Aunque eso de los duendes sí me daba miedo, sobre todo por las noches, me hice a la idea que, para dormir tranquila, bastaba juntar mis manos y repetir con fe: Ángel de mi guarda, dulce compañía… Años después escuché por ahí que los ángeles son mensajeros de dios, no sirvientes de los hombres. Y tenía toda la razón; además para entonces ya estaba más grandecita y había dejado –según yo– de invocar a mi angelito.

El caso es que, a diferencia de Conchita cuando era niña, los duendes y yo nunca tuvimos una relación cercana, ni para bien ni para mal. Tal vez por eso, cuando me llevaban a clases de baile flamenco, el maestro le decía a mi mamá que, aunque yo le echaba ganas, “no tenía duende” (que bailaba feo, pues).

Hoy sé que, con esas palabras, el maestro de danza se refería a que cualquiera puede bailar, pero no cualquiera puede ser un artista. Tenía razón. Hoy sigo pensando que los artistas son seres que no pisan el suelo y que son visitados por las musas, quienes les inspiran para traer belleza en este mundo. Tal vez las musas para los artistas sean como el daimon para los filósofos griegos.

El daimon se refiere a una figura mitológica de la antigüedad, presente también en otras culturas, y que según el contexto adquiere diferentes significados. El poeta Homero se refiere al daimon como una especie de genio protector que se ocupa del cuidar el destino de los mortales. Para Hesíodo los daimones (¿así se dice?) eran “Hombres de la Edad de Oro” que, órdenes de Zeus, tenían la misión de proteger a los seres humanos. También hablan de daimon los pitagóricos, Sócrates y Platón. Todas estas concepciones tienen en común su carácter intermediario entre los mortales y aquello que los trasciende, así como su relación con el destino personal.

Musas. Ángeles. Duendes. Dioses. Feuerbach decía que lo divino no es sino un conjunto de características humanas que le atribuimos a seres míticos, porque no nos atrevemos a asumirlas. No sé si vaya por ahí, pero siempre es necesario un intermediario, parar bien las orejas para escuchar una voz distinta a la propia. ¿Realmente los necesitamos? ¿Sabemos quiénes son y cuál es su sentido? Lorca sí lo sabía.

Entrados los años treinta del siglo XX, Federico García Lorca impartió en Argentina, Uruguay y Cuba, una conferencia llamada “Juego y teoría del duende”, que constituye al mismo tiempo una explicación de la cultura y el arte español y de la poética universal, así como una teoría estética sobre el proceso de creación artística. Aquí, Lorca manifiesta que el gran arte depende de un conocimiento cercano de la muerte. En su exposición, Lorca describe tres figuras: la musa, el ángel y el duende.

La musa es la inteligencia, el ángel la gracia e inspiración. Ambos, dice Federico, vienen de fuera. El ángel da luces y la musa da formas. El poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. Al duende, en cambio, hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.

Al decir que un “artista tiene duende”, se hace referencia al talento innato, al arte que aflora de manera natural durante una actuación, casi perfecta. Es un concepto que va más allá de la razón, que apela directamente a las emociones que el artista provoca en el público durante su interpretación.

Así, el ángel y la musa –imaginación e inteligencia, respectivamente– son externos. En cambio, la poética profunda, esa que nos pone en contacto con el centro de la vida, es cosa del duende.

Pero “el duende no llega si no ve posibilidad de muerte… el duende hiere, y en la curación de esta herida que no cierra nunca, está lo insólito”.

Esta estética lleva al artista a una experiencia de la muerte, en tanto que evadirse del tiempo implica tocar el fin de la existencia. El arte que nace de la mera reproducción de formas es opuesto al “arte del duende”. Así, dice, es preciso dar el paso a la inspiración para sobrepasar la lógica de la imaginación.

La inspiración, para el poeta Lorca, es la respuesta humana para estar en consonancia con la profundidad de las exigencias de la naturaleza. Tal vez por eso, para el autor de La casa de Bernarda Alba, la inspiración no puede buscarse ni esperar encontrarla, no está dispuesta nuestro antojo. La inspiración, dice, es la forma en la que el poeta quiere ir más allá de la mera imaginación; es una irrupción en otro lenguaje, en otra lógica, en otro mundo… es morir un poco.  

Tal vez pulsión de muerte, dirían los psicoanalistas. Así como, para Platón, la metafísica es ensayo de la muerte.  

Federico García Lorca (1898-1936), uno de los más destacados miembros de la generación del 27, era un artista versátil, con duende, y un hombre socialmente comprometido, que escuchaba a su daimon interno. Su asesinato el 18 de agosto de 1936, al iniciarse la guerra civil española, puso fin de forma trágica y violenta a su intensa vida y extensa obra. Su personalidad, llena de matices, en muchas ocasiones era una lucha consigo mismo y con las injusticias sociales.

El fascismo cortó su vida y ni siquiera sabemos en dónde están sus restos mortales. Nos arrebató a Lorca siendo aún muy joven y tal vez no sabremos nunca hasta dónde habría llegado como artista.  Pero podemos intuirlo al escucharlo decirnos, desde su obra poética, que el sentido de las manos del hombre es imitar las raíces bajo la tierra: un poeta nunca muere en vano.

@vasconceliana