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Luis Ricardo Guerrero Romero

¿Por dónde ibas a comenzar el día?, sabías que los fosfenos, aún residentes de tus ojos, todavía candidatos del sueño, insistentes e incitantes al descanso sólo se disiparán con un baño, un poco de jabón, de agua limpia, pero también un poco de pecado cuando te toca tocar más allá de Venus. Te sientes sola y en tu mano hay compañía. Así eres de silente al mismo tono que las gotas en la ducha luchas con tu moral caduca y execrable, con tu imaginación expelida por la porfía de tu boca.

Saliste de tu habitación, suena el cloc el clac de tus tacones reparados hace días por un zapatero que odia su trabajo, pero ama el dinero. Ya vas pensando en el qué, vas pensando en el cuándo, vas pensado en el cómo deshacerte de él. Él, el estorbo, el obstáculo en tu vida, el que no te hace mujer. Tu más pronta alternativa: el divorcio, no sabes, no superas, no es no. Sólo está esa mente obstruida por la cultura, esa imaginación de crearte cosas porque no es suficiente el trabajo e inventas historias típicas, televisivas, razonables en tu pesadumbre de planes personales. Sigues caminando y meditas que los responsables de tus garantías son los demás, y sobre todo él, él, quien vive contigo, pero no junto a ti. Sabes que haces lo mejor, te sabes y te piensas la mejor pero falta algo, ausencia de alguien, eres el mecenas del amor con tu papel de centinela.

Se acaba el turno en la fábrica, te has manufacturado otro día. Regresas cansada, pero cansada de ti. Un error, un desliz es suficiente para decir: divorcio, debemos separarnos. Nadie te analiza, nadie sólo tu exigua conciencia que habla por la porfía de tu boca.

Pudo ser ella, pudo ser él. Todo mundo ha hablado con porfía, todo mundo se ha arruinado solo. Quizás lo inefable es el único remedio ante la locura humana. La auténtica rivalidad está en nuestras mentes, en nuestras posturas, en el no admitir: hoy me he equivocado. Por eso se juega al protagonista, por eso surge el antagonista, por eso súbitamente sale la porfía.

Entendemos este concepto como una lucha, una insistencia oxidada y latente, allí encubierta entre mis propios pensamientos. La porfía es el antagonismo de la verdad, desde el griego: αγωνισμος (agonismos) que en español pasa con el sentido de porfía, pero también con la voz: antagonismo; se puede entender esa obstinación que sale de la boca para dañar a los demás, la lengua que combate al mismo ser. En el latín tal concepto se enuncia: contentio [contencio], certamen, contienda, pelea, disputa. La porfía es la pelea, la porfía es la discusión. Tal voz se relaciona con lo pérfido, el astuto, el traidor, alevoso. La persona que rapta sobre los demás para dar estocadas con la porfía de sus palabras.

l.ricardogromero@gmail.com