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Prisión o Federación de Pueblos

Federico Anaya Gallardo

Los hechos lo son todo. Leer los debates teóricos de la socialdemocracia rusa sobre la cuestión nacional es pesado porque –durante décadas– casi sólo trataron de teoría. Frente a la opresión que la nación granrusa ejercía sobre las naciones oprimidas del Imperio, los bolcheviques defendían el derecho de todas ellas a la secesión. Si Rusia era una prisión de pueblos oprimidos, la liberación de estos pasaba por separarse del imperio. Desde tiempos de Marx, los socialistas eran internacionalistas, señalando que más allá de la bandera de los Estados-nación, los intereses del proletariado eran los mismos. Por eso, Marx creía que los obreros ingleses debían apoyar la independencia irlandesa y luego hacer frente de clase con sus hermanos irlandeses en contra las burguesías inglesa e irlandesa. Cuando en 1905 se planteó la independencia de Noruega y se celebró un plebiscito para separarla e Suecia, Lenin creía que los socialdemócratas suecos debían apoyar la secesión y luego colaborar con sus hermanos noruegos en la lucha contra el Capital.

Pero, hasta 1917, salvo el extraño (y diminuto) caso noruego, el problema no era práctico. Las naciones dominantes en los grandes Estados-nación europeos mantenían eficazmente el control de las naciones oprimidas tanto en sus territorios originales como en sus colonias de ultramar. Rusia hacía lo mismo en Eurasia y EU en las Américas. En su análisis del imperialismo, Lenin incluyó la lucha de los pueblos coloniales. Él y los marxistas radicales llamaban a apoyar todos los movimientos de liberación nacional, en China, India, en Irlanda y… en Rusia. Los socialistas rusos echarían abajo las paredes de la Prisión de los Pueblos (Tyurma Narodov).

Pero no lo hicieron los socialistas. Fue la guerra. El colapso del ejército imperial ruso dejó a millones de soldados-campesinos en libertad. Regresaron a sus regiones cargando fusiles y ametralladoras. Querían la paz (Mir), tomaron la tierra para su comunidad (Mir)… y así aseguraron su pan. La sociedad movediza de los bosques y estepas reapareció destruyendo el Estado zarista. Las decenas de pueblos prisioneros del zarato se encontraron, de pronto, libres.

Mientras tanto, lejos, en la ciudad artificial que era la capital imperial, Petrogrado, los socialdemócratas bolcheviques –que llevaban años agitando en contra de la guerra imperialista– tomaron el poder con la promesa de Paz y Pan en octubre de 1917. Nos dice Stephen Kotkin que tuvieron éxito sólo porque eran los menos desorganizados entre los varios grupos políticos disputando los despojos del Estado nacional granruso.

Pero no hay que dejarse engañar por lo pequeño del grupo bolchevique. Su dirigencia tenía mayor claridad ideológica. Por tanto, su interpretación de la cambiante situación social resultaba en el largo plazo más coherente que la de sus contrincantes. Entre los primeros decretos leninistas luego del Octubre Rojo destaca uno reconociendo la reforma agraria espontánea que ya habían hecho los campesinos. ¿Oportunismo? ¿Maquiavelismo? No. Era lo razonable y lo práctico. Era lo justo y coincidía en lo general con el programa teórico de los socialistas urbanos.

Más difícil fue lograr la paz. En marzo de 1918 el gobierno bolchevique firmó el Tratado de Brest-Litovsk. La Rusia Roja se rindió. Dejó Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besarabia (la actual Moldavia) en manos de Alemania y Austria. En el Cáucaso, las ciudades de Ardahan, Kars y Batumi se entregaron al Imperio Otomano. Un desastre en términos geopolíticos históricos. En Europa oriental, los soviéticos prácticamente aceptaron el retorno a las fronteras de la Moscovia del siglo XVI. En el Cáucaso, entregar el puerto de Batumi en el Mar Negro era perder el control del oleoducto y del ferrocarril que salían de Bakú, la capital petrolera rusa en el Mar Caspio. Un desastre en términos geopolíticos modernos.

Esto no era exactamente la secesión que Lenin había previsto para las naciones oprimidas. En la teoría, los proletarios de la nación opresora y de las naciones oprimidas aprovecharían el momento de la liberación nacional para mejorar las condiciones de la lucha de clase –no para destruir el espacio geopolítico o económico en el que vivían. Pero en marzo de 1918 era lo único que se podía hacer para detener la guerra. Era el paso atrás de aquella sentencia leninista: Dos pasos delante y uno atrás. Recordemos los pasos adelante: reforma agraria campesina, poder bolchevique en las ciudades granrusas.

Los aliados occidentales enfurecieron por la “traición” bolchevique. Alemania y Austria pudieron reforzar el frente occidental con las tropas que combatían a Rusia, y las cosechas de Ucrania alimentarían las ciudades alemanas a las que el bloqueo inglés tenía al borde del hambre. Por supuesto, también se horrorizaron ante la posibilidad del contagio revolucionario. Lenin y Trotsky llamaron a los obreros de Alemania, Francia e Inglaterra a parar la guerra, tomar el poder en sus Estados-nación y unirse en un movimiento proletario internacionalista.

Por ambas razones, los Aliados invadieron Rusia. Y este es un elemento esencial que explica las tensiones de hoy (mayo de 2022) en aquella región. Cuando Moscú argumenta que una Ucrania dentro de la OTAN representa una “amenaza existencial” a Rusia, no habla de fantasías, sino de duros hechos históricos. Lo que ocurrió puede volver a pasar.

Entre 1918 y 1921, Inglaterra y EU ocuparon el ártico ruso y avanzaron hacia Petrogrado y Moscú. Francia invadió por el sur, ocupando Odessa y bloqueando los puertos de Crimea. Fuerzas indo-británicas del Punjab invadieron el Turkestán. Japón desembarcó 70 mil hombres en Vladivostok y avanzó sobre Siberia. EU e Italia mandaron fuerzas expedicionarias desde China. Los invasores colaboraron con los ejércitos blancos (monarquistas y republicanos) que ya combatían a los bolcheviques (rojos).

El derrumbe del Estado nacional granruso en 1917 fue visto y aprovechado por las potencias europeas, Japón y EU para resolver en su beneficio lo que siempre habían visto como una anomalía: un país “demasiado” extenso, que cubre seis husos horarios. (Así lo siguen viendo.) ¿No sería mejor tener varios Estados separados en su lugar? En 1918 se podía soñar en una Kamchatka japonesa, una Siberia independiente (manipulada desde Tokio), un Turkestán separado (administrado en inglés desde Nueva Delhi), una Ucrania independiente … y allí, en la tierra de los rutenos, pequeños rusos o ucranios, se acababa el consenso de los invasores. Alemania deseaba administrar el granero ucraniano en su beneficio. Luego de su derrota, fue Polonia la que buscó dominar esas tierras (después de todo el campesinado ucraniano había sido la servidumbre de las noblezas lituana y polaca por siglos). ¿Francia apoyaría esa pretensión polaca?

Cualquier parecido con el ir y venir de políticos polacos entre París y Kiev en la actual crisis ucraniana, no es coincidencia sino reiteración geopolítica.

En 1918, lo que siguió fue el caos. La guerra contra los imperialistas se mezcló con la guerra civil de rojos contra blancos. Una de las debilidades de los ejércitos blancos era geopolítica, pues las potencias capitalistas que los abastecían no deseaban la restauración de un gigantesco Estado-nación granruso –sino su disgregación. Pero el mayor de los defectos de los blancos era su incapacidad para comprender y aprovechar la emergencia popular en las regiones en que operaban.

Pongamos sólo dos ejemplos. En la actual Ucrania, el general Antón Ivanovich Denikin (1872-1947) era un nacionalista granruso que despreciaba a polacos y ucranianos. Antisemita, permitió progromos porque creía que la disolución del Estado zarista era producto de una conspiración judía. Carecía de un programa agrario y veía la insurrección campesina como un quiebre de la disciplina social. Con estas ideas, terminó por perder el esencial apoyo de los campesinos ucranianos.

En Siberia, las contradicciones de los ejércitos blancos eran peores. Primero, las fuerzas reaccionarias del centro de Eurasia las mandaba un almirante, Aleksandr Vasílievich Kolchak (1874-1920). Segundo, ese almirante era un ucraniano que apoyaba el nacionalismo granruso. Kolchak era autoritario y militarista: dio un golpe de Estado, disolvió lo que quedaba del gobierno republicano de febrero de 1917 y se proclamó “gobernante supremo” de toda Rusia. Peor: en medio de la marejada agrarista, propuso la devolución de las tierras a los terratenientes. Y cuando algunas cooperativas siberianas le ofrecieron apoyo financiero, desconfió de ellas porque le olían a bolchevismo.

Frente a los blancos, el arreglo propuesto por Lenin y Stalin (comisario del pueblo para nacionalidades) tenía más lógica: una Federación Doble. Por una parte, la inmensa Rusia reconoció que estaba formada, hacia dentro, por muchos pueblos cuya dignidad y autonomía había que respetar (kalmukos, urmutios, judíos, buratios y un largo etcétera). Así nació la República Federal Soviética Rusa –que es la actual Federación Rusa. Hacia fuera, los bolcheviques ofrecieron un segundo pacto federal a varios pueblos que antes habían sido oprimidos por la monarquía zarista: georgianos, armenios, abjasios, kazajos, kirgizios, uzbecos y otro largo etcétera. En estos casos, los pueblos aceptaron la unión. El mismo trato se ofreció a bielorrusos, ucranianos, polacos, fineses, letones, estonios y lituanos. No todos aceptaron el ofrecimiento.

De hecho, fiel al internacionalismo socialista, la idea federal soviético buscaba extenderse hacia el Oeste. Esa era la intención al apoyar las revoluciones alemana y húngara en 1919 y la bandera con que se respondió a la invasión polaca de Ucrania en 1920 –de la que hablaremos la semana que viene. El póster de propaganda de 1919 que incluyo aquí muestra esa aspiración global: Рабочим нечего терят, кроме своих цепей (Los trabajadores no tienen nada que perder, excepto sus cadenas) / а приобретут они целый мир (y ganarán el mundo/la paz). El emblema de la URSS simboliza bien este ideal originario del Estado bolchevique: la hoz y el martillo se proyecta por sobre el globo entero… Las espigas de grano están atadas por cintas en las que se lee “¡Proletarios del Mundo Uníos!” en cada una de las lenguas de la federación soviética escritas con tres alfabetos diversos (versión original de 1923). Unas Naciones Unidas rojas.

Pero recuerda, lectora. La URSS se disolvió en 1991. Y la Federación Rusa no es la Unión Soviética. En muchos aspectos, es todo su contrario.

agallardof@hotmail.com