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Quién escribe, quién lee

Federico Anaya Gallardo

Fernando Benítez (1910-2000) publicó en Era sus entrevistas con profesores indígenas de Oaxaca y Chiapas en 1963. Las tituló La Última Frontera y se tiraron 2 mil ejemplares. No fue el primer libro que abordó la cuestión indígena chiapaneca en esos años. ¡Era el cuarto! En 1957, Rosario Castellanos (1925-1974) había publicado en el Fondo de Cultura Económica su novela Balún Canán; un relato autobiográfico que muestra las relaciones interétnicas en la región de Comitán en la era cardenista. Se tiraron 3 mil ejemplares. En 1960, la Universidad Veracruzana le publica a Castellanos una colección de cuentos titulada Ciudad Real con retratos puntuales sobre las complejas relaciones entre indios, criollos y extranjeros. Se tiraron 2 mil ejemplares. En 1962 aparece otra novela de Castellanos, Oficio de Tinieblas, ahora bajo el sello de Joaquín Mortiz, en la que la autora no sólo denunciaba el racismo y la explotación vigentes en su época, sino que jugaba con la idea de una rebelión india en Ciudad Las Casas –recuperando hechos de cien años antes. Se tiraron 4 mil ejemplares.

Notemos que los cuatro libros vieron la luz lejos del escenario de lo que denunciaban: tres en la capital federal y uno en la veracruzana. Aparecieron y fueron elogiados en un entorno que protegía de cualquier represalia a quien escribía –y a las personas concretas que les inspiraron la denuncia social. Pero sus tirajes, importantes, auguraban una difusión amplia. Rosario Castellanos recibió los premios Javier Villaurrutia por Balún Canán en 1960 y el Sor Juana Inés de la Cruz por Oficio de Tinieblas en 1962. Pero, ¿qué tanto se leían estos libros en Chiapas?

Para responder pedí ayuda a mi amigo Miguel Ángel Godínez Gutiérrez (n.1953), profesor de la UACM y quien residió en Las Casas entre 1986 y 1993. Gracias a él, pude contactar al cronista de Comitán, Alejandro Molinari (n.1957). Molinari me reporta que, incluso en fechas recientes, era difícil encontrar las obras de Castellanos en su ciudad natal y que su recuperación para el gran público en Chiapas, es aún cosa novedosa. Molinari consultó con don Óscar Bonifaz (n.1925) literato comiteco, amigo de infancia y biógrafo de Castellanos. Bonifaz fue acaso el primer lector de Balún Canán por los avances que le compartía su amiga antes de 1957, y nos confirma la naturaleza autobiográfica de la novela. Sin embargo, nos indica que el retrato social y su empatía con los Otros indígenas no pasaron desapercibidos. Bonifaz no cree que Balún Canán haya sido ampliamente leído en la patria chica de los Castellanos. Tal vez una docena de lectores en los primeros años. Sin embargo, esos lectores originales dejaron saber a la sociedad criolla que la escritora se había posicionado en contra de ellos. Esta visión corrió a través de consejas y rumores. Luego de 1957, cuando la escritora visitaba Chiapas, se le recibía con cierta frialdad. Gaspar Morquecho me recordaba que, en los días ardientes de 1994 no faltó alguna auténtica coleta quien, al tiempo de pedir se reprimiese a los indios alzados, declarase que los libros de Rosario Castellanos “habían hecho mucho daño”.

Las noticias de Bonifaz sobre la recepción local de la obra de Castellanos corresponden bien, por cierto, con la evolución de la narrativa de Castellanos. Los tres libros que menciono tratan de la polarización étnica en el Estado pero lo hacen de modo distinto. En el Balún Canán de 1957, los ojos de la niña-narradora sorprenden a su nana tojolabal con los ojos “arrasados en lágrimas” ante la humillación de un hombre indígena en la feria. Se trata de una “biografía contra-tradicional”. (Liga 1.)

En 1960 Rosario dio otro paso. Ya no se retrata a sí misma desde la subalternidad, sino que denuncia la opresión de los Otros subalternos. En uno de los cuentos de Ciudad Real, “La suerte de Teodoro Méndez Acubal”, su anécdota es sencilla y terrible. Méndez Acubal, indio tzotzil de Chamula, ha encontrado una moneda de plata. Luego de mucho pensar decide comprar algo sencillo: “una figura de pasta, una estatuilla de una virgen… [que] yacía en el hacinamiento de objetos que decoraban el escaparate de una tienda”, la joyería del coleto Agustín Velasco. Compra imposible. Teodoro no habla castellano y Agustín no trata con indios (no vende velas de sebo ni medicinas baratas, negocios de gente de menor prestigio social). Teodoro nomás se para por varios días viendo el escaparate. Agustín nomás se imagina qué perversa intención abriga el indio. Cuando al fin Teodoro se decide a entrar a la joyería, Agustín le recibe pistola en mano y grita pidiendo ayuda. Los vecinos criollos acuden de inmediato –pues Agustín ya les había avisado sobre el indio “sospechoso”. En el forcejeo aparece la moneda y los citadinos gritan “¡Ladrón! ¡Ladrón!” Castellanos nos muestra los miedos de la clase opresora. Repasa en la mente de Agustín las leyendas de insurrecciones pasadas (la de Cancuc en 1712, la de Chamula en 1869, la de El Pajarito en 1911) y cómo cada una de ellas fue vencida por los criollos (“otra cosa hubiera sido inconcebible”). En este cuento está una de las semillas que floreció magnífica en Oficio de Tinieblas dos años más tarde –cuando la escritora recreará a los rebeldes tzotziles del siglo XIX luchando al lado de un ingeniero del IPN cardenista, unidos en defensa de la Revolución Mexicana.

Ese último paso de Castellanos, de la denuncia a imaginar la rebelión, explica por qué la sociedad criolla chiapaneca recordaba que sus letras “habían hecho mucho daño”. Sin embargo, los héroes indio y mexicano de Oficio de Tinieblas perderán el control de la violencia popular y esta será la excusa para que los criollos vuelvan –por enésima vez– a reprimir a las comunidades indígenas. Allí, Castellanos parecería dar la razón al joyero Velasco de su narración anterior. La violencia de Los de Abajo está condenada “necesariamente” al fracaso. ¿Acaso este mensaje fue el pasaporte para que el ogro filantrópico consintiese en publicar la novela en 1962?

No necesariamente. Creo que más bien era un mecanismo inconsciente de reforzamiento cultural de una narradora que –a fin de cuentas– está materialmente más cerca de los criollos de Ciudad Real que de los indios oprimidos. Al final de la novela, la narradora nos dice que “Jobel vuelve a levantarse, amurallada en la injusticia” mientras que en “el valle de Chamula… humo es lo que antes fue paraje, sembradío, pueblo. Humo: tierra sollamada, aire envilecido, arrasamiento y aniquilación”.

Pero… con todo y todo, Castellanos era una escritora comprometida. Luego de describir la devastación reconforta a sus lectores progresistas (de la ciudad de México y Xalapa) recordando que en ocasiones así el labrador “no espera a la cosecha. Otro ha de venir después de él y la levantará”. Poéticamente cuenta cómo, poco a poco, luego de ser dispersados los campesinos en medio del horror, “la tejedora hila el copo de lana. Avanza la labor cuyo dibujo enseñaron a sus padres sus abuelos”. Nos dice cómo “el pastor, la paridora, el alfarero, repiten su oficio como la tierra repite el ciclo de sus estaciones… por sujeción a la ley, por fidelidad”. Y así, calmosos y en silencio, los tzotziles vuelven a comunicarse y “la búsqueda de la tiniebla los conduce a las cuevas… Y allí se congregan… En el centro de la cueva… reposa el arca”. Y en el arca se guarda un bulto sagrado y el bulto envuelve un libro y en su  primera página “llamea un título: Ordenanzas militares”. Hoy, en 2020, podemos leer en estas líneas de 1962 una profecía del amanecer neozapatista de 1994.

No todos los intelectuales chiapanecos siguieron la ruta de Rosario Castellanos. Jaime Sabines (1926-1999) escribía:

“¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer con este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo hacer con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo hacer entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?”

El libro de poemas Tarumba (1956) estaba dedicado al general Francisco J. Grajales, el ex-gobernador alemanista de Chiapas (1948-1952) –cuyo gobierno becó al poeta para estudiar literatura en México. Sabines no sólo declaró que no era héroe ni rebelde. Se quejó de los imbéciles de buena voluntad, de poetas que desde academia o el partido comunista sí deseaban serlo. Si el Oficio de Tinieblas de Castellanos profetizaba la rebelión por venir; Tarumba de Sabines muestra la actitud desdeñosa de la élite criolla chiapaneca frente a la tormenta anunciada. En el Chiapas de aquél medio siglo tanto Castellanos como Sabines sentían una patria al borde de la lluvia en la cual ya se sentía la presión de políticos (los agraristas y el INI… luego las FLN) o pastores de almas (los misioneros protestantes… luego jTatik y sus catequistas). Una patria que exigía al individuo consciente asumir una posición.

Castellanos se posicionó como intelectual comprometida, pero lo hizo desde la Ciudad de México. Pese a ello, a través de pocos lectores y muchos rumores, advirtió a sus paisanos en Comitán y Las Casas de lo que vendría. Al resto de los mexicanos, nos entregó un retrato claridoso de la opresión social que explica no sólo la alborada de 1994, sino lo que ha ocurrido desde entonces. (Las lágrimas de su nana fueron fecundas y fértiles.) En cambio, la posición de Sabines le llevaría a ser consejero áulico de su hermano Juan, gobernador del Estado entre 1979 y 1982. Algún agente de pastoral de la diócesis católica lo recordaba fumando y riéndose de las puntadas de su hermano gobernador en algún acto de masas –pese a que esa política de “ingenio” causaba dolor a muchos. El poeta sería él mismo diputado federal por el PRI en dos ocasiones (1976-1979 y 1988-1991). Nos confesó:

“Estoy metido en política otra vez.
Sé que no sirvo para nada, pero me utilizan
Y me exhiben
«Poeta, de la familia mariposa-circense,
atravesado por un alfiler, vitrina 5».
(Voy, con ustedes, a verme)”

Castellanos murió siendo nuestra embajadora en Israel (1974) y no alcanzó a ver cómo tzotziles, tzeltales, choles y los antes llorosos tojolabales abrieron el bulto sagrado y sacaron de él las “Ordenanzas militares”. Sabines sí lo vio y condenó la rebelión, descreyendo que los Otros, los indios, fueran capaces de rebelarse: “¿Quién los decide a iniciar una aventura loca y sangrienta?”.

Hay que seguir leyendo a ambos, a Castellanos abrazándola. A Sabines con precaución, como nos sugiere Karen Villeda, quien espera curarse de Jaime Sabines en unos días. (Liga 2.)

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1: http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v11/borrachero.html

Liga 2: https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/espero-curarme-de-jaime-sabines-en-unos-dias/