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Luis Ricardo Guerrero Romero

Después de un espacio, y sólo después de un espacio, uno se da cuenta que en realidad no se dio cuenta de nada, todo queda en nosotros, no importa cuánto apoyo recibas de los que te acompañan, no interesan las opiniones diluviales, nada en verdad interesa, sólo el presagio, el propio y particular presagio. Uno escucha, y se relee, uno se detiene en el espacio de pensar, de saber todo lo que ha hecho mal o ha hecho bien. En el sentimiento, en el corazón no hay cabida para los presagios de otros, el cerebro se enfada y alaridos de ideas y constructos se propagan por largos periodos de tiempo.

Lo peor o más bien, lo más incómodo es la noche, cuando la almohada parece de hierro y la suavidad de las sábanas se troca en una corteza de tronco viejo y olvidado. Lo peor es el silencio que no se calla, y las voces que se filtran, y las imágenes que son recuerdos. Quién tendrá otro presagio que melle en mi alma, a quién he de escuchar. Sólo a mí mismidad. Espero encontrarme para ser escuchado, es decir, espero ser el presagio encarnado de la realidad que me urge, me necesito. Raro es sentir-experimentar que me necesito teniéndome, quizás únicamente es el vacío, un pletórico vacío de mí mismo.

La anterior manifestación, de suerte se lee como un ejercicio catártico, o probablemente es el presagio del presagio. De cualquier modo, el texto anterior nos hace revisar como de costumbre una palabra insistente, aunque no tan certera, hablamos del presagio. Dicha palabra es astuta pero sólo con algunos se suscita, es una palabra poco utilizada, pues en su lugar se pasea la adivinanza, el presentimiento, el augurio, la corazonada, la sensación, y bien que no son disociadas tales concepciones del presagio, aunque el presagio lo considero la mayor de las experiencias.

El verbo presagio está constituido de aromas y de identidades, éste surge de la esencia primitiva del hombre, desde que se era más animal que sapiens¸ ya se presagiaba. Incluso hoy, ir a una frutería y elegir el mejor producto es un ejercicio de presagio. Quién tiene un presagio, se pregunta el narrador del texto anterior. La palabra presagio está originada del verbo latino intransitivo: sagio; cuyo significado es tener buen olfato, de dicho verbo emana la sagacidad. En los anales de la historia, el hombre era capaz de detectar por supervivencia su entorno a través del olfato. La palabra latina presagium, ii, mantiene vínculo con lo que entendemos como portento (el prefijo: prae, más la raíz de la que hablamos formó presagio), pues era de admirarse que por medio de algo que se presentía se tomaran decisiones donde en el mejor de los casos se acertaba.

En las decisiones personales, en los temores que se presentan, en los miedos, en las alegrías, en las relaciones sociales, en el trabajo y en la holgazanería, en buscar una buena película en Netflix, en tener o no noción de cocinar algo nuevo, en saber si ella será feliz: quién tiene un presagio.

l.ricardogromero@gmail.com