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Quizá debimos poner más atención en las clases de Historia

Chessil Dohvehnain

Una disculpa siempre está chida cuando hay razones para ello. La cosa es que exigir una disculpa por lo que aún se llama Conquista española no salió muy bien. Memes, burlas y posturas hispanistas ultra conservadoras y de extrema derecha han sido la consecuencia. Y al respecto del tema, si bien es cierto que hay personas críticas, inteligentes y prudentes en ambos lados del Atlántico, es conveniente recordar que también debemos esperar lo contrario.

En redes nacionales como extranjeras abundan posturas diversas a causa de esto. Por un lado tenemos las posturas hostiles como aquellas que exigen gratitud por parte de México y América Latina a razón de que según ellas España nos trajo la “civilización”, signifique lo que signifique para esas personas.

Y luego están aquellas sostenidas por personas, quizá adultos en su mayoría, que exigen esa disculpa mientras creen en el resurgir de un nuevo nacionalismo arraigado en el pasado prehispánico, como el caso de personas en San Luis Potosí que en grupos de Facebook públicos sostienen que son herederos directos de grupos chichimecas (signifiquen lo que signifiquen para ellos), y que esos grupos eran los únicos que habitaron la región.

Por otro lado están incluso las posturas en las que se habla de que, si otros países de primer mundo han pedido disculpas basadas en el “contenido moral y ético” de tratados internacionales ¿por qué se ridiculiza a México? O incluso están los adultos que dicen que aquellos que se ríen con humor (una característica evolutiva de la especie humana que puede compartir con otras especies), son gente alienada euro centrista.

En estrictos términos diplomáticos y políticos, el juego de símbolos que implica la política abre espacio para jugadas como la de López Obrador. Podrá tener las mejores intenciones, pero la jugada estuvo mal hecha por lo visto al grado de que el gobierno español lamentó la difusión del contenido de la petición de nuestro presidente y la rechazó (¿qué carajos habrá escrito en esa carta?).

En términos de crítica histórica, quizá no fue lo mejor abrir por popularidad o un mal entendido discurso anticolonial, una herida que se hizo 300 años antes de que México siquiera existiera. A diferencia de las disculpas del Vaticano por la Inquisición, de Japón por el ataque a Pearl Harbor, de Canadá por rechazar en 1939 un barco con más de 900 judíos, de España por la expulsión sefardí de 1492, de Alemania con Israel por el Holocausto, de Francia con Argelia por las consecuencias de la guerra de independencia, de Reino Unido con países caribeños, o de Holanda por el asesinato de musulmanes en Bosnia en 1995, la de México no parece ser contextualmente muy razonable.

Todas las disculpas mencionadas partieron de un entendimiento particular de la historia. Uno donde se toma en cuenta que el contexto histórico (sociopolítico, económico y cultural de un momento específico en el tiempo y el espacio para una sociedad) es lo que siempre tiene que tomarse en cuenta cuando uno mira hacia el pasado. Premisa que está presente en el discurso de ciencias sociales como la arqueología, la historia y la antropología.

Dichas disculpas se ofrecieron por actos cometidos entre la comunidad internacional en momentos históricos en los que las estructuras políticas básicas que conocemos ya existían o estaban en proceso de cambio, como la monarquía que aún existe, o incluso naciones estado en conformación. Por ello es que la disculpa que se exige a España no deja de sonar extraña, primero porque se pide como si México hubiera sido afectado directo cuando el país ni los mexicanos existían como tales.

Y segundo, porque parece ignorar que el cambio cultural en la sociedad novohispana que devino en sociedad mexicana, es palpable históricamente a pesar de que ambos espectros sociales compartieron y comparten un territorio y apropiaciones del espacio, tangibles en la cultura material y en prácticas sociales heredadas y transformadas.

Leer la historia no es fácil ni tan simple. De ahí que al parecer el nuevo gobierno, o al menos el presidente, evidenciara que posee una visión no muy crítica de la historia que trata de homogenizar las identidades culturales heterogéneas del país en una sola narrativa arraigada en el pasado prehispánico; una especie de nacionalismo construido en base a la arqueología, historia y antropología que aunque creíamos desaparecido desde finales de la década de 1980, parece querer ser reavivado con fines reconciliadores, signifique lo que signifique esto.

Sin embargo México se ha resistido a esas narrativas unificadoras por décadas y es interesante que a pesar de esto, el gobierno se niegue a entender que al país no le gustan los mitos unificadores que niegan la pluralidad, aunque las intenciones decoloniales de las autoridades pretendan ser buenas. Pero no es raro del todo. El gran mito de la democracia y de los estados nación (y quizá del derecho) es articular premisas donde la igualdad, el bienestar y la justicia se articulen como conceptos vertebrales. Y en esto incluso el pasado arqueológico e histórico juega un papel importante en los mitos de cada estado nación.

Pero mientras la gran mayoría de la población parecemos saber que siempre hay unos más iguales que otros, que la justicia depende del color de piel, sexo, clase social y situación económica, y que el entendimiento de la igualdad no es igual en todos lados a causa de las trayectorias históricas y culturales que los pueblos humanos han seguido a lo largo del tiempo, es por lo que esa presunción de restitución histórica no funciona.

Vamos. Ni siquiera sabemos qué opinan de esto los pueblos indígenas. ¿Ellos quieren y exigen una disculpa al pueblo español? ¿Se les ha consultado al respecto? ¿O pondremos nuestra voz “mestiza” citadina occidental sobre ellos?

¿Por qué mejor no optar por exigir disculpas al presidente estadunidense por sus declaraciones racistas y xenófobas contra México, tal como han exigido decenas de países africanos cuando Trump los llamó en conjunto país de mierda? ¿Por qué mejor no pide disculpas más “ceremoniales” con las miles de familias afectadas por la violencia? ¿Por qué mejor no pedir disculpas por un estado feminicida que no se esfuerza lo suficiente por combatir la violencia contra las mujeres en todas las esferas sociales? ¿O por qué no pedir disculpas diarias a todos los pueblos indígenas del país primero por haber tratado de estudiarlos para erradicarlos y homogeneizarlos el siglo pasado?

Claro que puede haber asuntos más cruciales por los cuales pedir una disculpa. Pero la innecesaria controversia que ha desatado López Obrador también demuestra que ante la falta de una perspectiva histórica más crítica, son las ciencias sociales las que han fallado sobremanera en su deber para con la sociedad.

La historia, la antropología y la arqueología si bien se han visto ahorcadas por recortes presupuestales, vaivenes políticos y discriminación epistemológica, tampoco se han esforzado como ciencias por promover una visión crítica de la realidad más allá de las páginas de informes, artículos, tesis y proyectos.

Claro es que el esfuerzo es un chingo, y que antropólogas, historiadores y arqueólogas no se dan abasto por el trabajo que se escapa de las manos, la falta de personal socialmente asegurado y remunerado, por falta de dinero y por los obstáculos que la meritocracia impone en el sistema científico mexicano.

Pero también cierto es, al menos en la percepción generalizable de las jóvenes generaciones de científicos sociales de las cuales formo parte, que no hay un interés estructural institucional por promover la crítica de la realidad que permiten las ciencias sociales, más allá de lo que convenga a los intereses políticos de distintos grupos o de la supervivencia económica y social.

Esto puede contribuir también a que se aviven extraños nacionalismos enarbolados por “mestizos” citadinos occidentales, prejuicios de clase, racismos y xenofobias, al no tener la población contrapesos discursivos basados en una mirada crítica de la historia, con los cuales combatir.

Al final el problema es más complicado de lo que parece en superficie, y uno que podemos relacionar con la falta de compromisos sociales tangibles de parte de las ciencias sociales y humanidades con la sociedad heterogénea que habita este México “majico”, lo cual tiene consecuencias en torno a cómo se percibe la realidad, el pasado, la identidad local frente a un mundo fluido y dinámico que nunca se detiene.

Quizá debimos poner más atención en las clases de Historia, y valorar más aquellos profesores buenos que lo intentaron con nuestra generación y predecesores en educación básica, secundaria, preparatoria y universidad. Deben estarse riendo de lo ridículo que es todo esto, aunque también podrían sentirse indiferentes o llorando en algún salón de clases donde los alumnos prefieren ver películas, hacer tareas de otras clases, o parlotear antes que discutir sobre el valor de la Historia.