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5 septiembre, 2019

¿Rituales chichimecas en San Luis Potosí?

Chessil Dohvehnain

Comer carne humana, arrancarle los tendones de la espalda y cabellera a niños, mujeres y hombres, así como desmembrar el cuerpo de las víctimas son algunos de los fascinantes detalles que nos describen las pocas fuentes documentales del siglo XVI que hablan sobre los pueblos cazadores-recolectores mal llamados chichimecas, que habitaron las tierras hostiles y áridas del Norte de México en tiempos prehispánicos. ¿Pero en verdad eran los salvajes desgraciados que los documentos coloniales nos quieren hacer creer?

Religiosos y militares como fray Guillermo de Santa María, fray Guadalupe Soriano, el jesuita Andrés Pérez de Ribas o Alvar Núñez Cabeza de Vaca describieron desde distintos puntos de vista algunas características de los encuentros que tuvieron con estos pueblos. Y aunque tales descripciones se encuentran sesgadas por la visión de su tiempo, en estos testimonios existen datos importantes que nos dicen algo más.

Si dejamos de lado las descripciones peyorativas en esos documentos, en ellos encontramos evidencia de una antropofagia encaminada a obtener las habilidades y cualidades de las personas y animales cuyas partes corporales eran consumidas. Algo que podría ir de la mano con la práctica del descarnamiento y desmembrado con fines rituales, así como la reutilización de partes corporales, como huesos largos, en calidad de artefactos portables que brindaban prestigio y valor en combate. Además del uso de tendones tanto humanos como animales para la elaboración de flechas.

También encontramos referencias sobre la amplia tendencia del uso de la pintura corporal para adquirir la fuerza o el poder de las entidades que representaban. Encontramos evidencia del consumo del polvo de huesos de parientes difuntos en bebidas preparadas a base de peyote, además del rasgado de la piel con objetos punzocortantes, con el objeto de derramar sangre suficiente como para cubrir el cuerpo en el marco de prácticas rituales como el mitote, el cual aún hoy practica entre distintos pueblos indígenas como los coras del noroeste de México.

Esta información aún hoy despierta actitudes interesantes, como el miedo nada comparado al horror que los españoles del siglo XVI transmiten en las fuentes, así como una extraña veneración en ocasiones casi fanática por parte de distintos grupos de intereses diversos en nuestras sociedades contemporáneas. Para la historia, la antropología y la arqueología, la cuestión radica en que estos datos aportan información que indica un grado complejo de desarrollo social, expresado en un desafiante sistema de creencias que se resiste a nuestros esfuerzos actuales de comprensión interpretativa.

La arqueóloga Leticia González Arratia reflexiona sobre algunos de estos datos para proponer que entre estos cazadores-recolectores existieron distintos tipos de mitotes o expresiones rituales comunitarias que perseguían evitar los malos efectos que podrían tener ciertos fenómenos celestes como los eclipses, o para pedir por el término de las enfermedades y epidemias, o para celebrar las estaciones de abundancia e iniciar ritos de paso o alianzas matrimoniales intertribales, además de la conmemoración de los ancestros.

De acuerdo a lo que distintos cronistas del siglo XVI mencionan, la investigadora propone la existencia de una estructura de organización ceremonial entre los cazadores-recolectores del norte de México para celebrar un mitote. Primero, se consideraba la presencia de comunidades lejanas. Algo que el jesuita Alonso de León atestiguó hacia 1649 cuando estando en Parras, Coahuila, fue de su conocimiento la invitación a un mitote que un grupo de “chichimecas” del Nuevo Reino de León, a cientos de kilómetros de distancia, hizo al grupo de indígenas con los que se encontraba.

La investigadora sostiene que al mismo tiempo la elección del lugar era importante. El espacio era elegido de acuerdo al tipo de mitote a realizar, y en ocasiones se escogían lugares de difícil acceso como cuevas o abrigos rocosos, tal como describió el fraile franciscano Vicente de Santa María en la colonia de Nuevo Santander. La recolección de peyote, la preparación de los especialistas rituales mal llamados “chamanes” en el folclore contemporáneo, y la preparación de la fogata y alimentos eran tareas consecuentes que tenían un poderoso significado.

Según Leticia González Arratia, durante la escenificación del mitote incluso se llegaban a congregar cientos de personas, tal como observó el jesuita Agustín de Espinosa en Coahuila a finales del siglo XVI. El mitote entonces se convertía en una ceremonia que activaba diversas y poderosas fuerzas y entidades a través de cantos, danzas o actos como la lectura del humo de la fogata, el arroje al fuego de sangre de niños y adultos, de huesos humanos y de venado, tanto para predecir los tiempos por venir o para entablar comunicación con los parientes muertos y las entidades no humanas que poblaban el mundo y los cielos.

Hoy sabemos que muchas de las características “salvajes” de estos grupos de recolectores-cazadores que describen las fuentes documentales eran expresiones de un complejo sistema de creencias en el que probablemente entidades humanas y no humanas (artefactos, huesos, cenizas, animales, plantas, lugares sagrados, rocas, ríos, fenómenos celestes, etcétera), eran parte de un entramado de relaciones sociales a través de las cuales dichas entidades (humanas o no), se constituían mutuamente junto al universo.

¿Qué dice la arqueología al respecto? Existen una gran cantidad de evidencias por todo el mundo prehispánico desde Baja California hasta Chiapas, pasando por Sonora, Colima, Sinaloa, Zacatecas, Guanajuato, Tamaulipas, la península de Yucarán y el Centro de México, que nos indican la presencia extendida de conductas como el descarnamiento de los muertos y la fracturación y segmentación corporal planificada y sistemática para desmembrar cuerpos.

Un caso interesante fue investigado en San Luis Potosí en la década de 1960 por la arqueóloga Beatriz Braniff Cornejo, en el sitio arqueológico de Electra que se encontraba en Villa de Reyes antes de ser destruido por una línea ferroviaria. En ese lugar se excavó una estructura arquitectónica de uso residencial conocida como Unidad G (ocupada entre los años 350-400 d.C. y 700-800 d.C.), donde se localizó un entierro múltiple analizado a profundidad hasta la década de 1990.

La investigación efectuada por las antropólogas físicas Carmen Pijoan y Josefina Mansilla, concluyó que los restos humanos provenían tanto de niños como de adolescentes, jóvenes y adultos masculinos y femeninos, con evidencia de cortes y marcas de fractura, incluso de cocción, que persiguieron en conjunto efectuar un desmembramiento y descarnado humano preciso y planificado.

También cabe mencionar el caso del entierro de un adulto masculino localizado por el arqueólogo francés François Rodríguez en un abrigo oculto en las sierras que separan la Cuenca de Río Verde y la zona centro de San Luis Potosí, y que el investigador interpretó como un posible especialista ritual pame u otomí como los madai cajoo que fray Guadalupe Soriano llegó a describir en sus crónicas.

Fechado por C14 hacia el 1,200 d.C., este entierro presentaba huesos largos humanos trabajados. Esto es, huesos humanos cuya forma había sido adaptada mediante distintos objetos para tener la apariencia de figuras humanas, o para tener ranuras parecidas a las de los omichicahuaztli (objetos semejantes a “güiros” de percusión), que se cree funcionaban como instrumentos musicales rituales entre los pueblos del Postclásico mesoamericano en el Centro de México.

Dichos objetos rememoran artefactos similares a los kalatsikí de los huicholes usados para la cacería de venado a principios del siglo XX, o los palos ranurados de los rarámuri empleados en la ceremonia de la raspa del peyote. Lo cual nos hace pensar en aspectos de continuidad cultural pero también diferencia a lo largo del tiempo, porque mientras unas cosas desaparecen algunas más permanecen y otras se reformulan, transforman y adaptan.

¿Estas evidencias mencionadas serán acaso prueba de que los cazadores-recolectores que habitaban en lo que hoy es San Luis Potosí, participaban de una visión de la realidad y el universo donde la adquisición de habilidades, atributos y poder era algo perseguido a través de la manipulación de distintas entidades humanas y no humanas como las partes corporales o los pigmentos? ¿Se trataba de una visión del mundo donde estas entidades humanas o no se constituían mutuamente a través de las relaciones que entablaban en ocasiones por medio del ritual?

De ser así esto implicaría, como han dicho muchos investigadores, que los mal llamados chichimecas, los pueblos cazadores-recolectores del norte de México, poseían una estructura de organización social compleja, que expresaba un sistema de creencias extraordinario de raíces profundas que compartía elementos con la tradición mesoamericana, tal como han sugerido intelectuales como Leticia González Arratia, Carlos Viramontes Anzures, Johanna Broda o Alfredo López Austin.

El altiplano de San Luis Potosí entonces sería un lugar privilegiado para incentivar investigaciones científicas arqueológicas interdisciplinarias que permitan acercarnos a la comprensión del pensamiento antiguo de los cazadores-recolectores que habitaron la región: un pensamiento complejo que se expresaba en impactantes prácticas rituales que dejaron una rica cultura material que recién empieza a redescubrirse hoy día.