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Schooldays, o sobre la educación que vendrá

Chessil Dohvehnain

Si te dijera que es posible que nuestra naturaleza humana no cambie tanto como pensamos a lo largo de milenios de historia, ¿me creerías? Déjame contarte una historia. La de un joven estudiante en la ciudad de Sumer, en tiempos de la antigua Babilonia, quien tenía que estudiar y levantarse temprano para ir a la escuela, pero que en una de esas tuvo un día terrible en el que todo le salió mal; un día que casi le hace perder la cabeza. Suena familiar, ¿no es así?

Se trata de una historia de la cual quedó un registro escrito en distintas tablillas de arcilla escritas en cuneiforme, provenientes de entre los años 2,000 y 1,500 a.C. Me refiero al texto conocido como Schooldays (Días escolares) y que es considerado por la arqueología uno de los documentos más humanos jamás excavados en la historia, porque muestra una descripción vívida y bastante familiar de las experiencias cotidianas de un joven dumu-é-dub-ba (“aprendiz de escriba”, en sumerio cuneiforme), estudiante de una Casa de las Tablillas o é-dub-ba, conocidas por ser con mucha probabilidad las instituciones educativas más antiguas creadas por la humanidad, hace casi 4 mil años.

El texto fue reconstruido por el asiriólogo y arqueólogo Samuel Noah Kramer a partir de 21 tablillas de arcilla escritas en sumerio y fragmentos excavados en el sitio arqueológico de Nippur a principios del siglo XX, resguardados en el Museo Universitario de la Universidad de Pennsylvania, Estados Unidos, en el Museo de Oriente Antiguo, en Estambul, y en el Museo del Louvre, en Francia. La traducción al inglés e interpretación del texto fue publicada por vez primera en 1949, en el volumen 69 del Journal of the American Oriental Society. El texto dice así:

“Estudiante, ¿a dónde fuiste desde los primeros días?”

“Fui a la escuela.”

“¿Qué hiciste en la escuela?”

“Leí mi tablilla, comí mi almuerzo, preparé mi tablilla, la escribí, la terminé; luego las líneas que escribí fueron revisadas y por la tarde, mis copias a mano fueron preparadas para mí.”

Después de clases fui a casa, donde mi padre esperaba sentado. Le hablé sobre mis copias a mano, y leí la tablilla frente a él, y mi padre se complació; en verdad encontré favor en él.

“Tengo sed, dame de beber”, le dije.

“Tengo hambre, dame pan para comer”, le dije.

“Lávame los pies, arregla mi cama, quiero ir a dormir; despiértame temprano por la mañana, no debo llegar tarde a la escuela, o mi maestro me castigará.”

Cuando desperté temprano por la mañana, encaré a mi madre, y le dije: “Dame mi lunch, quiero ir a la escuela.”

Mi madre me dio dos rollos, y la dejé; mi madre me dio dos rollos, y hacia la escuela partí.

En la Casa de las Tablillas, el monitor me dijo: “¿Por qué llegas tarde?”

Me encontraba asustado y con el corazón palpitante.

Entré delante de mi maestro, y tomé mi lugar. El maestro leyó mi tablilla delante de mí, y dijo: “Algo falta.”

Y me castigó.

El maestro encargado de supervisar los deberes escolares miró a la casa y a la calle para desquitarse con alguien, y me dijo: “Algo falta”.

Y me castigó.

Uno de los monitores me dijo: “¿Por qué abres la boca sin mi permiso?”

Y me castigó.

Otro de los monitores me dijo: “¿Por qué levantas la cabeza sin mi permiso?”

Y me castigó.

Quien estaba a cargo del dibujo, me dijo: “¿Por qué te levantas sin mi permiso?”

Y me castigó.

Quien estaba a cargo de la puerta, me dijo: “¿Por qué sales sin mi permiso?”

Y me castigó.

El vigilante de las jarras de cerveza, me dijo: “¿Por qué coges una sin mi permiso?”

Y me castigó.

El encargado de sumerio, me dijo: “¿Por qué hablas acadio?”

Y me castigó.

Mi profesor me dijo: “Tu escritura no es buena”.

Y me castigó.

Descuidé el arte de los escribas, olvidé el arte de los escribas.

Mi profesor ya no quería enseñarme su habilidad en el arte de los escribas.

El arte de las palabras, para ser un joven buen escriba. El arte de ser un gran hermano mayor.

“Dame su regalo, deja que te señale el camino, deja que te ponga a su lado contando y contando los asuntos escolares actuales…”

A lo que dijo el estudiante, su padre puso atención.

El profesor entonces fue traído a casa desde la escuela.

Cuando entró al hogar, el padre y el hijo le sentaron en un puesto de honor.

El estudiante tomó una silla y se sentó delante del profesor.

Desplegó ante ambos todo cuanto hubo aprendido del arte de la escritura en la escuela.

El padre, con el corazón rebosante de gozo, le dice contento al profesor:

“Entrene la mano de mi joven hijo, haga de él un experto, enséñele los aspectos más finos del arte de la escritura. Usted le ha mostrado los más finos detalles del arte de la escritura, y de contar y contar, usted le ha clarificado hasta los más recónditos detalles.”

Entonces padre e hijo derramaron cual buen vino alabanzas hacia el profesor, lo llevaron a un pedestal, vertieron el mejor aceite en su vasija como si fuera agua, le pusieron nuevas prendas de vestir, le dieron regalos y pusieron un brazalete en su muñeca.

El profesor, con el corazón lleno de gozo, les respondió:

“Joven hombre, porque no rechazaste mi palabra, no la olvidaste. Deseo que puedas alcanzar el pináculo del arte de los escribas. Alcanzarlo por completo. Porque me dan lo que de ninguna manera están obligados a darme, que Nidaba, reina de las deidades protectoras, sea tu deidad protectora. Que ella favorezca tu estilete de junco, que aparte todo error de tus manos al copiar, que puedas ser de tus hermanos el líder, y de tus compañeros su superior. Que tu puesto sea el más alto entre todos los estudiantes… que vienen de la casa real.

Joven hombre, tú tienes un padre, yo soy segundo después de él. Te daré palabra, decretaré tu destino. Verdaderamente tu padre y madre te apoyarán en este asunto, y así como en lo que respecta a tus padres, así lo que respecta a Nidaba, a quien presentarán ofrendas y oraciones…has cumplido bien tus deberes escolares, te has convertido en un hombre de aprendizaje. A Nidaba, reina de la Casa de Aprendizaje, has exaltado. ¡Oh Nidaba, alabada seas!”

El texto ilustra de manera asombrosa la naturaleza de lo que podríamos llamar el sistema educativo más antiguo conocido, junto al egipcio. Tal imagen resulta familiar en nuestro contexto moderno: estudiantes enfocados en los estudios, a veces fastidiados, hasta la madre, a veces arrogantes ante las ventanas abiertas que dejan pasar las momentáneas brisas del éxito, pero asustados ante la posibilidad del fracaso. Incluso vislumbramos la corrupción académica y el despliegue de una estrategia de manipulación para con el profesor, con el objetivo de no perjudicar la educación del chico, proveniente sin duda de una clase social alta y privilegiada.

Pero tengamos cautela. No somos iguales a esas personas, ni ellas a nosotros. Somos culturalmente diferentes en muchos aspectos, aunque existan evidencias de que hay cosas que permanecen. Y esto tiene una explicación científica. Desde la antropología y la arqueología o la historia ya se ha propuesto la existencia de algo que podríamos llamar “fondo común” o “núcleo duro”. Un proceso súper complejo de carácter histórico que permite que ciertos aspectos o elementos de las culturas humanas perduren, se adapten, reproduzcan y transformen a lo largo de los milenios quizá también gracias que, desde que somos Homo sapiens sapiens, también compartimos la misma estructura neurológica.

Un nuevo semestre académico inicia para millones de niños y jóvenes alrededor del mundo, en medio de una crisis planetaria de salud que sigue cobrando la vida de cientos de personas cada día. Una crisis que ha planteado un reto descomunal para la educación de nuevas generaciones que, si no somos empáticos y conscientes del valor tan grande que supone la construcción comunitaria del conocimiento, podrían perderlo todo en formas que aún no entendemos.

Hoy más que nunca el sistema educativo de nuestro país, por no decir quizá de todo el continente, ha revelado sus defectos con mayor fuerza. Ahora, cuando más necesitamos de un pensamiento racional y crítico para construir comunidad y combatir la desinformación, el odio y la pseudociencia, su ausencia pone en riesgo la vida de millones. La transición digital será temporal. Aceptémoslo. Pero debe ser un punto de cambio para seguir cultivando el hambre por conocimiento para la vida, donde se pueda.

Hay desigualdades, claro. Tampoco pueden negarse, pero querer abarcarlo todo en un solo momento es demente, como lo han demostrado muchas luchas sociales de años recientes. Parece una mejor estrategia ir un paso a la vez, desde las distintas trincheras en las que trabajamos. Y aunque el sistema educativo se estructure en torno al capitalismo, es por ahora lo que tenemos, y tenemos que hacer lo que podamos con eso. No vivimos la utopía de la izquierda, para la cual no hay condiciones aún ahora, pero tampoco presenciamos la materialización de la pesadilla que supone el sueño de la derecha. Aprendamos entonces del pasado, y dejemos de ensimismarnos con nuestra mediocre perspectiva presentista, corta de visión.

Otras formas de educación son posibles, pero aún en el futuro cosas que consideramos malas prevalecerán. Pero la Historia también nos enseña que hay cosas que cambiarán, lento, con el paso del tiempo. Sin embargo eso no nos hará menos responsables, pero sí conscientes de dónde ponemos los poderosos esfuerzos de nuestras pequeñas y frágiles vidas.

La pregunta que queda es si ese cambio y esa construcción comunitaria de un mejor mañana a través de la educación, es algo que queremos hacer juntos, desde la posición social en la que nos encontremos luchando. No nos engañemos. Aún falta mucho para que esto termine. Lo cual es curioso porque esta condición global podría permitirnos tener respuestas rápidas para preguntas que suelen responderse en periodos de cientos de años. Podríamos decir entonces que la humanidad está cursando un examen global sorpresa que creímos tardaría mucho en llegar. ¿Lo lograremos?

jochdo4j@gmail.com