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Federico Anaya Gallardo

A quienes empezamos a leer las andanzas de nuestros intelectuales en la segunda mitad de los 1980, nos puede parecer extraño que Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze (potentes campeones de los opuestos bandos de Nexos y Vuelta/LetrasLibres) alguna vez hayan escrito juntos un texto para ser publicado en un medio relevante. (Bueno, antes de que juntos convocasen a hacer oposición al gobierno de Andrés Manuel López Obrador el 15 de julio de 2020.) Pero lo hicieron. Y lo hicieron hace ya mucho tiempo. Ocurrió en 1971, cuando ambos eran estudiantes del doctorado en Historia del Colmex, publicaron “La saña y el terror” en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre! el 30 de junio de 1971. [Liga 1.] Se trata de una reseña de cómo esos dos jóvenes nunca llegaron a participar en la marcha estudiantil del Jueves de Corpus (10 de junio) de ese año. ¿Debiésemos llamar a esa crónica “A la búsqueda de la marcha perdida”? (Su desplegado de 15 de julio indica que siguen buscándola.)

Pero no fue la única colaboración. Los dos volvieron a colaborar en las páginas de La Cultura en México el 9 de agosto de 1972. En esta ocasión ya no trataron de vivencias personales ni reportearon lo que ocurría en la calle. En abril de 2015, desde las páginas de Nexos, Aguilar Camín recordaba que ambos escribieron “deplorando que los escritores conocidos de México abusaran de su personaje y opinaran de todo”. (Condena que ambos debiesen oír hoy día.) El suplemento llevaba el título “En torno al liberalismo mexicano de los setentas”, fue coordinado por Carlos Monsiváis y buscaba cuestionar la situación de los intelectuales en el México de Echeverría.

La situación crítica de la интеллигенция (intelligentsia) mexicana circa 1970 no era un asunto menor. En esto, el suplemento La Cultura en México atinó maravillosamente. La quebradura del 68 mexicano tenía que ver con la incapacidad del México postrevolucionario de hacer sentido de su mayor éxito: una pequeña –pero portentosa– juventud educada. En la expresión “México postrevolucionario” incluyo tanto al gobierno y su sistema político autoritario como a la sociedad civil/Academia que existían entonces. En 1977, en una entrevista que, a santo de la publicación de Amor Perdido, Carlos Monsiváis dio a Televisa, el cronista señalaba que el primer nacionalismo que cohesionó a la sociedad mexicana a partir de la década de los 1920 terminó por desaparecer y que uno de los elementos que suplieron su función aglutinadora fue la corrupción. Un cohesionador algo tramposo, porque “la corrupción es una identidad un poco falsa”. Monsiváis explicó que la corrupción es “el producto, el recinto, el reducto de una minoría”. Una minoría que hace creer a la mayoría que “también ella es corrupta”; pese a que es bastante evidente que la corrupción sólo es real de “cierto nivel de ingresos para arriba, no para abajo”. Cosa interesante, en ese momento, el entrevistador de Televisa siguió con la siguiente cuestión: ¿Es posible tener independencia crítica en México? A lo que Monsi respondió que él no sería arrogante y se calificaría a sí mismo de ese modo. Aclaró que él aspiraba a tener esa independencia crítica, pero que sabía que no era posible ser “puro”. Así que se contentaba con estudiar, aportar desde el estudio y reflexionar con sinceridad. [Liga 2.]

Me parece que exactamente de eso último trataba el suplemento que Monsi coordinó cinco años antes, en 1972, pues “En torno al liberalismo mexicano de los setentas” analizaba el papel de la intelectualidad en el México posterior a la quebradura 1968. Que hasta la Televisa del superficial “El Chavo el Ocho” se preocupase de hacer preguntas como las que refiero indican la vastedad y la profundidad del problema que heredó la masacre a las y los mexicanos. Es una herencia con la que nuestra Nación no ha hecho las paces. Inicio hoy una serie de apuntes tratando de hilar mis dudas sobre el tema.

Un símbolo complejo de esta incapacidad sistémica de la sociedad mexicana para entender el 2 de Octubre se puede ver en la película Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1989) cuyo guión escribieron Guadalupe Ortega y Xavier Robles –intelectuales comprometidos de izquierda. La trama cuenta el día de la masacre desde la realidad de un departamento del edificio Chihuahua –en el conjunto habitacional Tlatelolco (símbolo de la modernidad postrevolucionaria). En ese departamento vive una familia extensa, formada por siete personas: Humberto, burócrata del DDF y su mujer Alicia, ama de casa; sus cuatro hijos, Jorge y Sergio (universitarios), Graciela (secundaria) y Carlos (primaria); y don Roque, el padre de Alicia –veterano de la Revolución a quien un general Rodríguez le regaló un reloj de bolsillo. Sólo esta descripción del elenco muestra ya el éxito y la precariedad del régimen de la Revolución Mexicana. En tres generaciones, los nietos de un capitán de la Revolución han logrado acceso no sólo a la educación básica sino a la superior –pero las tres generaciones deben vivir bajo el mismo techo. Y todo se ha de perder en 24 horas. Para lo que me interesa ahora, importan seis momentos icónicos del personaje más anciano, don Roque.

Uno, al principio, cuando desayuna junto al resto de la familia y su yerno reprende a los dos universitarios por haberse involucrado en el movimiento estudiantil. Don Roque se une al regaño paterno: “—En tiempos de la Revolución, ya los habrían fusilado” … y más adelante, cuando el padre sale para llevar a Graciela y Carlos a la escuela camino a su oficina, don Roque defiende a su yerno: “—¡Chamacos tarugos! ¿quiénes son ustedes para juzgar a sus padres? Por su padre comemos, por su padre tienen escuela –que no educación. ¡Malagradecidos!”

Segundo momento, antes de comer, don Roque acompaña a su nieto más pequeño en uno de los pasillos del edificio, juntos juegan con canicas y pequeños soldados de plástico. Pero el viejo oye silbatazos y por un momento observa preocupado hacia la plaza. Al mismo tiempo, en la cocina, Graciela le cuenta a su mamá que todo está rodeado de soldados debido al mitin de la tarde. El juego del abuelo y el nieto es interrumpido por tres tipos malencarados, vestidos de civil pero armados con pistolas y rifles, que revisan pasillos y balcones del edificio. “El comandante” les ordena seguir hacia arriba, a la azotea. Don Roque tira una canica contra las posiciones de su nieto. Y falla.

Tercer momento, en la tarde, Graciela se va a casa de una amiga a hacer la tarea (dos edificios adelante) mientras Carlos hace la suya en la mesa. Su mamá Alicia y don Roque lo acompañan sentadas en el sofá de la sala (que de noche es la cama de su hermana). La madre teje. El abuelo arregla el reloj de bolsillo que hace 40 años le regaló el general Rodríguez. Afuera (y abajo) empieza el mitin. Alicia le pregunta a su padre qué puede pasar. Don Roque le comenta de los militares y policías tomando posiciones. Opina que es una maniobra envolvente, para que no salga una marcha desde Tlatelolco. Dice que no estaría mal que les den un escarmiento a los muchachos. Unos días en la cárcel, para que aprendan. Desde la plaza llega el cántico de una consigna: “¡No queremos olimpiadas, que-re-mós re-vo-lu-ción! ¡No queremos olimpiadas, que-re-mós re-vo-lu-ción!” El viejo sigue arreglando su reloj y, molesto, afirma: “—¡Revolución! ¡Debían de vivir una para que sepan lo que es! …¡Babosos!”

Cuarto momento, al anochecer, luego de iniciado el tiroteo, don Roque aleja de la ventana a su hija y a su nieto. El mismo que deseó un escarmiento ve con espanto, desde las alturas, el tiroteo sobre la muchedumbre indefensa y desesperado, cierra la ventana, exclamando, escandalizado “—¡¿Qué están haciendo?!” Los chicos ya no parecen ni tarugos ni babosos. El peor castigo es que se nos concedan nuestros deseos.

Quinto momento, al terminar la balacera, don Roque va a traer a su nieta Graciela. En el ínterin, Jorge y Sergio han regresado con otros cuatro estudiantes –una chica y tres chicos, uno de estos herido de bala. Don Roque y Graciela regresan escoltados por un subteniente y un sardo. Los recibe Alicia en la puerta. El viejo pide sus papeles de capitán en retiro y los muestra al militar (abuelo y nieta venían amenazados de que si Roque no probaba que era militar, los arrestaban). Mientras, madre y abuelo ven cómo unos civiles armados bajan a varios estudiantes de la azotea. Los golpean e insultan. Hasta que el subteniente manda parar y ordena llevar a los prisioneros abajo, con el Ejército. El militar permite a don Roque entrar a su casa, no revisa el departamento y sólo le recomienda no dejar entrar a nadie. El subteniente se despide con saludo militar (don Roque es, después de todo, su superior). Enterado de que hay refugiados dentro, don Roque pide sacarlos; pero Alicia decide que se queden, pues no va a permitir que los maltraten como a los chicos de la azotea. Al rato regresa el padre, desesperado porque ni siquiera con sus influencias “del Departamento” lo dejaban pasar. Y apoya la decisión de su mujer. Él se compromete a sacar al chico herido en la mañana aprovechando que es funcionario del DDF.

Sexto momento, casi de madrugada, en el rojo amanecer del 3 de octubre de 1968, los agentes de civil ingresan violentamente al departamento para revisarlo. Don Roque encierra en el baño a los estudiantes para protegerlos. Pero los sicarios los descubren y se arma una balacera. Don Roque, su hija y su yerno mueren defendiendo a los jóvenes. Los sicarios asesinan a todos. Sólo Carlos, el hijo más pequeño sobrevive: su abuelo lo había escondido bajo una cama. El niño sale semidesnudo a la plaza. Nada lleva en la mano. El reloj del general Rodríguez quedó abandonado en la casa ensangrentada.

Ortega & Robles nos regalan una bella y trágica narrativa a través de su veterano de la gran Revolución mexicana. El nombre del viejo es relevante: Roque, una roca latina, evoca ser fuerte, ser entero. Pero también ser impermeable a los cambios del ambiente. El capitán en retiro vive embelesado en la gloria de las luchas pasadas. (Su hija Alicia, al limpiar la casa por la mañana, repasa las fotos de su padre y del general Rodríguez.) Alucinado en sus recuerdos, Roque no cae en cuenta de que la tragedia que vivió su generación reinicia. En la tarde de la masacre Roque se entretiene arreglando un reloj que ya no puede marcar la hora de México. Llama tontos a sus nietos sin caer en cuenta que ellos (igual que él cuando era joven) tienen razón. Lo terrible es su ceguera. O más bien, su media ceguera. Roque sabe que toda Revolución es violencia y, sin embargo, no tiene la sabiduría de señalarlo a sus nietos. Sólo amenaza con la violencia del Estado, del gobierno. Su yerno, funcionario de esa administración pública que presume su modernidad, les receta lo mismo a los muchachos: “yo sí sé lo que pasa”, les dice, “porque en el Departamento hay gente que sí sabe de política”. Ni Roque ni su yerno se dan cuenta de que, en la realidad, nadie sabe de política si no la ha practicado.

Paradójicamente, en el retrato de Ortega & Robles, los muchachos son los que mejor saben. Pero no saben que saben. En el desayuno, los universitarios son acremente criticados por parecer maricones, con el pelo largo. Uno de ellos se defiende, señalando que el Padre de la Patria también traía la melena larga. Los adultos estallan. Pero Carlos, su hermano de Primaria, verificará ese mismo día el dato con su profesor y, al regresar a casa por la tarde, se lo dirá a don Roque. El niño pregunta que si el padre Hidalgo era maricón. El viejo capitán le dice que no y le calla. No es capaz de escuchar la advertencia de la Historia, diosa extraña que incluso nos habla a través de los libros de texto oficiales.

Ortega & Robles dejan el relato abierto al mostrarnos al niño Carlos salir del edificio desnudo y tomar su propio camino. Los guionistas saben lo que ocurrió luego del 2 de Octubre. Saben de la radicalización juvenil. De las guerrillas urbanas y rurales que siguieron. De la guerra sucia que les hizo el mal gobierno. Aquella matanza no fue el final de algo. El régimen de la Revolución Mexicana ya se había agotado, estaba parado como el reloj del general Rodríguez. 1968 fue el amanecer de una tragedia más larga y más compleja que la de 1910. Un cruel proceso que ha dado buenos frutos –porque, como sentenció el contradictorio Jefferson, la libertad requiere ser fecundada, cada determinado tiempo, con la sangre de patriotas y tiranos.

agallardof@hotmail.com

Ligas citadas:

Liga 1: http://www.siempre.mx/2018/06/la-sana-y-el-terror/

Liga 2: https://www.youtube.com/watch?v=q5XncbN35bQ