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Luis Ricardo Guerrero Romero

Escuché a Lucio Ben Taleb hablar, luego de haber bebido su café de las mañanas: —Antes de ser padre, fui el hijo, y mi padre, antes de mi abuelo y antes de mi ancestro que nunca vi también fueron hijos de hijos. Con mi madre, es y sucede lo mismo; todas ellas, hijas de las hijas, habiendo sido las hijas de la primera madre que se tuvo registrada en la memoria ínfima y versátil de las hijas de la humanidad, hijas fueron. Podemos decir con plena seguridad cuantitativa y cualitativa que desde el inicio de todo tiempo xρόνος (cronos) y καιρός (cairós), el hijo es y será. Nadie en el mundo se emancipa de esta filiación. Puedes no ser madre o padre, puedes ser tío o no; ser cuñada o no; decidir no ser ni esposa ni pareja, pero desde que naces ya cargas con un papel en la obra teatral: eres el hijo o hija. Este acto y hecho, es un quehacer impreciso que requiere múltiples trasformaciones y miles de cambios de acuerdo con las necesidades familiares y personales.

Sin embargo, hay una cosa inherente, inaudita y execrable que todo hijo —entiéndase que se engloba a ambos géneros— debe hacer: abandonar el regazo para dejar de ser hijo, rechazar latente las invitaciones de los padres, y hacer sufrir, como hacer gozar. En un péndulo de agitaciones navega el hijo. El hijo que dice adiós a sus padres porque sus elecciones lo demandan, el hijo que hace otra familia y les da nietos, el hijo indeciso que morirá en la incertidumbre, el hijo que mata, y dispara en vida contra sus padres, hijos que no saben de quién son hijos. Todos, en general, según las letras de Octavio Paz, somos hijos de la chingada.

En la mitología y las fábulas de Sófocles encontramos unos hijos que dictan la historia de la vida: Lábdaco (el cojo), Layo (quien cojea del lado izquierdo), Edipo (el de pie hinchado); una línea familiar que padecen de algo: el andar. Todos metafóricamente caminan mal, y en su nombre lo ostentan. Hoy, aunque nuestro nombre no lo dicte, todo hijo camina mal, porque ser hijo es ser desagradecido, es ser ingrato. Jamás, nunca podremos saldar las cuentas que la madre ha endosado con sangre y llanto a la vida para tenernos aquí y ahora, pero ella o él, tampoco podrán pagar su factura de hijo. El oficio de ser hijo estremece, remueve y quebranta. Porque los hijos somos el estruendo y la gloria de la vida.

Tal sustantivo extraviado por nuestra humanidad se puede entender en la voz helénica: υιε (uie>yie) de allí el concepto de yerno, que en inglés se conserva como: son in law, hijo de ley o en la ley. Puesto que, en realidad todos somos adoptados. Asimismo, en el latín se encuentra como filius (filius> hilius> hilius> hijo).

Por tal razón, de frente al espejo, un tal Lucio Ben Taleb se dice a sí mismo: Toda historia inicia con el hijo, y todo hijo termina con toda historia.

l.ricardogromero@gmail.com