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También resistimos ésta

Chessil Dohvehnain

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Juan Carlos Ortega Prado ha hecho bien en recordarnos, en su artículo en Proceso, que la escala de Richter al ser logarítmica y no lineal, implica que el sismo del martes pasado fue uno “Diez veces más débil que el de 1985” tal y como se titula su artículo, publicado el 20 de Septiembre en la página web de la revista.

Prado señala, con un justificado enojo, que los mecanismos sociales de prevención, así como las estructuras de protección civil y los productos científicos (como los atlas de riesgo), se quedaron, al igual que el Gobierno, cortos ante la situación.

No hay duda. Es una emergencia que ha desencadenado una respuesta social impresionante ante la confrontación directa con el azar que rige la no predictibilidad de las fuerzas de la naturaleza. Y queda bastante claro que la sociedad civil, es capaz de organizarse de formas que aún nos sorprenden, para enfrentar el dolor.

Es impresionante el gran recordatorio para las masas que usan redes sociales, del poder que éstas pueden ejercer como instrumentos de ayuda, a través de los cuales se han diseminado convocatorias de apoyo, información de desaparecidos, fallecidos y sobrevivientes. Los recursos tecnológicos de comunicación no se quedaron mudos. Todo lo contario. La industria privada de las comunicaciones incluso permitió la liberación de las redes inalámbricas, la suspensión del cobro de llamadas, o el apoyo por medio de los viajes gratis que ofrecen ya no solo las compañías de taxis y transporte interestatal, sino también Uber.

El establecimiento de redes de apoyo interinstitucionales a lo largo de los estados del país ha permitido la participación de la gran mayoría de los ciudadanos que, con familiares o no en las ciudades afectadas, o por simple compromiso con el vínculo humano que todas y todos compartimos, han tomado acción.

Pero no solo es la gente “de aquí”, sino también la de otros lados y otros mundos la que se suma a la misión de salvamento y rescate. Extranjeros e inmigrantes de distintos países, sin mencionar los apoyos internacionales que ahora mismo se están gestando, son una bella prueba de la solidaridad humana que la especie aún es capaz de demostrar por sus congéneres.

Las tensiones políticas, los conflictos militares potenciales, las crisis ambientales y las terribles violencias asesinas se toman una especie de respiro ante la bofetada del azar y de la tierra, para mostrarnos que precisamente esos son problemas que nosotras y nosotros, como especie humana, hemos provocado y perpetuado hasta la locura. Un respiro que nos ofrece la idea de que, si así lo quisiéramos, juntos terminaríamos con toda la porquería que tanto detestamos.

Pero ¿por qué tiene que ser en esta clase de escenarios de dolor, que nos damos cuenta de las posibilidades enormes del trabajo unificado y de los objetivos que vean por el bien común? ¿Por qué es en estos casos de terror que optamos por suspender el ritmo del Imperio y del mundo cotidiano con sus afanes, para demostrar que podemos negarnos a los tiempos de los poderosos y del capital asesino?

Proponer una respuesta sencilla sería un acto de arrogancia. Un acto que reduciría la vasta complejidad del comportamiento humano, social y cultural, en explicaciones simples que no satisfacen la necesidad de consuelo, de alivio y de retribución que todos vamos acumulando, poco a poco.

Héroes anónimos se encuentran en Morelos, CDMX, Puebla, Oaxaca y en muchas otras comunidades azotadas por la coincidencia del  movimiento natural de la tierra, y lo más fascinante de todo, es que son gente que deja de lado sus enemistades y diferencias de género, de orientación sexual, de ideología política, de creencia religiosa y clase social, para sangrar y sudar juntos por almas que no conocen. Héroes verdaderos, pues. No políticos.

Y tal como Carlos Monsiváis narró en su obra No sin nosotros publicada en 2005, es precisamente en momentos como éste que surgen las coyunturas sociales que le dan un eje al futuro. Coyunturas donde los poderosos y las clases políticas de arriba intentan capitalizar el dolor para sus intereses, enfrentándose y negando las luchas de los de abajo, de las clases a las que buscan solo por dinero, gloria y poder.

La sombra de la incompetencia de Miguel de la Madrid se cierne ahora sobre Peña Nieto y de toda, absolutamente toda la clase política, independiente o no, donde se ha demostrado, tal como Ortega Prado lo resalta con ira, que el pueblo le queda y le quedará grande a cualquiera que aún crea en las teorías del cómo gobernar desde arriba, desde la institución, independientes o no. Porque, precisamente, ¿cómo gobiernas el sufrimiento? ¿Cómo capitalizas en tu lucha, tu, aspirante ingenuo al poder, la sangre y la rabia de los sobrevivientes, y de los que murieron?

Habrá quien no lo intente, tal vez, pero sí habrá quien lo haga y quien, incluso, lo logre. Pero será temporal. Efímero. A Osorio Chong le escupieron en la cara mientras le gritaban “¡Ensúciate las manos, culero!”, al hacer acto de presencia en las zonas afectadas. A otros los repudiarán e incluso ya no les creerán sus mentiras, después de que los medios de comunicación nacionales han difundido hace varias hora sobre la oposición que los partidos políticos han expresado ante la iniciativa de donar sus recursos para la emergencia, basados en que la Ley, de la que tanto se han burlado por años, se los impide.  Eso no se va olvidar, y si así lo hiciéramos, que a todas y a todos nos maldigan.

Alrededor de 40 edificios colapsados bastaron en la CDMX para demostrar la incapacidad del gobierno y lo fútil de sus promesas, dice Ortega Prado. Y aún más, culpa a la falta de memoria, a la indiferencia social de la que todas y todos hemos sido parte, por no haber aprendido a desconfiar de los de arriba en los últimos 32 años, con todo y los horrores que ésta generación ha presenciado.

Puede que tenga razón, y sin embargo la realidad nunca es tan simple, tal y como lo demuestra la escala de Richter. Y es que también hay que darnos cuenta, como muchos activistas y ciudadanos siguen denunciando ahora mismo en redes sociales, que CDMX no es la única afectada. Morelos sufrió bastante, al igual que Oaxaca hace unas semanas y al igual que Puebla.

¿Por qué tanta atención hacia el centro? ¿Qué pasa con esos estados? ¿Qué pasa con esos sobrevivientes y afectados también?  En la práctica, muchos centros de acopio de ayuda se encuentran dividiendo lo recibido por parte de la ciudadanía para destinarlo a los diferentes estados afectados, como el centro de acopio de la SEGE aquí, en San Luis. Pero en los medios, pareciera que solo hay una sola y gran emergencia: en el centro del país, cuando la realidad es que en muchos más lugares se está sufriendo, igual o peor.

De nuevo, la realidad nunca es tan simple. Así como hay héroes verdaderos y anónimos luchando por las vidas de gente que probablemente nunca han visto en sus vidas (oh, gran virtud del amor humano), se vuelven manifiestas esas otras realidades oscuras y terribles, expresadas en intentos de violación de mujeres en medio del caos, o en expresiones públicas de las clases altas que no quieren soltar las riquezas y negar los privilegios, o en manifestaciones de burlas y la presencia de los oportunistas que se encuentran por todos lados con la resistencia y el apoyo internacional que los humilla por medio de la unidad humana.

Alrededor del primer siglo de nuestra era, el volcán Xitle hizo erupción, iniciándose así lo que pudo ser un gran desastre para el mundo prehispánico que habitó el sur de la Cuenca de México y el Valle Puebla-Tlaxcala, en el Altiplano Central. Aldeas como Tetimpa (hoy un sitio arqueológico en Puebla) y Copilco (hasta hay una estación del metro llamada así), fueron abandonadas a causa del desastre, e incluso cubiertas por ceniza y lapilli, o incluso por flujos de lava andesítica.

Probablemente este desastre natural impredecible, como muchos otros, no solo fue un factor principal en el abandono de la ciudad prehispánica de Cuicuilco (al lado de cuya pirámide circular se encuentra hoy la Escuela Nacional de Antropología e Historia), sino que muy probablemente fue un desastre y una emergencia que dejó huella profunda en los sobrevivientes, muchos de los cuales, según dicen algunos investigadores, pudieron emigrar hacia el norte de la Cuenca de México, hacia Teotihuacan.

Y también es bastante plausible que el fenómeno natural, y los cambios sociales que posibilitó al ser una crisis espiritual y cosmológica en la visión del mundo de aquellos que la vivieron, permitiera que Teotihuacán se convirtiera en esa poderosa metrópolis multiétnica y plural, llena de inmigrantes, que dominó la Cuenca de México e hizo sentir su poder desde el Occidente prehispánico hasta las tierras inhóspitas de la Huasteca y las áreas mayas de Guatemala.

Pero no fue el único fenómeno natural impactante en el México antiguo como ahora sabemos. Mucha gente debió morir, al igual que en 1985, y al igual que ahora, y al igual que en otros escenarios de desastres naturales alrededor del mundo, que nos han tocado ver e incluso vivir. Pero la pequeña y poderosa lección que se desprende de ello, es que no importa que tan catastróficas y difíciles sean las bofetadas de la naturaleza. La especie humana se levanta, sigue congregándose, sigue construyendo y creando sobre lo destruido, y sigue sobreviviendo. Qué lección la del centro y sureste de México, y en las costas heridas por estos eventos recientes. Y que lección para la naturaleza, a la cual le seguimos diciendo, no como mexicanos ni como practicantes de tal o cual religión, orientación sexual, identidad de género o creencia política, sino como especie y en memoria de las y los sobrevivientes, de las y los héroes anónimos, y de nuestras y nuestros muertos: “Venga. También resistimos ésta. Y lo volveremos a hacer”.