Votación insuficiente
10 junio, 2016
Omelette de diputado
10 junio, 2016

Si todos son iguales, entonces ¿qué hacemos?

Renata Terrazas*

La lucha por el poder nos ha acompañado a lo largo de toda nuestra historia. Hemos explorado diversos esquemas en donde tratamos de elegir las mejores formas de gobierno pero seguimos construyendo mecanismos perversos de acceso al poder donde existen incentivos débiles para que aquellos que llegan a los espacios de toma de decisiones privilegien el bien común.

En la democracia moderna, de manera específica en el caso de México, hemos construido e invertido inmensas cantidad de recursos materiales y humanos en el procedimiento para acceder al poder. Hemos creído firmemente dos grandes falacias; la primera es que la democracia se circunscribe al procedimiento de acceso al poder, la segunda, que somos capaces de regular el procedimiento de acceso al poder en medio de un ambiente de corrupción e impunidad.

La primera falacia nos ha llevado a concentrar nuestros esfuerzos en el proceso electoral, sobre el cual, además, hemos descuidado los espacios que de facto dan pie a la desigualdad en la contienda y aquellos que perpetúan una élite política que gobierna para sí.

La segunda falacia nos ha llevado a dejar a un lado la crítica sobre las fórmulas y mecanismos para el acceso al poder en donde las candidaturas independientes han sido la última buena idea que al incorporarse a un sistema podrido han brindado resultados nimios.

Pasadas las elecciones nos volcamos hacia los conteos de salida y resultados finales, donde, cabe señalar, el resultado último siempre podrá ser impugnado por algún partido inconforme. Observamos cómo los partidos políticos perdieron un estado, una ciudad o lugares en los congresos; identificamos el ascenso de algún partido emergente y el revés de otro más consagrado. Y en nuestra mente creemos que existe una diferencia real entre un partido y los otros.

La realidad es un poco más cruel. Los casos de corrupción se encuentran a lo largo de todos los partidos políticos, así como las infiltraciones del narco y los casos de delitos electorales. La poca profundidad de las propuestas de campaña así como las débiles acciones de gobernantes y representantes a favor de las personas son las constantes a lo largo de todos los partidos, en todo el territorio nacional.

Hoy en día hemos dejado de comparar ideas políticas; en cambio buscamos identificar quiénes de los y las candidatas tienen menos denuncias sobre corrupción o pueden ser identificados como funcionarios honestos. De manera un tanto ilusa hemos llegado a pensar que un gobernador honesto podrá ser la diferencia en un estado donde la corrupción ha invadido todos los aspectos de la vida pública.

Es importante rescatar la ética y honestidad en la función pública, eso es innegable, sin embargo, no debemos individualizar el tema de la corrupción que hoy en día rige cada aspecto de nuestras vidas.

Más allá de la necesaria discusión y aprobación de leyes para la creación del sistema nacional anti corrupción, es importante que comencemos a debatir los espacios que permiten la permanencia en el poder de las personas que abusan de sus funciones y contaminan el servicio público.

Por ejemplo, retomando el sistema electoral, ¿no es acaso momento de que comencemos a plantearnos cómo la ciudadanía debe tomar el control sobre el proceso de acceso al poder? Es decir, más allá del Instituto Nacional Electoral y los estatales, ¿cuáles son los espacios que debemos ocupar en el diseño del proceso y en su ejecución? Siguiendo la misma línea, ¿no hay acaso leyes electorales que merezcan una verdadera y genuina reforma? El chasco de los pluris en la CDMX nos debería llevar a pensar en lo obtuso de un sistema de representación proporcional que no se ajusta con la realidad del país.

Aunque, a decir verdad, de alguna u otra forma debemos comenzar a superar la democracia electoral y comenzar a plantearnos seriamente sobre el rol de la sociedad civil después de las elecciones. Es decir, si consideramos que la lucha por el poder será siempre encarnizada si se da la oportunidad, y que los incentivos para velar por el bien común no son los mejores, ¿cómo nos pensamos en esta fotografía?

Un par de ideas, para abrir el diálogo: marcaje personal a nuestros representantes y fortalecimiento de la participación ciudadana. En la medida en la que nuestra única aparición en el espacio público sea para votar y para protestar cuando todo salió mal, nada cambiará. El punto no está en la lucha por el poder sino en lo que sucede cuando se llega a él.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación