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Luis Ricardo Guerrero Romero

Se oyó ¡scrachh!, tuve que recorrer la ventana para que el agua no se filtre por la pared, la lluvia está mandándome un castigo por no haber limpiado la casa desde hace cuatro meses. Los truenos me hicieron pensar en el ruido que se hospeda en mi mente cuando pienso en ellas, en sus nombres, en sus caderas, sus labios, pero también sus bocas. He quedado huérfano, expósito de los gemidos que antes en mis sábanas hacían eco. Todo por causa de mi enfermedad, que a nadie se la deseo. Es de madrugada y están sin estar: Samara, Lina, Cartica, Alya, Irasema, Yilda, Brisa, Electra, Jada y Uma. Todas ellas fueron parte de mi historia, lamentable sé, yo no soy parte de la suya. En ocasiones la cosa es así, uno sólo, y uno solo da.

Amanece, vuelvo a despertar al vecino con mi música insurrecta, salgo y un gesto soez y turbio por parte de todos los vecinos me describe el día que tendré. Si es que acaso lo tengo. Mi nombre es César, y mi imperio es la pocilga de mis sentimientos. ¿A dónde se fueron todas ellas, las mujeres que amé, que procuré, que bendije, que hechicé? Mi pareja más fascinante desde niño ha sido mi sombra, pero no la busco, no la acarició, no la genero porque sé que está y estará allí mientras no me aparte de la luz. Anoche escuché gemidos provenientes del departamento de arriba, gemidos turbios, ya no fueron los truenos de la lluvia del otro día los que me despertaron, fue más bien la nostálgica, poesía de los turbios recuerdos que aún tengo de ellas. Mañana, si despierto… Le compondré una canción a mi guitarra la cómplice y amante de mi sombra. Mi nombre es César, emperador de mi felicidad, de mi enferma felicidad salvaje y agreste.

Lo turbio, lo perturbado, el disturbio, la turbación, lo imperturbable, eso de estorbar, como lo conturbo, e incluso el turbo o turbina de un bólido mecánico y masturbar; todo tiene un vínculo, enredado como un turbante. Tal como dice el relato anterior, los gemidos turbios del recuerdo de las chicas de César tienen que ver con algo que no está claro, pero tampoco está subrepticio. En las cárceles según César hay una bebida alcohólica a base de destilación de frutas a la que le llaman “turbia”, por su sabor, color, sensación, por su comportamiento en la elaboración. Además de la bebida todo humano tiene un alma turbia, y todas las miradas son turbias también.

La voz helénica τυρβη (turbe) es definida como confusión y tumulto, y en la lengua latina el sustantivo en cuestión lo encontramos como turbidus: lo sedicioso, lo desordenado, tempestuoso. De tal modo que, la voz castellana turbio, es una herencia casi sin modificaciones morfológicas, pero sí semánticas y fonéticas. Las voces del recuerdo, los gemidos en la memoria auditiva de todas las chicas de César lo turban, lo perturban y quizás lo masturban. Pero es él con sus recuerdos, con sus lluvias denotadas en turbación de gemidos que trepan desbaratadas en ruidos y borrosos recuerdos. ave, Caesar, morituri te salutant.

l.ricardogromero@gmail.com