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Luis Ricardo Guerrero Romero

Es muy frecuente leer en las noticias –encabezados, balazos y cintillos–, el sustantivo víctima (el aroma a sangre enmudece la vista de quien es testigo del inmolado), que nos inclina a pensar en la finitud de nuestras vidas pero también en cómo sobrevivir, ya lo dijo con bastante claridad Forster: “La muerte destruye al hombre, la idea de la muerte lo salva”. Esto es cierto porque el pensar sobre el morir además de ser un tema antiquísimo para muchas idiosincrasias o religiones, se usa para llegar al otro plano superior, la nueva vida, resucitar, reencarnar, renacer y demás revelaciones de complejo acceso.

La palabra víctima es una herencia del latín en su totalidad, la morfología no cambió en absoluto al llegar a nuestra lengua, la acentuación es producto del uso y las variantes, de tal suerte tenemos del latín: victima, con la idea de un animal que se sacrifica, luego entonces aparece como sinónimo de muerte y de muerte promovida con una finalidad gravada por algún dios o inventada por el hombre para tributar al mismo. No obstante, esta palabra ya tiene registros en la lengua helénica en la voz θυσια (thisia), sacrificio, o modo de sacrificio para una fiesta; en particular al culto de Baco. Con probabilidad esta palabra está conformada por la idea de viaje y sacrificio es decir: via y θυσια (viathisa> victicia> víctima); puesto que la concepción de vía ya desde la cultura egipcia es una marcha de tres días para llegar a otro plano de mucha mayor gloria.

En Occidente en las religiones la idea de víctima está sujetada a la inmolación de una persona o de un dios. O sea, uno mismo puede ser víctima para el agrado de Dios, –un dios victimario acaso por gusto de unos pocos– o bien, la víctima eucarística adjudicada a Jesús, que en estos tiempos se vuelve más popular. Sin embargo, sabemos que el sentido de víctima eucarística ya existía mucho antes: “He aquí la ley del sacrificio pacífico que se ofrece a Yahvé: Si se ofrece en acción de gracias, con la víctima eucarística”. Levítico 7:11-12 (este libro corresponde al Antiguo Testamento). De hecho en ningún evangelio que es donde se narra propiamente la vida y obra de Jesús aparece la palabra víctima, Él jamás se mencionó víctima, pero así es la religión, le encanta hacerse a la víctima, incluso victimizar a su Dios, siendo Éste, sólo y auténtico amor. Quizás la intención de este discurso Dios-víctima en la religión católica es de representación o función soteriológica

 A propósito de esta palabra, encontramos la expresión mencionada “hacerse la víctima”, la cual describe a las personas que como decimos coloquialmente, se tiran para que los recojan, a este tipo de personalidades les indicamos que sólo será posible si se redejan. Otra expresión muy usada en el fuero de los que litigan, es: ofendido y víctima del delito, que dentro del sistema penal se confunden a tal grado que se menciona en el artículo 109 del Código Nacional de Procedimientos Penales, que la víctima tiene derecho a ser informado sobre sus derechos. Pero como hemos dicho la idea de víctima es idea de muerte, y es obvio que un difunto no está ofendido, ni en condición de escuchar sus derechos, aunque distinguimos que el uso y el lenguaje técnico tienen sus lagunas o modos de ser interpretado, tan es así que el código ya mencionado no describe el proceder de un tiro penal en los deportes de balón. En suma, la víctima es sacrificio, porque del tamaño del sacrificio realizado, será la obtención espiritual, la energía otorgada al sacrificado, idea inherente en las cosmogonías y creaciones de vida.