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“¡Esto ya no es una democracia!” o sobre cómo la ciencia podría disfrutar viendo The Walking Dead

Chessil Dohvehnain

Las series nos han demostrado que la industria televisiva es capaz de apostar en propuestas de contenidos sólidos con estructuras narrativas coherentes, e incluso filosóficamente desafiantes. Un caso interesante es The Walking Dead, co-creada por Frank Darabont y basada en la novela gráfica de Robert Kirkman, la cual apostó por trasladar a la pantalla la complejidad narrativa de las relaciones sociales que los personajes tejen durante el apocalipsis.

En el show es la presencia de conflictos sociales a gran escala, engendrados por la interacción humana, lo que nos puede mostrar un camino lúdico para ver nuestra historia pasada (¿o futura?), desde una reflexión diferente. Y es que resulta que The Walking Dead, puede mostrarnos una metáfora fascinante, de cómo es que las sociedades humanas llegaron a ser lo que son.

Desde mediados del siglo XIX precursores de la antropología sentaron las bases de las teorías sociales sobre el origen de nuestras sociedades proponiendo etapas evolutivas de desarrollo cultural. Propuestas como el salvajismo, la barbarie o la civilización (o las hordas, bandas, jefaturas/tribus y Estados), eran “escalones” en el camino al presente, y que se creía eran etapas que todas las culturas humanas pudieron haber seguido a lo largo del tiempo hasta hoy.

Sin embargo, gracias a la contribución científica de la arqueología y la antropología, hoy sabemos que esta supuesta ley evolutiva cultural no es tal cosa. Y es que, si tal evolución cultural fuera cierta, hoy no deberían existir sociedades como los mayas tzotziles, los tsembaga de las islas de Polinesia, o el Tercer Mundo en general. Nos dimos cuenta que el desarrollo cultural no es unilineal o en un solo sentido, y que en tal desarrollo intervienen muchas variables, que van desde el medio ambiente, hasta los sistemas de creencias cosmológicos que compartimos.

¿Por qué esto es importante? Porque nos enseñó que la visión dominante de nuestra historia humana (aquella en la que Occidente era el héroe encargado de llevar libertad y progreso al mundo entero en forma de cristianismo, libre mercado y whitewashing, entre muchas otras añadiduras), estaba fundamentada más en prejuicios y dogmas que en hechos históricos probables. Y es que la cultura material de muchas sociedades del pasado demostraba que los 6 casos más antiguos que se creían “ejemplares” de la Civilización (China, Mesopotamia, India, Egipto, Los Andes y Mesoamerica), y de la que muchas potencias hoy seguramente se consideran herederas culturales, fueron desarrollos culturales muy, muy tardíos.

Por mucho tiempo se creyó que nuestra civilización era heredera directa de tales sociedades. Pero descubrimos que estos 6 casos se habían desarrollado a partir de “etapas” o sociedades mucho más antiguas, específicamente a partir de aquellas culturas anteriores al 6,000 a.C. las cuales se creían en el siglo XIX, como compuestas por salvajes cazadores-recolectores violentos y de poca inteligencia y creatividad. Sin embargo, hoy sabemos que todo esto era una creencia falsa, en la medida en que estaba infundada en un vasto cuerpo de conocimientos arqueológicos que hoy sí poseemos.

Ahora sabemos que en el pasado distante, poco después del final de la última glaciación y cuando el clima de la tierra se volvió más cálido, existieron culturas humanas con una gran complejidad social. Sabemos que había formas de religión extraordinarias donde el culto a la muerte y a la naturaleza, así como a las mujeres y a la fertilidad, estaban ampliamente extendidos en muchas partes de la tierra (ejemplo, Jericó y el Culto a las Calaveras en el Levante). Sabemos incluso, que existían amplias redes de comunicación de ideas, materias primas y recursos, así como asentamientos con arquitectura urbana o monumental (Çatal Höyük en Turquía o Mohenjo Daro en Pakistán), en fechas tan tempranas como el 7,500 a.C. Épocas que se corresponden con el apogeo más antiguo de la agricultura y la domesticación (aprox. 12,000 al 6,500 a.C.).

Lo más fascinante, es que incluso sabemos algunas cosas sobre su organización social. Por ejemplo, que estas sociedades complejas no solo subsistían a base de economías mixtas (que cazaban animales y recolectaban frutos silvestres, e incluso algunos practicaban el cultivo incipiente de especies aún no domesticadas del todo), sino que además pudieron tener relaciones sociales igualitarias. Esto significa que podían tener líderes o autoridades temporales, y que no existían jerarquías o estratificaciones sociales permanentes como ahora. Lo cual no significa que no existieran otras formas de desigualdad, como aquellas basadas en el género, edad, etnia o cuerpo, etcétera.

La cuestión clave es la siguiente: ¿en qué momento y por qué razones, estas sociedades igualitarias se convirtieron en sociedades estatales, como las egipcias dinásticas o mesoamericanas con una marcada jerarquización de clase y una gran desigualdad social?

Pero ¿por qué es un problema importante para la ciencia? Porque, como dijera Manuel Gándara en 2011, tiene que ver con el “por qué y desde cuándo hay gobernantes y gobernados, ricos y pobres, verdugos y sacrificados”. Tiene que ver con el cómo se complejizaron las relaciones sociales al grado en que las experimentamos hoy día, con cómo concebimos el mundo, y con cómo ahora lo explotamos hasta el cansancio y a nosotros mismos.

En este sentido, mediante la imaginación y el uso de la ficción, el caso de The Walking Dead es uno que puede permitirnos profundizar en hipótesis y teorías sobre cómo es que llegamos a ser lo que somos hoy. Cómo es que pudo iniciarse la distribución desigual de la riqueza material a gran escala, o el ejercicio ideológico y coercitivo del poder, así como las guerras de sumisión por la posesión de recursos necesarios para la subsistencia, e incluso sobre el surgir de la religión y el ritual.

En The Walking Dead (comic o serie), vemos cómo la pelea contra la muerte por la supervivencia son retos que se tienen que afrontar de manera similar  a lo que nuestros antepasados hicieron por milenios antes del surgimiento de las ciudades Estado. Incluso es apreciable el surgir de la especialización social, o el desarrollo de ocupaciones específicas para la supervivencia de algunos personajes, surgiendo una diferenciación social. Muchos personajes son un buen ejemplo de esto contrastándose con el surgir gradual de los primeros artesanos, cazadores, recolectores y especialistas rituales entre otros.

Las guerras por recursos son otro tema fascinante que Kirkman y Darabont supieron explorar. Los constantes y nuevos conflictos sociopolíticos entre las comunidades amenazadas por el grupo autodenominado Los Salvadores preconizan una guerra por el control político de un territorio con promesas de seguridad y recursos. Una curiosa metáfora de las supuestos conflictos intertribales y aldeanos del periodo Epiclásico en el Centro de México (650-1,000 d.C.), o del Neolítico europeo y de la Península del Levante entre los siglos X al VII a.C.

Por otro lado, tenemos los conflictos por el poder a nivel de grupo, que motivaron cambios en la estructura de las comunidades, como aquellos ejemplificados por las disputas entre Rick y Shane en la segunda temporada de la serie, o las relaciones políticas sostenidas por el grupo de Rick frente a sus diversos y dementes rivales. Casos similares son las tensiones entre los nuevos asentamientos y la posterior cesión de autonomía y poder que la comunidad ficticia de Alexandria hace para con Rick y su grupo, en aras de garantizar su propia supervivencia.

Sin duda, solo son reflexiones de alguien que busca encontrar el lado constructivo de una serie entre muchas. Series que, no sin razón, pueden acarrear una peligrosa alienación social de la realidad en que vivimos por consumir fantasías y sueños que nos alejan de un mundo absorbido por el Imperio capitalista y su ideología del consumo.

Pero espero haber ofrecido, al menos, una pequeña reflexión plausible sobre la utilidad de un producto narrativo como éste, si se le contempla con los ojos y la curiosidad de la ciencia. Después de todo, y en contra de sus detractores, The Walking Dead nos ha presentado un mundo donde la reflexión filosófica y antropológica se hacen presentes en cada temporada, no sin sus aburridos rellenos, claro, demostrándonos lo vano de las fijaciones materiales de nuestro presente, e infectándonos con la idea de luchar por nuestra supervivencia en un mundo depredador y salvaje donde, parafraseando a Robert Kirkman, se nos ha obligado a empezar a vivir de verdad.

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