Alan Rodríguez
Las películas de cowboys son populares en todo el mundo.
¿Por qué? Bueno, porque está lo épico en ellas.
Está el coraje, está el jinete, está la llanura también.
Jorge Luis Borges
Ciudad de México. La promesa optimista sobre la economía doméstica de Estados Unidos fue uno de los factores que llevaron a Donald Trump a ganar en las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos. El hoy mandatario habló de recuperar puestos de trabajo e impulsar el crecimiento económico.
El presidente buleador dijo lo que muchos gringos afectados por el desempleo y por adeudos querían oír. Esos ciudadanos en depresión económica son los que se asoman en la película Enemigo de todos (Hell or high water, USA, 2016), cinta del escocés David Mackenzie nominada a mejor película por la Academia y que brilla por su visión oportuna y agudamente crítica sobre la actualidad socioeconómica en cierto sector estadunidense.
Arrastrando una pobreza de generaciones, el tranquilo ranchero Toby Howard (Chris Pine) se decide a asaltar pequeños bancos en el Oeste de Texas. Como cómplice está su hermano Tanner Howard (Ben Foster), apenas salido de la cárcel y con largo trecho como salteador. La intención es reunir el dinero suficiente para salvar la granja de la familia. Osadamente, deciden atracar sucursales del Texas Midlands Bank, el mismo banco que amenaza con arrebatarles el patrimonio. El ranger a punto del retiro Marcus Hamilton (Jeff Bridges) y su pareja el mexicano-indio Alberto Parker (Gil Birmingham) les siguen la pista.
Enemigo de todos refleja los efectos todavía latentes de la Gran Recesión de 2008 y la llamada crisis subprime. En aquél entonces, el mercado hipotecario de Estados Unidos se contrajo provocando un aumento en la tasa de morosidad. Los bancos cometieron cualquier cantidad de delitos, y eventualmente aceptaron pagar la suma de 25 mil millones de dólares para evitar juicios luego de haber realizado abusivos embargos inmobiliarios.
Las secuelas de la crisis financiera se pueden medir en un desplome de valores de la vivienda y en un aumento de la deuda. Según el portal especializado en finanzas NerdWallet, la deuda total dentro de Estados Unidos ha aumentado en un 11% en la última década. Actualmente, en promedio un hogar con deuda por tarjeta de crédito tiene saldos por un total de $ 16,061, y un hogar en promedio con cualquier tipo de deuda debe $ 132,529. En el caso de las hipotecas, el monto asciende a $ 8.35 billones de dólares a nivel nacional.
Deliberadamente la película de Mackenzie ofrece vistas del declive económico al filmar la erosión del paisaje texano con máquinas en abandono, casas en venta, negocios en quiebra, y anuncios de rescate económico o asistencia financiera. Esa depresión es lo que al filme le imprime carácter.
La música de Nick Cave y Warren Ellis, junto con la de algunas voces del country, es todo un resuello de sensaciones de desencanto y provocación. Exquisito repertorio de rolas: “Little darling, she’s a red haired thing / Man, she makes my legs to sing / Gonna buy her a diamond ring / Early in the morning” (Dollar bill blues de Townes Van Zandt).
Y no debe sorprender la aportación de Taylor Sheridan, guionista que la está rompiendo en Hollywood luego del éxito de Sicario (Denis Villeneuve, 2015). Nominado como mejor guión en los Óscar y en cualquier cantidad de festivales, el texto de Sheridan es una pintura realista no exenta de humor sobre el oeste texano. Delinea con ojo observador y detallista a los personajes secundarios (una camarera, vaqueros, pobladores, etc.), lo que hace que el filme capture la esencia de la región.
Los protagonistas lucen con criterio y sugestiva personalidad: desbocadamente suicida en el caso del delincuente Tanner, éticamente atormentada en lo que toca al divorciado y padre Toby, así como racista y conservadora en lo que concierne al ranger Hamilton. Hacia el final de la película veremos que Sheridan alcanza en lo que escribe el impacto poético del diálogo en el western, siempre y cuando como aquí, es exaltado y poderoso. Ahí, en moderna adecuación del clásico duelo, nos atrapa una tensión que será el epílogo de una gran historia.
Mackenzie antes había pasado tiempo viviendo en el oeste texano y ya traía ganas de hacer una película que retratara ese mundo. Entusiasmado por el guión de Sheridan, se puso a escuchar outlaw country y a rememorar westerns revisionistas de los setenta para hacer así su novena película.
Lo que al final consigue es un post western criminal pleno de emociones y con subido trasfondo político en donde el mal no está con los pistoleros. Estamos ya muy lejos de los bandoleros malditos de Sam Peckinpah o John Ford, incluso de los ideados por Sergio Leone o Quentin Tarantino.
Estamos incluso lejos de aquel tiempo de ganaderos, pobladores, sheriffs y carruajes dentro de una vida y economía más sencillas. Ahora, la ley la dictan quienes acaparan el dinero. Una noción que parece está detrás de las palabras de un vaquero que en el filme aleja a sus vacas de un incendio: “Es el siglo XXI, escapo de un incendio con un rebaño. Y me pregunto por qué mis hijos no quieren dedicarse a esta mierda para vivir”.
Mackenzie ha escarbado en la mitología del western, en ese tiempo inmaterial en el que forajidos a caballo robaban para vivir sellando hazañas increíbles. Ahora, sus dos vaqueros motorizados hurtan a una de las firmas que han desplumado a familias y se han apoderado de la tierra que antes fue de los comanches.
Por eso en el fondo de Enemigo de todos yace la revancha épica y se agita un propósito incendiario, aun a costa de la propia vida, el de burlar a los negociantes que mandan en una sociedad alentada a golpes de poder económico.
@kromafilm





