Alan Rodríguez

Ciudad de México. Hay una inclinación evidente en el realizador inglés Stephen Frears por trabajar historias sobre personas reales cuyas vidas han salido de lo ordinario (Joe Orton, Lance Armstrong, Muhammad Ali). En su filmografía, algunos otros ejemplos los vemos en Mrs. Henderson presenta (2005), sobre la viuda Laura Henderso, quien durante la Segunda Guerra Mundial se empeñó en mantener vivo el teatro londinense.

En La reina (2006) vemos a Helen Mirren como la monarca Isabel II en los días en que el fallecimiento de Lady Di impactó profundo en la familia real. Y en Philomena (2013), otra espléndida actriz como lo es Judi Dench interpreta a Philomena Lee, quien a los 22 años fue separada de su hijo por la Iglesia católica. Dedicó 50 años para saber el paradero de su pequeño.

Ahora, con Florence: la mejor peor de todas (Florence Foster Jenkins, UK, 2016) Frears se interesó de nuevo por una mujer con una vida digna de ser llevada a la gran pantalla. Florence fue una adinerada soprano amateur estadunidense que primero en Filadelfia y luego en la Nueva York de los años cuarenta provocaba burla y risotadas por sus berridos. Por entonces, Florence Foster Jenkins cantó lo suficientemente espantoso para que hoy sea considerada la peor cantante de ópera en la historia.

Meryl Streep hace de esta excéntrica amante de la música y la ópera, estrella ridícula en los espectáculos que ella misma ofrece para el exclusivo Verdi Club con la complicidad de su confidente, esposo y manager, St. Clair Bayfield (Hugh Grant).

Amigos hipócritas de la alta sociedad alaban su supuesto talento para el canto. Alentada por su fantasía de ser figura, termina ofreciendo un recital insólito en una abarrotada Carnegie Hall, la sala de conciertos más ilustre del momento en Nueva York.

Al estreno de este filme le antecede otra película basada en la existencia de Florence, dirigida por Xavier Giannoli. Con una espléndida Catherine Frot como protagonista, Marguerite (Francia, 2015) se pudo ver en México el año pasado y resultó una excelente aproximación a la vida de la malograda cantante, aunque trasladada al contexto francés de los años veinte. Giannoli consiguió comunicar de manera seria y entretenida, toda una lección de integridad a través de lo que demuestra una mujer privada de talento pero con ideales irrenunciables.

El cineasta británico invitó a Meryl Streep para el rol protagónico. Lo que aseguraba de antemano una interpretación enternecedora de una mujer alentada por su ilusión. En el coestelar, Hugh Grant no desmerece en su papel de complice leal y protector. Ambos actores se hicieron de nominaciones a los Globos de Oro.

Pero a diferencia de la versión francesa y por su tono más ligero, el filme de Frears es un retrato menos crudo. Idealiza sobre la tragedia de una mujer que a pesar de agotar las entradas para el Carnegie Hall, su presentación resultó casi un número de circo.

El cineasta buscó interiorizar en el personaje, mostrando su candidez y empeño en conquistar un sueño. Sin embargo, su trazo de la cantante desafortunada termina siendo poco profundo.

Muy distintas también de la película de Giannoli son las relaciones afectivas de la protagonista. El matrimonio entre Foster y Bayfield es ejemplar aquí por su grado de compromiso y solidaridad, aunque digno de lástima por su imposiblidad de procear hijos (la cantante contrajo sífilis de su primer marido). La amistad con el painista Cosmé McMoon (Simon Helberg) resulta un aliciente a la hora de la aventura de la soprano por querer conquistar la escena operística del momento.

Stephen Frears coloca a su Florence en el centro de circunstancias conmovedoras y por ello consigue un filme complaciente, entretenido cual comedia biográfica, pero que queda lejos de sus mejores trabajos de aliento aguerrido como Mi hermosa lavandería (1985) o Ábrete de orejas (1987).

@kromafilm

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