Alan Rodríguez

Atorado en un agujero de mierda con imbéciles, violadores y abusadores, harto de los pleitos de sus papás al borde del divorcio, asqueado de la intolerancia de sus superiores en la escuela católica, el adolescente Conor encuentra en la música una manera de lidiar con todas esas presiones. Lo ha entendido, “así es la vida”, se dice y les dice a sus amigos. No conforme con asimilarlo, decide hacer arte con todo ello.

Sumamente tímido, la pasa mucho mejor a partir de que para conquistar a una chavita modelo se inventa que tiene una banda. De pronto es la voz líder de un grupito de cinco chavales que en la Dublín de los años ochenta se hacen llamar Sing Street.

Sing Street (Irlanda, UK, EU, 2016) es también el título de la película de John Carney que el pasado fin de semana pudo quedarse con el Globo de Oro a mejor película musical o de comedia, sino se hubiera topado con un monstruo acapara premios como lo es La La Land (Damien Chazelle, 2016).

Para los entusiastas del pop y el rock, ésta es una película que no pueden dejar pasar. Porque ante todo es un cinta que rinde culto a cultura pop ochentera, con sus íconos y clásicos musicales de la época. Por ahí suenan algunas bandas añejas como Duran Duran, The Jam, Spandau Ballet y The Cure.

Es del movimiento de los llamados new romantics, que apareció en la Inglaterra de los ochenta, de donde proviene mucho del sustento visual, estético y musical del filme. Recordemos que las bandas de esa corriente se caracterizaron por sus tonadas con sintetizador, además de su ropa glamurosa y su maquillaje. Vemos que los Sing Street se ocupan de emplear esos elementos, además del videoclip, que por entonces irrumpió como novedosa y persuasiva herramienta que potencializó las propuestas musicales del momento.

La película también es un relato jovial y divertido sobre el difícil proceso de identidad de ‘Cosmo’ Conor (Ferdia Walsh-Peelo), que en la composición y el canto halla la manera de dar salida a su energía contenida y así no quedar excluido de sus propios sueños. El más importante, ganarse a la preciosa ojiazul y huérfana Raphina (Lucy Boynton) que anhela largarse, como tantos irlandeses de entonces agobiados por la crisis economica, a Londres para triunfar en el modelaje.

El romance que se conocina entre Conor y Raphina funciona como fuente de ilusiones en la película. Porque el Conor sumiso y nervioso que vemos al principio, mutará a un líder decidido a tomar riesgos como lo demanda la filosofía rocanrolera. Alguien que confronta sus miedos buscando doblegarlos a través de su poesía, de su música.

Pero la película de Carney no solo emociona por eso. Sucede que Sing Street se destapa como un cofre de recuerdos. La industria de la nostalgia nos sigue acorralando, ya lo hizo con algo como Stranger Things, serie ideada por Netflix para empujarnos por un tobogán de añoranzas ochenteras. Sing Street, imagino, tiene que ver también con ese afán del cine de la región británica e irlandesa por nostalgear sobre su glorioso pasado. En este caso, musical.

Es en ese sentido que el filme de Carney recuerda tratamientos soñadores como The Commitments (Alan Parker, 1991), sobre cómo es formada una banda en Irlanda. También aquella joyita a la vez triste y alegre como Somers Town (2008), con dos chicos protagonistas trabando fuerte amistad en la Inglaterra de los ochenta.

Para su relato, Carney se basó en vivencias personales, pues él mismo formó su banda en aquellos años. Contó con la música ex profeso de Gary Clark (ex de la agrupación pop escocesa Danny Wilson) cuya colaboración ayudó al mood ochentero impregnado en la película.

Además, al inicio de proyecto, el realizador recibió consejos nada menos que de Bono y ‘The Edge’, líderes de la banda más influyente salida de Dublín en aquellos años. Los U2 le compartieron ideas sobre la escena musical, inquietudes de la juventud de la época y quizás propias anécdotas, para como lo vemos en la película. Por eso resulta singular cómo Conor se entiende exitosamente a la hora de componer rolas con el guitarrista Eamon (Mark McKenna), que luce con toda la pinta de un ‘The Edge’ de 15 años.

Sing Street se pude ver ahora mismo en Netflix y tendrá un preestreno en el Autocinema Coyote de Polanco el martes 24 de enero, a las 21 horas. Es una película jubilosa, idealista y cursi, cual fantasía adolescente.

Nos hace constatar que la música funge como dispositivo automático para disparar nuestra nostalgia. Pero sobre todo, nos recuerda que la música es capaz de añadir sentido a nuestra existencia. Por eso, alguien como David Byrne no parece equivocarse al afirmar que “una vida sin música es una vida significativamente menguada”.

Twitter: @kromafilm

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