Alan Rodríguez

Ciudad de México. Para darnos cuenta del rumbo que toma nuestra civilización no hay que fijarse en lo que sucede en la política. Es el arte el que nos revela la ruta que lleva nuestro mundo, son los artistas quienes hacen notar con claridad las grandes transformaciones que acontecen. Ésta es una idea del canónico periodista Ryszard Kapuściński, y al parafrasearlo podemos afirmar que hoy una buena película resulta más útil para entender nuestro presente, que el dialogar con algún político.

Reciente ganadora de la Palma de Oro en Cannes, The Square (Suecia-Alemania-Francia-Dinamarca, 2017) del sueco Ruben Östlund responde a ese cometido. De tono satírico, pesimista y punzante, es un filme que desvela acuerdos tácitos y simulaciones. Es una película sobre el desencanto, sobre el falso progreso y la falsa originalidad.

Premeditado orador en las inauguraciones de exposiciones, Christian (Claes Bang) es un respetado curador en jefe de un museo de arte contemporáneo, en Suecia. Un día, al tiempo que alista la próxima expo del recinto (una instalación que invita al altruismo) es víctima de un timo en la calle que lo conduce a una alocada empresa por recuperar sus pertenencias. Todo deviene creciente espiral de críticas situaciones que lo empuja hacia nuevos límites.

El origen de la película está en una instalación que Östlund realizó junto con un amigo, hace seis años. Literalmente se trata de un cuadro en el piso, que se nos presenta como “un santuario de confianza y afecto. Dentro de sus límites compartimos derechos y obligaciones iguales”.

La película es en principio un alegato contra las propuestas actuales apantalla públicos y con retóricas pseudo artísticas sobradas de interpretación personal. Östlund se preocupa también por resaltar un mundillo del arte contemporáneo cerrado en su narcisismo, colmado de derroches y aficiones vacías.

Es así que en The Square se señala un horizonte fastuoso en el que lo artístico se orienta a lo utilitario. “Después del arte para los dioses, el arte para los príncipes y el arte por el arte, lo que triunfa ahora es el arte para el mercado”, ha escrito Lipovetsky. Östlund nos lo recuerda.

El realizador también exhibe la delicada relación entre ese mundo del arte y los medios. Primero a través del patético cruce, laboral y luego cachondo, entre el curador y una periodista gringa; después al poner a Christian al centro de un escándalo luego de que dos de sus ‘creativos’ sueltan en línea un polémico clip promocional sin ninguna autorización. La controversia es vista aquí como causa del clamor en redes sociales y como detonante del desplome de la imagen institucional.

El humor negro de Östlund hace recordar al de otro director sueco, crítico de las cosas como es Roy Andersson. Con abordajes sobre la realidad plagados de imaginación, espontaneidad y cosas insólitas, el cineasta nos revela aspectos de la vida a través del resorte de la risa y del absurdo.

En su mejor momento, The Square da trazas de lo que podríamos llamar arte al mostrar un performance incómodo de un actor haciendo de primate y sembrando miedo en una lujosa cena. Al final, el filme luce como manifiesto sobre nuestro fracaso como especie. Cuestiona al arte y su promesa original. Al interrogarlo deja ver que hoy nos puede ayudar a entender el mundo, pero quizás no resulta suficiente para hacernos mejores.

@kromafilm

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