Luis Ricardo Guerrero Romero

Muchas veces lo que nos motiva a hacer o no una cosa es la persuasión. Tal ejercicio que pienso reside en lo volitivo se encuentra más en el ente que emite que en el ser que recibe. O no lo sé, no es que los quiera persuadir, pero es mi punto de visión ante tal fenómeno. Aunque debemos ser conscientes que la idea de la persuasión como tantas más, es antiquísima, es pues un asunto tan importante como nuestra propia vida. Debido a que muchas de las actividades que realizamos, o bien, dejamos de hacer es debido a la persuasión.

La persuasión es entendida como: atracción, seducción o inspiración de algo o hacia algo, pero tal ejercicio no sucede si no es por algún canal. Mucho se ha escrito en las áreas de la comunicación o la retórica sobre las maneras más factibles de la persuasión, y mucho más se ha hecho en referencia a la situación de poder persuadir a alguien o bien algún auditorio en específico. La persuasión, es intangible y es el concepto que a todos nos materializa en algo. Hay los que desean adelgazar, los que desean un cuerpo perfecto, los que buscan ser parte de un grupo social, los que indagan en conectar con algún dios; todos en absoluto, víctimas inagotables de la persuasión.

No es que lo quiera persuadir, pero… hubo ya desde los anales tiempos una diosa en la cultura helénica a la cual se le otorgaba el arte galante de convencer o seducir mediante la palabra a su receptor. Su nombre: Peito (Πειτο), una íntima amiga de Afrodita desde luego, la cual podía ayudarla a llevar a cabo cada conquista con el mejor ardid hacia su víctima. En el latín encontramos los vestigios de esa diosa en la voz: persuasio. Es aquí donde se filtra la duda: ¿Cuál es la diferencia entre persuadir y disuadir? Ambas acciones son amparadas por la diosa antes citada, sin embargo, en qué singularidad radica la brecha que las tiene en el camino cerca y alejadas.

Di-suadir; per-suadir, mientras una palabra separa, la otra envuelve, respectivamente. Así pues, tales acciones no podemos sino adjudicarlas a alguna divinidad. Debido a la dicotomía de las acciones que sólo un ser celestial nos arrojaría en la vida para poder retar nuestra forma de pensar, la manera de presentar nuestra palabra a quien nos escucha y ser así de tal suerte entes del logos. Aunque siendo sinceros hay quienes inexorables demuestran su bestialidad ante la palabra del otro. Uno entonces, es el aventurero de la propia existencia, o bien somos persuasivos ante la vida, o apostamos por ser disuasivos frente a nuestro ser.

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