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Mi mamá, de familia “estirada” del Altiplano potosino: Margarita Zavala

Jaime Nava

Mientras el Partido Acción Nacional atraviesa por una crisis interna que ha producido división entre las diversas corrientes que buscan obtener la candidatura presidencial de ese instituto político en 2018, la esposa del ex presidente Felipe Calderón, Margarita Zavala Gómez del Campo, publicó un libro titulado Margarita: Mi historia, con la clara intención de posicionar su figura para materializar la candidatura que anhela, según puede leerse en el propio libro.

“Ante el nuevo reto que ha asumido, ser candidata presidencial para la contienda del 2018, Margarita Zavala nos cuenta sus orígenes y su formación, así como las experiencias vitales y políticas que la han marcado”, dice la sinopsis del libro que consta de 224 páginas y es publicado bajo el sello editorial Grijalbo.

A pesar de militar activamente en el PAN, Margarita Zavala no ha ocupado ningún puesto público relevante: fue asambleísta en el Distrito Federal y diputada federal, ambas por la vía plurinominal; posteriormente se desempeñó como presidenta del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) durante los seis años que Felipe Calderón ocupó la presidencia de México. Por ello, la propia Margarita explica que con su libro pretende “contar de dónde provengo, cómo me he formado, qué cosas he vivido, qué experiencias me han marcado”, y más adelante menciona que el libro lejos de escribir chismes de la vida política y aunque le faltan muchas hojas es una “ventana para mirar” quién es.

En el capítulo de genealogía, Zavala relata un diálogo entre su madre y su hermana Mercedes –esposa de Juan Antonio Pascual Gay, docente despedido de El Colegio de San Luis tras la revelación de diversos plagios académicos– sobre los altares de muertos. La conversación sirve de pretexto para explicar los vínculos de su  familia con San Luis Potosí. A continuación se reproduce un fragmento de dicho capítulo publicado por la propia editorial en su página de internet: http://www.megustaleer.com.mx/libro/margarita/MX13858/fragmento/

El papá de mi mamá era potosino, pero de joven se fue a trabajar a Chihuahua; para los cánones de ahora, la suya era una familia “estirada”. Un día escuché a mi hermana Mercedes, que vive desde hace algunos años en San Luis capital, preguntarle a mi mamá:

– ¿Por qué nunca pusimos altar de muertos?

– Porque no perteneció a mi tradición familiar, desde luego no pertenece al norte y tampoco a San Luis Potosí.

– Ah, mamá, pero si en la Huasteca…

– Bien lo has dicho: en la Huasteca.

– Ah, me olvidaba de que tú eres potosina estirada del Altiplano.

– Perdón, pero nadie escoge dónde nacer.

Según los relatos de mi madre, mi bisabuelo nació en Chihuahua. Conoció a Benito Juárez a su paso por aquellas tierras y él le propuso que se encargara de la tesorería del estado de San Luis Potosí, la antigua Real Caja; fue por eso que llegó en aquel viaje en diligencia de un mes de duración y se avecindó ahí. Mi bisabuelo era el menor de quince hijos: cinco de ellos fueron a San Luis, tres más nacieron ahí y el resto se quedaron en Chihuahua.

Mis abuelos maternos, Enrique Gómez del Campo y Mercedes Martínez, nacieron en 1904 y 1902, respectivamente. Mi abuelo cursó la primaria y la secundaria en San Luis y la preparatoria en el colegio jesuita de Saltillo; estudió Ingeniería Civil, pero se le atravesó la Revolución y sólo completó el primer año. Sus padres y los once hermanos que le quedaban –una había muerto muy pequeñita– se vinieron a vivir a la Ciudad de México en 1917. Tampoco pudo titularse aquí porque la escuela cerró. Hablaba muy bien inglés y francés, idiomas que había aprendido con los jesuitas. En ese entonces era más común estudiar el francés; el inglés lo había practicado en algunos tratos que tuvo con los norteños de Saltillo. Parece que casi completó la carrera de diplomacia. Mi madre se lo preguntó alguna vez: “La pasé muy bien, pero nunca me mandaron a ningún lado. Me enfurecí, pensé que para qué había estudiado”, le confió él. También le platicó que había un puesto en la embajada de Francia y mandaron a alguien que “con trabajos hablaba español, no digamos inglés o francés”; lo eligieron porque era sobrino de un general, un coronel o un secretario. Mi abuelo se enojó muchísimo, por lo que decidió dedicarse a lo que le gustaba, que eran los números, y entró a la Asarco (American Smelting and Refining Company) de San Luis, una compañía dueña de minas en Jalisco y el norte del país. Su sueldo era pequeño y tenía prisa por casarse con mi abuela, con quien tenía años de novio, así que se fue para Chihuahua, la tierra de sus antepasados; le consiguió el trabajo su padrino, que tenía cierto parentesco con mi abuela. Le advirtió que lo mandaban al sur del estado, no a aquella ciudad hermosa que le describían; así fue a dar a Escalón, en el desierto. Sin embargo, para mi familia materna Escalón tenía un imán, algo que los retenía ahí: mi mamá iba encantada de vacaciones a aquel pueblito entrañable, mezcla de llanura y cerro. Asegura que cuando sus amigas le preguntaban por qué mejor no iba a Acapulco, ella contestaba: “Porque apenas tenemos tiempo de ir a Escalón”. Conoció Acapulco hasta que se casó con mi papá.

La única tía soltera de mi abuela tenía una prima hermana, casada con un español de las islas Canarias; se llamaban Pepita Adame y Mario Cartaya y nunca pudieron concebir, pero quisieron a las hijas y los hijos de mi bisabuela Margarita como propios. De hecho, mi primer nombre fue un homenaje para ella. En casa de los Cartaya se conocieron mis abuelos, jugando tenis: el tío Mario había vivido mucho tiempo en Estados Unidos y era muy liberal en sus costumbres, de modo que tenía canchas de tenis e invitaba a muchachas y muchachos a jugar y pasarla bien. Ése fue el origen del Club Potosino de Tenis, que tuvo mucha fama y fue el antecesor del Deportivo Potosino que es, a la fecha, muy conocido en San Luis.

JSL
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