Federico Anaya Gallardo

2024 termina. En una semana más, pasaremos del décimo mes (diciembre) al mes de Jano (enero, january, janvier). ¡Alto! me dirás, querida lectora. Diciembre es el mes número 12. Ah, lo que pasa es que, cuando los romanos diseñaron nuestro calendario, sólo había diez meses. Luego se le agregaron dos más, pero no al final, sino al principio: ianuarius en honor de un dios llamado Ianus y februarius que tenía que ver con alguna fiebre (febris) que debía purificarse (februa). Ahora me dirás, lectora: “—Todo eso te lo has inventado ahora mismo”. No. Justo acabo de consultar mi Diccionario Latino-Español de la editorial Vox, 15ª edición, de 1982. Como sea, seguro que te parecerá completamente arbitrario, casual, imprevisible… el modo en que nuestra sociedad organiza las cosas más seguras (por repetitivas). En este caso, el calendario.

Igual otras: ¿por qué las horas tienen sesenta minutos y no cien? Porque así se venía contando desde tiempos de… los sumerios. (Sí, los de las ciudades de Ur y Nippur: esos que escribían con signos que parecen picotazos de gallo en el barro.) Los hombres y las mujeres somos gentes de costumbres. Y dejarlas cuesta mucho. Pero hay algunas costumbres más cercanas a nuestro corazón. Lo que te cuento de los sumerios es cosa relativamente nueva: lo sabemos gracias a los arqueólogos y epigrafistas del 1800 para acá. En cambio, lo de los romanos lo hemos venido repitiendo como canon (que en latín significa regla o ley) desde hace muchos siglos. Georges Duby ubica la nostalgia por Roma como una constante en Europa occidental desde al menos el siglo VI (Guerreros y Campesinos: Desarrollo inicial de la economía europea 500-1200, 1973). Aquellas europeas y europeos vivían en bosques oscuros llenos de lobos (rabiosos); sus milpas apenas si producían dos semillas por cada una que sembraban; y para ellos una herramienta de hierro era tan valiosa como el oro o la plata… pero esas gentes vivían fascinadas con la leyenda romana… porque su Dios había sido crucificado bajo el mandato de Poncio Pilatos (crucifixus est ab eis sub potestate Pontii Pilati).

Y es alrededor de la nostalgia por lo romano que se construyó nuestra civilización occidental –esa que para bien y para mal globalizó por vez primera el planeta entero luego de 1492.

Ahora bien, el problema de tener raíces y no discutirlas seriamente es que luego repetimos como loritos clichés y jaculatorias. O peor, invocamos recuerdos e imágenes incompletos –que fácilmente se pueden voltear y mordernos las narices.

Las y los mexicanos debemos agradecer al ministro Juan Luis González Alcántara-Carrancá sus contribuciones en la prensa diaria. Ojalá y no terminen luego que él se aparte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) en agosto de 2025. Leerle ilustra y llama al debate. (De hecho, es culpa de él mi larga introducción acerca del latín, los romanos y las tradiciones.)

González Alcántara-Carrancá tituló su entrega del martes 17 de diciembre de 2024 para El Heraldo de México así: “Asalto final”. (Liga 1.) E inicia con un verso inspirado en la Sura 30 del Corán: ¿Habéis oído de una ciudad, uno de cuyos lados es tierra y los otros dos mar? La Hora del Juicio no sonará sino hasta que setenta mil hijos de Isaac la capturen. No estoy muy seguro de dónde viene el verso citado por el aún ministro, porque la Sura 30 dice: “Los bizantinos han sido vencidos, en los confines cercanos de nuestro país. Pero, después de su derrota, vencerán dentro de unos pocos años. Todo está en manos de Alá, tanto el pasado como el futuro. Ese día, los creyentes se regocijarán…” (Corán 30, 2-4). Puedes consultar el Corán en la Liga 2.

La Sura 30 se llama Ar-Rum (Los Romanos) porque, en los tiempos en que el arcángel Gabriel dictaba las suras a Mahoma (allá por nuestro año 615), los habitantes de Bizancio o Constantinopla eran llamados “romanos” por el resto de los habitantes del Mediterráneo. Los únicos que no les decían así eran los europeos occidentales –quienes en su nostalgia romana se inventarían su propio imperio en tiempos de Otón I (allá por nuestro año 962). Para los que luego serían españoles, franceses, ingleses y holandeses, el imperio de Otón era el verdadero heredero de Roma. Pero ante la potencia de Constantinopla (la verdadera segunda Roma), debieron ponerle apellidos: “sacro imperio romano-germánico” –aunque, realmente, no era ninguna de las cuatro cosas.

González Alcántara-Carrancá nos explica que la ciudad triangular, con dos lados de mar y uno de tierra es Bizancio-Constantinopla. Luego nos dice que su cita se refiere a una profecía de Mahoma, misma que se habría cumplido en nuestro año 1453.

Efectivamente, en el mundo musulmán, uno de los signos pequeños de que se acerca el Fin de los Tiempos (la “Hora del Juicio”) era la caída de Constantinopla. De acuerdo a esta tradición, una vez caída la ciudad, aparecería el Dajjal (ادّجّال, falso o mentiroso) que entre nosotros sería un anticristo. En esto, sigo un ensayo de Mohanad-Amer Kadhim Al-Ojaimi publicado en 2020 en la revista Forma Breve 16 de la Universidad de Aveiro en Portugal. (Liga 3.)

Por supuesto, la conquista de Constantinopla por el sultán otomano Mehmet II (محمد ثانى) no fue seguida de la aparición de algún anticristo (aunque a ojos de los turcos algunas gentes como el Papa Borgia, Fernando el Católico, Carlos Habsburgo, Enrique Tudor o Francisco Valois podrían parecerlo). En otras palabras, nos diría Al-Ojaimi, aquel signo pequeño del Fin del Mundo resultó falso.

Regresemos a González Alcántara-Carrancá. ¿Por qué escogió hablarnos del 1453 en Constantinopla? ¿Por qué la referencia a Mahoma? ¿Por qué hablar de la “Hora del Juicio Final”? Supongo que así está viviendo nuestro juez constitucional este fin de año 2024: como un Apocalipsis. El aún ministro nos habla de la heroica resistencia del último emperador bizantino (se llamaba Constantino XI Paleólogo). Cómo ese soberano y sus últimos leales invocaron “a los grandes héroes de la Grecia y Roma antiguas, de cuya tradición … eran herederos”. Nos relata que, antes del último combate, convocados por el último emperador, quienes eran “hasta entonces enemigos jurados, se reunirían por primera y última vez, para en Santa Sofía orar juntos”. De nada sirvió la tardía unidad bizantina. Los cañones turcos (diseñados por un armero húngaro) derribaban las murallas y avanzaban hacia la ciudad. Concluye el ministro-historiador: “el final era inevitable: a la mañana siguiente, pendones turcos ondeaban en cada torre y atalaya bizantina: había caído la ciudad, con ella el imperio. El sultán otomano había logrado su ambición, convirtiéndose en amo y señor de toda la región”.

El Heraldo destaca otra parte del texto del aún ministro: “Todos amamos las historias donde al final, la valerosa resistencia de los protagonistas logra imponerse ante lo que parece una amenaza incontenible, como alegoría para la inspiración en tiempos confusos.” Pero González Alcántara-Carrancá nos dice que la caída de Constantinopla nos ofrece “una lección desdibujada, más trágica y solemne”, porque las resistencias que fracasan encierran otro tipo lección. Sin la caída de Constantinopla, nos dice, no habría ocurrido la “diáspora que cambiaría profundamente la faz de Europa Occidental, impulsando a sociedades, hasta entonces adormiladas por el sopor medieval”. Es decir, sin el cataclismo del mundo bizantino, el Renacimiento no habría ocurrido y nosotros no estaríamos aquí.

González Alcántara-Carrancá habla de la Reforma Judicial Democrática como un apocalipsis civilizatorio equivalente a la caída de Constantinopla en manos del Islam. ¿Hasta dónde llega su metáfora? Tal vez el aún ministro nos podría explicar cómo será la nueva diáspora de “miles de artistas, filósofos, poetas y sabios” que ahora huyen de la “ciudad imperial” a la que ellas y ellos “habían llamado hogar”. (Extraño modo de concebir al Poder Judicial Federal, ¿no te parece, lectora? Aunque, ciertamente, sus bizantinismos…)

Déjame seguir con la metáfora histórica del aún ministro un poco. En 1453, Constantinopla no sólo cayó. Fue rebautizada. Desde entonces se llama Estambul (استانبول) palabra al parecer derivada del griego εἰς τὴν Πόλις (eis tein Pólis, “a la Ciudad”), como decían los campesinos griegos de sus alrededores cuando daban direcciones. Santa Sofía se convirtió en Mezquita. Mehmet II se proclamó Conquistador (ابو الفتح, Abu Al-Fath, Padre de la Conquista) y se asumió como ¡el verdadero heredero de Roma! Su nieto Selim I (سليم اول) conquistó Egipto, Mesopotamia y Arabia (cerrando todas las rutas de Asia a los europeos). Su  bisnieto Solimán asaltó Viena en 1529 y avanzó por vía marítima hacia el Oeste, conquistando casi todo el Magreb (المغرب, que es lo que nosotros llamamos Norte de África) y desde allí amenazó las costas de la España Habsburgo. A ese Solimán I (سليماناول), los aterrados europeos lo llamaban El Magnífico, pero los turcos le decían Kanuni (قانوني) –que viene de la palabra latina canon– porque fue el sultán que dio ley y orden al imperio más poderoso de la cuenca mediterránea. Durante los siguientes dos siglos, los turcos otomanos avanzaron por Europa y el Cáucaso, controlaron el Océano Índico, guerrearon contra las colonias portuguesas en la costa occidental de la India, y volvieron a asaltar Viena en 1683.

Todo lo anterior, visto con la lente de los europeos occidentales es, ciertamente apocalíptico. Pero lectora: piensa que si lo vemos desde el lado turco otomano, fue el inicio de una era de paz, prosperidad y progreso para una parte muy importante del planeta.

Agradezco mucho al aún ministro haberme invitado a repasar esos pasajes de la Historia. Sin embargo, me desconciertan algunas cosas. Una, la identificación idealizada de González Alcántara-Carrancá con la Europa Cristiana que asumió la caída de Constantinopla como el Fin del Mundo. Otra, el embellecimiento del orar juntos en Santa Sofía. No nos cuenta el aún ministro que Constantino XI Paleólogo no fue coronado en ese templo porque fue él quien dividió a su sociedad al proponer la reconciliación de cristianos ortodoxos (orientales) y católicos (occidentales). Su idea era que el Papa organizara una nueva cruzada para defender Constantinopla. Eso no ocurrió. Roma estaba entrando en la Era Borgia y los ortodoxos no olvidaban cuando los cruzados católicos habían conquistado su ciudad en 1204. (Infernales aliados, ¿verdad? Algo así como Piña y los prianistas de hoy…)

Finalmente, González Alcántara-Carrancá nos simplifica tanto la Historia que convierte en “sopor medieval” los 300 años del florecimiento gótico en Europa (nuestros años 1100-1400); el desarrollo literario, educativo y comercial de Florencia desde el siglo XIV (Dante, Boccaccio y Petrarca estaban activos en los 1300); y los impresionantes debates políticos provocados por la lucha entre ciudades-repúblicas, príncipes y papado.

Hoy sólo citaré a un autor de esa Europa marginal a los grandes imperios griego, árabe, mongol y turco que vivía en el “sopor” del que nos habla el aún ministro: Marsilio Mainardini (o Marsilio de Padua) que nació en 1275 y murió en 1343 (110 años antes que la caída de Constantinopla). Marsilio decía que la soberanía última reside en el cuerpo de ciudadanos como un todo, que es el Pueblo (universitas civium). Todos deben subordinarse a la comunidad política de ese colectivo, sean agricultores, artesanos, soldados, sacerdotes o jueces. No importa que sean vulgus (la multitud) o personas acaudaladas a quienes se les reconoce honorabilitas (respetabilidad). Todo esto, en su Defensor Pacis (Defensor de la Paz) escrito en 1324. Sigo en esto a Antony Black, en su libro El pensamiento político en Europa, 1250-1450 (Cambridge U. Press, 1996, p. 191; puedes leer parte en Google Books).

Ojalá y el ciudadano aún ministro revisara sus metáforas históricas más allá de la polaridad obtusa de los “heroicos defensores de la Constantinopla Judicial”… La semana que viene, lectora, te cuento más de esto con que me he tropezado en este viaje a Estambul.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2024/12/17/asalto-final-662062.html

Liga 2:
http://www.jzb.com.es/resources/el_sagrado_coran.pdf

Liga 3:
https://proa.ua.pt/index.php/formabreve/article/download/25217/17957/

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