Luis Ricardo Guerrero Romero

Otra vez cansada del mundo cotidiano que la circunscribe, Teresa entró a su habitación tan sola y fría como siempre, no sabía que al acostarse su cabeza y su cuerpo se irían a un ensueño de su propio y descomunal país de Jauga. Su afición por las estrellas y esas cosas galácticas que a pocos les llama la atención —quizás porque observar el cielo va más allá de colocarse las estrellas en la mirada—, fue la clave para salir de la rutina y probar que a sus 17 años una vida licenciosa no es ilícita sino placer abigarrado. Cerró los ojos y fáculas destellantes le abrieron el paso hacia lo ignorado, comenzaba a sentir gozo en su mente, pero su piel permanecía impoluta. Luego de unos minutos logró ver todos los satélites de: Tiros, Tetis, Titán y Titania, estos le hacían cosquilleos que debutaban en su piel una extensa sensación erótica, aquella experiencia fue una paralaje entre todo lo etéreo y sus ganas de ser una con los astros. Tere conocía por libros e investigaciones mucho sobre los astros, pero jamás había probado la sensación de ser poseída por ellos. Una voz anónima en la mente de Tere decía: “El sabio es quien quiere asomar su cabeza al cielo; y el loco es quien quiere meter el cielo en su cabeza” (Gilbert Keith Chesterton). Habrían pasado quizás horas, o tal vez minutos, pero ella absorta por una suerte del efecto Zeeman no lograba distinguirlo. Entre sus piernas una difracción nacía y una distancia cenital la situaba lejos de la realidad usual. Absorta, enajenada y desorientada por tanto regocijo, Tere pregunta el nombre de la estrella que la hacía sentirse una con él, Mizar que se localiza en la Osa mayor, respondía a la duda de su ahora mujer. Desde entonces y hasta la fecha Tere está en estado de coma, y hay quienes murmuran que al observar el cielo se le ve alineada en forma de Beta Lacertae. Cuando Tere despierte yo moriré, pues el subconsciente sólo narra aquí desde lo impalpable.

Con pertinente respeto a los psicólogos y demás analistas de la mente y dementes (probablemente habremos muchos), al revisar el caso de la prueba de placer en Tere la ahora Beta Lacertae, podemos distinguir un par de situaciones; la primera, Tere a lo mejor sí existe en algún lugar del mundo, en cierto salón de clases sonriente colegiala, con pupitre y silla como únicos amigos busca inusitadamente explorar el placer que produce el estudio de los astros aunque ello no implique sea remitida al espacio exterior; la segunda situación que se puede observar es la experiencia de probar, puesto que ciertamente, todos tuvimos que probar algo para admitirlo como nuestro, o aceptarlo, o sea que, probar es una experiencia casi inherente en el hombre, probar el placer o probar cualquier asunto es una forma de comprobación de nuestra existencia, quien no prueba no aprueba la vida. La palabra probar (verbo infinitivo e infinito en cuanto su empleo) es herencia lineal de la lengua latina de raíz: prob> probo; que en sí misma ya significa algo en nuestro español: Ese literato es probo en su estilo, pues tiene probidad. De la mencionada voz latina suceden palabras como: probabilidad, ímprobo, desaprobar, comprobante, réprobo, aprobado, comprobar, entre muchas más. Todas estas palabras sostienen la idea de distinguir algo bueno, útil, o no, o bien ensayar sobre cierto asunto (tal como se hace en la probeta). Al expresar la idea: déjame te lo pruebo¸ sea lo que fuere, lo que se dice es, dame oportunidad de ver si es bueno o sirve para alguna finalidad. Tere prueba el placer en las constelaciones, ensaya, distingue lo útil que son para llegar a ser una astrónoma con mucha luminosidad.

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