
Federico Anaya Gallardo
Hace quince meses, en este espacio, te contaba, querida lectora, de los paralelos que veía yo entre la política romana de hace once siglos y la alta grilla mexicana de nuestros días. (Liga 1.) Te pido que revises aquel comentario antes de que sigamos analizando el problema de la hegemonía. Era el 19 de julio de 2024 y en aquella ocasión critiqué la cerrazón de la comentocracia ante los foros que se abrieron para discutir la Reforma Judicial Democrática. Y recordaba que en tres formaciones estatales muy diversas —la Roma antigua, el Islam medieval y el Japón Tokugawa— se habían creado nuevos sistemas políticos hegemónicos a partir de convulsiones sociales que implicaron recambio de élites, emergencia de nuevos grupos sociales y confrontación de nuevos liderazgos políticos. En todos ellos, el nuevo régimen debió crear nuevas armonías sociales, algo que Ibn-Jaldún (1332-1406) describió en sus Prolegómenos o Introducción (المقدمة, Al-Muqqadimati) a la Historia Universal como una solidaridad o sinapsis-ligazón que en árabe se dice asabiya (عصبيّة). La nueva armonía convoca a todas las partes de la sociedad previa e incluye a los actores políticos recién llegados en una nueva Constitución práctica (que es algo distinta de las constituciones escritas). La asabiya jalduniana es la hegemonía positiva de la que hablaban los griegos en tiempos de Isócrates y es la propuesta “universal” (diríamos nosotros en el siglo XXI) que hizo Alejandro a los antiguos.
La semana pasada te contaba cómo los griegos clásicos, legendarios creadores de la democracia, descubrieron la necesidad de unificar sus ciudades-Estado en una entidad política mayor y que su modelo final fue el Estado multinacional persa creado por los aqueménidas. (Liga 2.) La tragedia de esa raíz vieja de nuestra civilización es que ha sido racista desde el principio. (Por eso mi insistencia en poner ejemplos de hegemonía nacidos en sociedades diversas.)
Por más democráticos que fuesen los atenienses, seguían creyendo en una especie de superioridad “natural” de los griegos frente a TODOS los otros pueblos, todos los cuales eran llamados “bárbaros”. Esto impidió que el pensamiento político de la sociedad mediterránea procesara y adoptara mejor la idea multicultural aqueménida. Así, cuando el mundo mediterráneo fue dominado por Roma, esta lo gobernó como una ciudad-Estado que ha conquistado un imperio. Roma era, como la Atenas de la Guerra del Peloponeso, una πολις τύραννος (polis tírannos, ciudad-tirana). Eso sí, mucho mejor organizada y mucho más cruel.
Entre el año 200aC y el año 200dC, Roma impuso su hegemonía al resto de los pueblos mediterráneos primero por simple fuerza (δύναμις, dynamis) pero luego mediante una hegemonía política compleja alimentada por elementos culturales muy diversos (asabiya, diría Jaldún siglos más tarde). Hoy podríamos decir que todos esos elementos son mentiras ideológicas o bien, de sueños de opio que los pueblos dominados por Roma adoptaban para auto-engañarse. Lo interesante es que la Historia Romana enseñada a las élites de nuestra sociedad occidental desde hace dos milenios reproduce esas narrativas y todo el tiempo vemos a nuestros politólogos recaer en esos venerables discursos.
El problema no sólo es antiguo, sino permanente. ¿Cómo se legitima un régimen político? Sobre esto hay un sketch fascinante de los Monty Python quienes, en su Vida de Brian (Jones, 1979), trasladan al pasado romano una contradicción moderna. El líder de una de las organizaciones subversivas judías pregunta a sus seguidores “¿Qué nos han dado los romanos?” Y los miembros del grupo empiezan a enumerar: acueducto, alcantarillado, carreteras, irrigación, sanidad, enseñanza, vino, orden público, baños públicos… y la paz. (Liga 3.) La broma es puntual, aunque amarga… pues ayer el pueblo judío no terminó de integrarse en el mundo romano… y hoy día —en la tierra de Brian— la hegemonía generosa y la asabiya parecen imposibles.
Volvamos a Roma. La lucha por la participación popular en el gobierno político —que en Roma era la continuación del enfrentamiento griego entre demócratas y oligarcas— sigue siendo parte de nuestra agenda moderna. La integración equitativa de muchas entidades políticas amargó las relaciones entre romanos e itálicos por siglos y gracias a esa experiencia-raíz, nuestros estados federales buscaron respuestas que mezclaran la soberanía de la unidad mayor con la autonomía de sus partes. Más interesante es la necia idea de integrar socialmente a los pobres en el Estado, que cualquier intelectual medianamente instruido de hoy adornará con una referencia a la reforma agraria de los hermanos Graco. (Y si es muy radical, a la rebelión de Espartaco.)
Luego se nos olvida que la urgencia permanente de una civilidad política mínima entre las élites se empezó a debatir a mitad del siglo I aC cuando Cayo Julio César perdonó sistemáticamente a sus enemigos (la clementia Caesaris). La reconciliación de las élites derrotadas por la revolución cesariana se logró creando una hegemonía política que reconciliase a la inmensa mayoría de los magnates romanos sin excluir a las masas populares en los centros urbanos (la pax augusta). La estabilidad política y social fue tan grande que aún hoy el Principado Romano es considerado la “edad de oro” de nuestra civilización. (Todas y todos seguimos leyendo a Marco Aurelio, ¿verdad?)
En 1528 se descubrió en Lyon, Francia, (la Lugdunum romana) una tablilla de bronce con una larga inscripción. (Agrego su imagen.) Estaba en el sitio donde se erigía el Templo de las Tres Galias, construido en el año 12 por Druso el Mayor, el padre del emperador Claudio. La inscripción contiene un discurso de Claudio ante el Senado romano. El emperador cojo-tartamudo argumenta a favor de conceder la ciudadanía a los galos –incluyendo el privilegio de ser electos a las magistraturas de la metrópoli (Roma) y de ser senadores romanos. El discurso se pronunció en el año 48 —a la mitad del reinado de Claudio— como respuesta a una petición de varios caudillos galos.
La propuesta no era democrática en el sentido moderno, pues recibirían la ciudadanía sólo los ricos y terratenientes. Pero la idea sí era pluricultural. Claudio mismo recordó a los Padres Quirites (los senadores) que su familia era de origen sabino, no romana. (Aclaración: hablaba de la gens Claudia, ya que la gens Julia provenía de Afrodita misma pasando por Rómulo). También citó un precedente reciente: ya se había dado la ciudadanía a la Galia Narbonensis. Lo más interesante de la Tabla Claudiana de Lyon es que recoge una versión verbatim de la sesión senatorial —incluyendo las interrupciones de los senadores, que consideraban tedioso oír los antecedentes que Claudio les presentaba. Estos detalles no fueron recogidos por Tácito —quien también registró el discurso. (Liga 4.)
En otras palabras: la Roma del principado era una entidad sociopolítica compleja y plural. En la otra raíz antigua de nuestra civilización, lectora, tenemos una confirmación de eso de parte de un destacado miembro del pueblo judío. ¿Por qué se fue Saulo de Tarso (alias San Pablo para los cristianos) a Roma? Porque tenía derechos de ciudadano romano y, para defenderse de las acusaciones que le hicieron sus enemigos en el oriente del imperio, apeló al César. (Hechos 25, 11-12.)
La hegemonía romana ha fascinado la mente de los líderes europeos durante dos milenios. Francos y germanos crearon un imperio que pretendía emularla. Castellanos y anglos se coronaban “imperatores” o “basileus” de totius Hispaniae o totius Britanniae. Pero en su etapa medieval la realidad material de sus dominios era miserable: señores de señores feudales (overlords) y no cabeza de una unidad sociopolítica. En esa etapa oscura de Europa, los únicos imperios verdaderos —equivalentes a Roma— eran no-europeos (Bizancio, el Islam Abbásida, el Gran Kanato Mongol, el régimen Mogol en India, China, el reino Otomano). Sólo en la etapa que hoy llamamos Renacimiento es que aparecieron formaciones estatales más complejas en la pequeña península europea de Asia.
Michael Walzer, en su libro La Revolución de los Santos: Estudio sobre los orígenes de la política radical (Katz, 2008) nos explica cómo los europeos experimentaron con diversos tipos y estilos para forjar un liderazgo estable en esos nacientes Estados. Nos explica cómo los experimentos italianos se quedaron en una sucesión de líderes carismáticos —el mayor y último de ellos César Borgia— incapaces de institucionalizar su mando. Yo agregaría que mejor suerte tuvieron el Estado Español nacido de la saga de Los Católicos —adonde parte del pegamento social fue el catolicismo militante— y el Estado Francés borbón organizado alrededor de una burocracia cada vez más profesional. Pero a Walzer le entusiasma el experimento británico encabezado por la Revolución Puritana adonde identifica —por vez primera en la Historia europea— un grupo férreamente disciplinado que pretende cambiar el mundo a partir de una ideología bien definida (el calvinismo militante). En ese libro, que fue la tesis doctoral de Walzer en 1965, el autor retrata a los revolucionarios religiosos ingleses como bolcheviques avant-la-lettre. (Puedes consultar buena parte de este libro en la Liga 5.)
Los puritanos ingleses llenaron un vacío en el pensamiento político europeo: le dieron sentido social a la participación política. La república inglesa de los 1640 se entiende a sí misma como una reunión de cristianos que se autogobiernan y que buscan Justicia para todos. Antes de ellos, algunos habían intuido la importancia de lo social, pero apenas alcanzaron a representarlo. Por ejemplo, el dramaturgo Christopher Marlowe, en la portada de su Tamburlaine the Great (1590) decía que contaría la aventura de Tamerlán, “quien, de ser un pastor escita, por sus raras y maravillosas conquistas se convirtió en un poderoso y pujante monarca…” (Agrego esa portada…) El ya viejo Jaldún habría explicado al bardo inglés que Tamerlán logró su poder porque encabezaba una asabiya extensa y generosa.
Otro monarca inexplicable para los europeos del tiempo que te cuento, lectora, es Iván IV Grozny —El Estricto como se dice en ruso, o El Terrible como lo entendían en la Europa del 1600. Para entenderlo hay que llevar el librito de Jaldún en la mano y consultar el libro de Ruslan G. Skrynnikov titulado Reign of Terror: Ivan IV (Царство террора, Zarstvo terrora, Brill, 2015) adonde uno puede ver cómo el primer Zar administró la oposición entre boyardos (nobles) y mujiks (campesinos) y manipuló a sus intelectuales para sostener dos ideas: Moscú como la tercera Roma y la expansión del mundo ruso hacia Siberia. Un monarca capaz de forjar una hegemonía. (Puedes ver parte del libro de Skrynnikov en la Liga 6.)
La idea de hegemonía de la que he hablado en este espacio tardó en arraigar en la cabeza dura de los europeos. A sus élites les espantaba la potencia del zar moscovita en los 1580, inexplicable para ellos. Pero les aterrorizó aprender que el poder social del Parlamento Largo (colectivo) y de Cromwell (individuo) provenían del convencimiento de un colectivo complejo —que luego empezaría a llamarse “Nación” o “Pueblo”. Por eso las élites británicas retrocedieron y coronaron a otro rey en Londres, aunque lo sujetaron al Parlamento. En la Francia y las Españas los borbones perpetuaron la idea abstracta de un absolutismo por mandato divino —y ambas naciones debieron pasar por cruentas revoluciones para formar un Estado moderno, con una asabiya o hegemonía incluyente.
Este era el estado del Estado cuando Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel qué entendía un marxista-leninista serio por hegemonía.
¡Salud y República!
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://julioastillero.com/ayer-y-hoy-de-la-lucha-de-clases-autor-federico-anaya-gallardo/
Liga 3:
https://www.youtube.com/watch?v=WYU5SAQwc4I
Liga 5:
https://books.google.com.mx/books?id=4F6pDwAAQBAJ&printsec=frontcover#v=onepage&q&f=false
Liga 6:
https://books.google.com.mx/books?id=UP7dCgAAQBAJ&pg





