Luis Linares Zapata
Día con día, mes sobre mes y durante los pasados siete años, la crítica opositora, que domina los medios de comunicación, taladra la salud de la República. Lo hace con suficiente ferocidad como para no dejar piedra, programa, discurso oficial, obra o informe cualquiera libre de sus más iracundos zarpazos. Ciertamente, ésa es parte de la labor de la crítica en cualquier sociedad. Pero en ésta se distingue, con transparente puntualidad, porque no desperdicia instante alguno para llevarla hasta el extremo en que radica el absurdo. La disparidad que se abre entre ese mundo de esas letras, imágenes o voces y el cotidiano acontecer es abismal.
En verdad, esas personas que ejercen el oficio con delirio extremo han de habitar una extraña realidad. La que ellos nombran aparece oscura, torcida y tétrica. Nada de lo que emerge de sus palabras o voces tiene referente bien diseñado, tampoco ejecutado con eficiencia, menos todavía impregnado de honestidad o buena intención. Es, al parecer, un mundo levantado con sospechas, mal intencionado; son los maleantes quienes dominan el escenario, el territorio y las obras públicas. Las autoridades son sólo cómplices del crimen, que permiten la impunidad de manera descarada.
Por estas y otras deshilvanadas razones que diariamente exponen con vehemencia ante los distintos auditorios es que en toda esta atribulada nación se vive, según dictan, un clima de zozobra y miedo sobrecogedor. Poco se puede añadir de los efectos sobre las coordenadas económicas. Una, tal vez la principal de su aguerrida atención, se refiere a la elusiva inversión. Crucial actividad donde, cotidianamente, desembocan sus aprehensiones.
Lo hacen para predicar su ausencia, prevenir de su huida ante cualquier leve obstáculo previsto o rumor esparcido, para dudar que vendrá sin el terreno propicio. En fin, para describirla como propósito de volante palabra mentirosa, ésa que, en efecto, no advierten como objetivo real. Los críticos aseguran saberlo muy bien, haberlo estudiado a conciencia y hasta alardean que son ellos y ellas mismas los que anuncian su inquietud continua. Terminan por cuantificar, con lastimosa crueldad, los miles de avatares encontrados en un interminable proceso de suposiciones y desesperanzas. Apuntan que es el gobierno y miles de sus seguidores quienes se empeñan, con tesón, en ahuyentarla, en perseguirla como negativo sujeto a combatir. Luego, se extraña el oficialismo de que no haya en la República suficiente crecimiento económico. En verdad, sospechan los críticos que son espurios aliados del capital y nunca de la buena administración gubernamental.
Aunque la inversión es un campo erosionado con frecuencia inaudita, la crítica llega ahora hasta predicar, en alevosa y leguleya retórica, la nueva anti-Constitución conseguida. Ésa que Morena y sus abusivos legisladores levantaron paso a paso sin haber citado una constituyente.
Sostienen que lo han hecho a trasmano, con su espuria sobre mayoría, en la casi clandestinidad. Nada de haber, como afirma la Presidenta, transformado la realidad antes imperante y formar una nueva República. Nada más tergiversado que eso, ponderan con sarcasmo de gran retórico trepado en púlpito opositor. Los excesos a los que llegan en su dilatada dimensión los críticos mediáticos parten de su profundo dolor de haber perdido su lugar en la toma de decisiones estratégicas, ese sagrado lugar que tanto tiempo lucharon por ocupar, aunque fuera para mal de la nación.
No pararon hasta convertir la convivencia con los mandones reales en una fabrica de pobreza, dolores y miseria, ese lugar donde tan cómodamente habitaron, donde recibían variada clase de favores, viajes, premios, negocios y aprecios. Es por ello que no controlan sus fobias, celos y malestares hacia aquel que los sacó, sin remedio, del lugar deseado. Han guardado su rencor con saña disponible para cualquier ocasión y hasta lo heredan a la sucesora. Siempre tocan los mismos ejemplos, algunos hechos u obras ejemplares: el Tren Maya, el caso aeroportuario, el Interoceánico o la refinería, imperdonables motivos ciertos de su ira, de su queja, de saña inacabable.
Recopilan una interminable pero repetitiva fila de datos mal ordenados para certificar su sabionda veracidad, la recurrente perorata de subsidios como prueba de la monumentalidad de los errores cometidos, jamás sin extender la mirada al entorno y el futuro que, en verdad, ya es muy presente. Dos Bocas como sólido sostén de la independencia en carburantes, el tren como invaluable medio de cruce de miradas e identidad insular y el Felipe Ángeles como costeable solución al tráfico aéreo. No, gritan airados, ésas son salidas falsas, logros inexistentes, pruebas del más profundo populismo desdeñable. Pero ahí están con toda su densa, persistente realidad de ser útiles.
Volveré con mis colaboraciones después de tomar vacaciones.







