Alejandra Ortiz Castañares/ Especial para ‘La Jornada’
Los frescos de la Capilla Bardi, en Santa Croce, llevaban sin restaurarse desde los años 50. Obra cumbre de la madurez de Giotto, pintada entre 1317 y 1325 y dedicada a la vida de San Francisco, el ciclo ha recuperado su unidad tras cuatro años de trabajos del Opificio delle Pietre Dure, uno de los centros de restauración más importantes del mundo, y de la Opera di Santa Croce.
La intervención ha devuelto la frescura al color de las escenas principales y ha revelado detalles de la bóveda, como el doble yugo de la Obediencia o la figura bendiciente de la Castidad. También ha restablecido el ritmo de la arquitectura pintada que articula el espacio. Los análisis de mapeo XRF han sacado a la luz elementos invisibles a simple vista, como un crucifijo oculto en la escena del Capítulo de Arles, y confirman la complejidad técnica del pintor.
Pese a su importancia, de los ciclos menos estudiados de Giotto por su accidentada historia: estuvo tapado con cal hasta 1851, se mutiló para colocar monumentos funerarios y se repintó mucho en la restauración de ese año. La restauración de Leonetto Tintori (1957-1959) quitó esos añadidos para dejar sólo lo que quedaba de Giotto, pero los estucos con que rellenó unas cinco mil zonas perdidas hicieron más evidente la fragmentación.
Ahora los restauradores han retirado con láser esos estucos, oxidados por el tiempo, y los han sustituido por morteros tradicionales de cal, arena y polvo de mármol.
La labor también ha permitido conocer mejor cómo trabajaban Giotto y sus ayudantes. El estudio de los dibujos preparatorios y de las huellas sobre los muros ha servido para reconstruir las etapas de ejecución, la organización de los andamios y la participación de los colaboradores. Por primera vez se ha hecho además un registro digital de las líneas e incisiones con que se trazaron las arquitecturas de las escenas, lo que aporta datos nuevos sobre su manera de representar el espacio.
Santa Croce es el gran bastión franciscano de Florencia. Nació como un modesto oratorio fuera de las murallas y creció hasta el monumental templo gótico iniciado en 1294, cuya cabecera y capillas orientales estaban terminadas para que las decorara Giotto. El estudio de Rona Goffen mostró la complejidad del ambiente en que nació la obra. El voto de pobreza impedía a los frailes poseer bienes, y Gregorio IX lo resolvió con el usus pauper: la Santa Sede conservaba la propiedad y los religiosos sólo el uso. Con ese esquema, los franciscanos abrieron las capillas, antes reservadas a soberanos, a benefactores laicos. A cambio de sus donaciones, las familias obtenían sepultura y misas por la salvación de sus almas y el perdón de la usura, y la fórmula tuvo un éxito enorme.
Florencia era entonces una de las ciudades más ricas de Europa, gracias a sus compañías de comercio y banca, que manejaban el dinero del papa y prestaban a los reyes. Entre ellas estaban los Bardi, “los mercaderes más ricos de Italia” según Giovanni Villani. Bajo el liderazgo de Ridolfo de’ Bardi, la familia financió la capilla: la construcción del espacio, los frescos de Giotto y las misas por sus almas. La cifra que cobró el pintor no se conserva en los archivos. Décadas después, la fortuna se esfumó: en 1346 la compañía quebró porque sus clientes no le pagaron.
La capilla está a la derecha del altar mayor y nace en plena disputa entre los Conventuales, aliados del papa, y los Espirituales, partidarios de una línea más rígida. Giotto, ya un artista hiperfamoso, se basó en la Legenda Maior de San Buenaventura y presentó a San Francisco como Alter Christus (“otro Cristo”, reflejo vivo de Jesús), obediente a la Iglesia y lejos del extremismo de los Espirituales.
El historiador Cesare Gnudi consideró este ciclo como el más maduro de Giotto, por encima de la vecina Capilla Peruzzi, hoy muy deteriorada porque el maestro la pintó casi toda a seco, una técnica en la que el color se pierde con el tiempo. En la Bardi, según Gnudi, Giotto se aleja de los gestos dramáticos que había pintado antes en Padua y Asís, y sus escenas son más amplias, pausadas y limpias. Con esta “medida clásica”, el pintor anticipa la solidez de las figuras de Masaccio y la luz, los tonos claros y la sencillez de la composición de Piero della Francesca.
Giotto concibió sus composiciones como cajas tridimensionales abiertas, que vemos desde fuera, pero que nos meten en la escena y prolongan el espacio real de la capilla hacia el interior del fresco. Las lunetas superiores, donde según los expertos trabajaron sobre todo sus ayudantes, quedan más lejos de la mirada. Las escenas principales, pese a los daños del tiempo, muestran una enorme variedad de gestos y afectos humanos: la incredulidad y el asombro en la Prueba del fuego, el sueño atónito en la Aparición a fray Agustín, la turbación contenida del joven fraile envuelto en su manto o el dolor sereno de quienes besan las manos y examinan las llagas del santo en las Exequias.
Aunque Santa Croce tenga grandes obras como las tumbas de Miguel Ángel, Galileo y Maquiavelo, la Capilla Bardi es magnética aun para el visitante menos experto.







