Luis Linares Zapata

El muy reducido margen en el triunfo de la ultraderecha en Colombia, sin duda, vigorizará el aliento de sus guías nacionales. Por lo demás, bastante necesitados de ideas. Eso, por sólo decir lo evidente, poco habrá de contribuir a expandir sus posturas, atractivo y promesas. Parte de tal incapacidad ha estado fincada en sus ralas plataformas conceptuales. Los horizontes que podrían emerger de tales ideas son, por mucho, medianos en sus concreciones.

Han carecido, en toda ocasión, del toque popular masivo que pudiera dotarlos de un músculo de apoyo decisorio mayoritario. No sólo en las votaciones conseguidas, que han ganado, no sin exhibir apoyos externos notables. Carecen de continuidad que vigorice esos votos con utilidades en derechos, bienestar y bienes sociales.

Las notables ausencias de argumentos políticos, entre sus distintos liderazgos locales, los incapacitan para profundizar la calidad de sus ofertas. Eso centra sus pitazos en los errores o en los débiles y parciales atractivos que han descubierto en el progresismo opositor. El eje mismo de su centro de gravedad, alrededor del cual giran todos ellos, viene cargando un fardo de desprestigio que no logra dejar de lado y, menos, situar en el olvido.

La creciente noción de haber sucumbido en la guerra iraní se esparce por confines impensados, toca hasta los mismos escalones superiores del Partido Republicano. Es casi uniforme, en los análisis de los centros de investigación y entre los muchos difusores mundiales, que ha sido Irán el verdadero triunfador de la desigual guerra. Mucho de esas suposiciones, a manera de conclusión, puede aceptarse.

Pero es también algo reconocible, que la incapacidad de declarar un triunfo militar proviene de las mismas características difuminadas del tipo de confrontación. Las restricciones impuestas a la misma capacidad militar estadunidense juegan papel preponderante para no reconocer triunfo alguno. La no consecución de los objetivos planteados, para justificar la agresión original, determina la evaluación dominante.

Tal y como la misma coparticipación de Israel condiciona juicios (genocida) por doquier. La caída notable en las mediciones de opinión, llevadas a cabo recientes, sobre la presidencia de Donald Trump, es un factor condicionante de su margen decisorio. Irán, al haber logrado controlar y hacerse del mando y control del estrecho de Ormuz, funcionó como punto crucial del conflicto. El costo para el resto del mundo, en cambio, ha sido monumental y no se han extinguido sus múltiples daños.

La debilidad actual de Trump, al menos por un tiempo conveniente, gravitará sobre las derivadas del triunfo derechista en Colombia que flotarán sin asideros externos duros. Las mermadas consecuencias se pueden aquilatar en los juicios negativos que la oposición derechista ensaya en México, con manifiesto vigor, en tiempos recientes. Situando a la Presidenta como destinataria de sus terminales y escatológicos ataques.

Pero el fondo de esa enjundia opositora permanece inalterado: el irredento rencor hacia López Obrador y algunas de sus acciones de gobierno. El propósito, manifiesto de los principales difusores, continúa insistiendo en lograr esa anhelada ruptura entre los dos gobiernos de la Transformación.

La conseja a doña Claudia es reiterativa: separarse del odiado y abusivo antecedente. Debe, exigen, rechazar, sin miramientos, la envenenada herencia recibida. Sobre todo, en ciertos campos: el judicial, la seguridad y el económico como prioritarios. Para los augures de la opinocracia, la reforma judicial define y reduce a la Presidenta como simple gestionadora de errores –propios y heredados–. No tiene, según su extralógico juicio, la capacidad de imaginar alternativas.

Debe reconocer los enormes costos de poner en manos de improvisados la administración de la justicia. El pecado original que gravita sobre el aparato judicial es su liga con el pueblo. Someter los nombramientos a los votos es cuestión de principios, inaceptable por su pecaminosa contaminante.

Hace ¡diputados a los jueces! Un horror de horrores que bascula hacia el desastre. Mismo factor que irradia la confianza y las inversiones. No hay, para esos dorados críticos, escape de su dura condena. De similar catadura es el apocalíptico juicio esparcido por la opinocracia, y los medios privados, acerca de la política de seguridad.

Hay, ahí mero, un régimen sectario que preserva el error de los abrazos. La ceguera ideológica de la Presidenta la pone en el origen de su dependencia del patriarca. Defiende, dicen, un régimen podrido que ampara a sus barones y les da impunidad completa.

Todo debido a una injerencia indebida de la justicia neoyorkina que sus oidores reciben como vademécum visionario y trasmiten desde sus pulpitos consagrados. Vaya conjunto de contradicciones con esa otra realidad percibida por la mayoría de los ciudadanos de esta República.

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