Luis Ricardo Guerrero Romero
Frente a su pantalla curva de 65 pulgadas, el motivado joven estudiante de medicina disfrutaba la ausencia de sus padres, observando lo que coloquialmente se dice: pornografía, el estudiante de altos principios y valores próceres según el juicio de sus familiares tenía esta curiosa costumbre visual, la misma que lo acercó a la medicina. Ya sabemos esa frase popular que dice: “Pensar que los médicos ven en el cuerpo no más que cuerpo, es igual de ridículo que pensar que los curas ven en sus parroquianos al pueblo de Dios”. El pequeño galeno sólo se despegaba de esa costosa pantalla cuando la fatiga producto de la incesante práctica de Onán lo orillaba a descansar. Según contaban sus más allegados amigos de la facultad de medicina, él era el más brillante e ingenioso de la clase y se relacionaba de modo regular con las chicas de la universidad, pero gustaba aventurar improperios hacia sus compañeras que no accedían a convertir en realidad toda esa basura que el crío veía a escondidas de sus padres. Sin embargo, cierta tarde aquel médico Onán –lo llamaremos así para no dar pie al derecho de réplica–, acudió a una fiesta temática en donde los asistentes, ya desinhibidos por el alcohol y algunas clases de drogas de fácil adquisición para los jóvenes, impulsaron a nuestro protagonista a gritarle a la dueña de la casa: ¡sabrosa!, sin dudas una MILF. Luego de ese grito que parecía venido del exterior todo acabó, incluso este sueño que trascurría en la mente del estudiante basura que fatigado por su adicción soñaba con esa historia que yo escribía en un salón vacío de la facultad de medicina.
No debe ser raro escuchar esos gritos en la prestigiosa casa de estudios, ya que sabrosa, sabroso, tanto como sabor, saborear, son palabras tan usuales. Por ejemplo, habremos de iniciar con la idea de que el sabor surge del gusto, luego entonces lo que es sabroso gusta, pero el gusto muchas veces sólo es abstracción, ya lo decía el maestro Occam: “hay una abstracción que consiste en aprehender una cosa sin aprehender la otra (la blancura de la leche sin su sabor); una abstracción por medio de la cual se separa de lo singular un concepto universal”. Esto es cierto, pues logramos saborear de la leche todo, excepto el color, el sabor del blanco es más bien una figura retórica: sinestesia. A lo anterior podemos sumar que ya en el hebreo la palabra sabor, describe la razón o acento propio de las cosas, mientras que el griego el sabor es una propiedad de algo picoso o ácido, agrio, como lo describe el filólogo Sebastián de Covarrubias, en la explicación de la bebida aloja (aloxa, así al vinagre llama el griego οξος, al-oxos> a manera de vinagre). En relación a estas divagaciones sabrosas, encontramos un sentido ya más científico en el siglo XVII sobre lo que da sabor a las cosas por medio del investigador van Leeuwenhoek, quien a través de la observación microscópica de la textura espinosa que tiene la pimienta, explicaba su sabor picante. Lo anterior acerca del sabor, nos lo ha dicho la experimentación, el gusto, y la cultura de cada hablante, la frase: el gusto se rompe en géneros, puede ser cambiada por, el sabor se rompe en gustos, aunque parecerá lo mismo visto desde la palabra latina sapor, (gusto o sentido de gustar, sabor); la mencionada palabra latina sapor, fue trasladada por sabor, en uno intercambio de fenómenos lingüísticos llamados metaplasmos, así el sonido /p/ fue cambiado por /b/. En lenguas como el italiano, francés, portugués, entre otras, aún se conserva la misma raíz: sapore, saveur, respectivamente, así que nuestro sabor parece fonéticamente más francés.
Concluimos pues, todos los alimentos tienen sabor, pero no todos gustan, hay ritmos musicales que nos gustan y dan sabor al baile, y personas que por su belleza exterior o interior gustan, esas son las que por extensión llamamos sabrosas.




