Luis Ricardo Guerrero Romero
Eso de la pesca no era propiamente lo tuyo, es por eso que decidiste salirte de Islandia, de allá de Hofsós. La primera vez que te vi fue inevitable sonreír discretamente por aquello de la cortesía y por el atractivo de tus labios rosas, pero luego supe que tal atención en Hofsós era más bien un atrevimiento y por eso tuve que tratarte de un modo más tradicional al de mi pueblo, mi pueblo verde. Recuerdo haberte oído decir: La vida de un islandés es un péndulo, es no estar en ningún lado, ser una mega isleña es una variante de la vida, tanto, que una acaba por seducirse a sí misma, si en los helenos imperaba la sentencia del conocerse, para nosotros resta el seducirnos, y es simple entender eso cuando se está en medio de tantos y tan enormes territorios geográficos, mientras ves al mundo desde el océano, te preguntas el por qué nadie me advirtió: –oye Eydís, hija del volcán Eyjafjallajökull, eres islandesa y tendrás que pescar para ganarte unas coronas. Pero eso de la pesca no es lo mío y por eso ahora soy adoptada de Veracruz Mx., hija del volcán Nauhcampatépetl, y ahora me parece que ser hija de volcanes –impronunciables– me persigue, tanto como el estar cerca del mar, pero aquí la pesca no es lo mío, y por eso conseguí un empleo redituable como proxeneta de un par de señoras adineradas, que tan sólo confesaron su interés hacía mí por ser de una raza distinta, estas mujeres confiaron sin saber nada de Islandia. Pero la verdad es que las seduje, como a mí misma. Seducir es un ritual ardiente, es lava volcánica aún viscosa, la cual recorre largas distancias antes del enfriamiento. Esta vocación seductora se puso en práctica aquí, en donde nadie confía en sus connacionales, pero sí en una islandesa, que afirma: la pesca no es lo mío.
Seducir, ejercicio constante que nos ayuda a entramar nuestras metas hacia una persona en específico, todos hemos hecho el juego de la seducción, en ocasiones una mirada basta o bien un aroma es suficiente, en otras tantas veces, seducir implica un sinfín de tareas, un raudal de rituales con pretensiones inexorables, buscamos el juego de la seducción para apropiarnos de la otra persona, para intricar sus elecciones, la seducción desde la antigüedad es un elemento de engaños que en muchas de las veces cuando éste se realiza acabará mal. La idea de la palabra seducción en sí misma apunta a la división, a fraccionar al individuo: seduce y vencerás. La formación de nuestra palabra se vale de un lexema latino tan común: dux, o bien duco, ambos asumen el significado de llevar o guiar de modo directivo una tarea, así encontramos por ejemplo palabras como: Duque, conducir, deducir, educar, acueducto; todas ellas y más conservan esa raíz que indica dirigir con fuerza y vigor algo o alguien, como es el caso de seducir, en donde la partícula se, hace referencia a alejamiento; ejemplo de ello nos lo dan la idea de: separación, segregación, segmentación, y evidentemente, seducir. Es decir que, quien seduce opta por apartar a su objetivo de sus metas y llevarlo al camino que éste le propone, por eso seducir es el hecho de atraer al otro hacia uno, guiarlo o guiarla por un camino diferente al que se pensó. A veces, la seducción es necesaria para apoderarse del amor de alguien, y en otras ocasiones, sólo es un instrumento para romper relaciones. Otra idea que se suma a la raíz latina duc, es traducir, o sea, llevar ideas o conceptos de una lengua a otra, que sin duda es una idea paralela a la seducción, ya que, quien seduce separa de un camino para incorporarlo a otro, y quien traduce, cambia de lengua un texto para llevarla a otra, el paralelismo más que en la idea lexemántica está en el uso de la lengua que opera como principal instrumento de convencimiento, en una quizás en un beso, la otra tal vez texto. Seducir sencillamente es conducir, pero siempre sonará más sugerente decir: y fue así que la seduje a mí habitación; a: la conduje a mi habitación, así que ya fue.





