Moscú. Con esa extraordinaria capacidad de convocatoria que tiene –más allá de los muchos afectos que sembró desde sus tiempos de estudiante en Moscú– la reconocida traductora Selma Ancira llenó la sala de un público deseoso de escuchar sus reflexiones acerca del oficio que la convirtió en referente de la literatura rusa en español y, en esta ocasión, además interesado en descubrir una nueva faceta de su labor como creadora: la fotografía.
Una fotografía sin maquillaje, es decir, como la descubrió en la superficie del agua y la captó su cámara, sin ningún tipo de retoques, algo impensable en la era del Photoshop. Ancira, según sus propias palabras, sólo intentó verter en imágenes lo que el mar quiso expresar en el justo momento en que ella disparó el obturador.
El resultado –apenas una pequeña muestra de su vasta obra como artista de la lente, muy poco conocida aquí frente a su amplia trayectoria como intérprete a nuestro idioma de la palabra de Liev Tolstói, Aleksandr Pushkin, Fiodr Dostoyevsky, Mijail Bulgakov, Ivan Bunin, Marina Tsvietayeva, Nina Berberova y otros grandes escritores de la lengua rusa, así como de las más importantes figuras de la literatura griega, otra de sus pasiones.
Ahora le ofrece a los moscovitas bajo el título de “El mar es sueño”, impactantes fotografías que son series casi todas y están tomadas con un instante o dos de diferencia, con lo cual las formas que brinda el mar sufren constantemente el influjo del viento y la luz, con efectos realmente sorprendentes.
Esta muestra –bien cuidada y acompañada de fragmentos de un poema de Francisco Segovia– estará abierta al público hasta el 11 de septiembre y es la octava exposición individual de Ancira, la primera en la capital de Rusia.
El acto inaugural devino noche mágica en la sede del Instituto Cervantes de esta capital, cuyo director Abel Murcia, y el agregado cultural de la embajada de México, Jorge Reynoso Pohlenz, al hacer la presentación de Ancira, destacaron que, aunque es merecedora de las máximas distinciones como traductora literaria –el Premio Nacional de Traducción (España) y el Tomás Segovia de Traducción Literaria (México)–, no se le puede encasillar en una sola actividad, lo cual pone de relieve el carácter multidisciplinario de su obra.
Para Ancira, los viajes son el puente que une la traducción y la fotografía: “Es curioso pero no puedo hablar de traducción sin hablar de viajes, y no puedo hablar de viajes sin hablar de fotos, y no podría hablar de fotos si no tradujera y no viajara…”, comenta a La Jornada en relación con actividades que, a simple vista, pasan por no tener nada que ver y, sin embargo, como demuestra su caso, no sólo van de la mano sino que se nutren y enriquecen mutuamente.
Explica: “Las dos actividades a las que me dedico son celosas, ambas exigen una entrega casi exclusiva. Cuando estoy traduciendo, sólo puedo pensar en la traducción, no hay espacio para nada más. Somos mi autor, el texto y yo, acompañados de decenas de diccionarios. Por eso las fotografías surgen durante los viajes. En ellos, aunque esté buscando realidades vinculadas con mi faceta de traductor, tengo espacio mental para ver el mundo, y en el caso que hoy nos ocupa, las imágenes que el mar me ofrece”.
Residente en Barcelona desde hace 28 años y con un fecundo periodo de estudios en Atenas, Ancira se identifica de un modo especial con el Mediterráneo y por eso tres islas del mismo –Naxos, donde Teseo abandonó a Ariadna, la Creta del Minotauro, y Chipre, donde Afrodita surgió de la espuma– son escenarios de las fotografías que forman parte de esta exposición.
Con humildad que sólo realza su vocación y talento como fotógrafa, Ancira aclara: “El autor es el mar. Yo soy sólo su traductora y presento momentos escogidos de las historias que él me cuenta. De sus sueños, sus reflexiones, sus fantasías… El mar las comparte conmigo, me permite verlas, y nada más bello y gratificante para mí, que compartirlas. De la misma manera que comparto los textos de mis autores con los lectores que desconocen el ruso o el griego. Me hace feliz ofrendarles los misterios de ese mar tan mío, ese mar que discurre, que piensa, que esboza, dibuja y pinta sobre su superficie imágenes que, a su vez, el viento y la luz modelan”.





