Juan Manuel Vázquez
La final de la Copa Africana de la FIFA es más que la disputa por un título regional de naciones 2026. Es también el reflejo y consecuencia de la diáspora a la que se vio obligado un continente desangrado por siglos de colonialismo.
Alrededor de una tercera parte de los futbolistas que participaron en ese torneo no nació en África y unos 135 de ellos juegan en las principales ligas europeas.
Esa final la ganó hoy Senegal por 1-0 a Marruecos, que estaba en su propia casa, con un gol que anotó en tiempo extra Pape Gueye, nacido en Francia y mediocampista del Villarreal, en un caótico partido en el que les pitaron un dudoso penal -los seleccionados senegaleses incluso se marcharon por varios minutos a los vestidores en protesta-; el tiro lo falló la estrella del Real Madrid, Brahim Díaz, quien nació en Málaga. Y el portero que tuvo la gloria de quedarse con el balón de ese disparo, que de haber entrado habría dado un giro a la historia, fue Édouard Mendy, nacido en Montvilliers, Francia.
Esta generación de la diáspora nutre las selecciones de los países de donde partieron padres o abuelos para dejar atrás años de penurias y que pusieron en riesgo sus vidas para mejorar las de sus descendientes. De modo que gran parte de estos jugadores son hijos de las migraciones y han construido sus identidades con fragmentos de aquel pasado difícil.
Brahim Díaz, ese joven que entregó la pelota en esta final al querer cobrar un penal a lo panenka, después de algunos titubeos sobre cuál era la nación a la que quería representar como futbolista, se decantó por la tierra de sus ancestros. Alguna vez lo expresó de forma tajante el delantero merengue: “Me siento cien por ciento español y cien por ciento marroquí”.
La final entonces fue el espejo de esta realidad diversa. La mitad de la plantilla de Marruecos, primer semifinalista africano en una Copa del Mundo que culminó como cuarto lugar en Qatar 2022, nació en Europa. Y de los 28 convocados por Senegal, doce de ellos nacieron en distintos países del viejo continente, la mayoría en Francia.
Los aficionados a estos equipos, y otros que se quedaron en el camino en este torneo, replican estos orígenes. Por eso estuvieron atentos a la final en las principales ciudades africanas, pero también en las europeas, donde han tejido comunidades significativas. En los días previos a la final, algunos medios españoles reportaron cómo se preparaban para ver el partido senegaleses y marroquíes en ese país, y aunque eran rivales, había esa fraternidad de las personas que comparten exilio.
De modo muy distinto, en la capital de Francia, país en el que nacieron 107 futbolistas que participaron en esta Copa, se emitió una orden que prohibía los festejos por la final en los Campos Elíseos, la zona parisina en donde suelen celebrarse los triunfos de la selección gala. Una orden de la prefectura de la policía de esa ciudad dispuso que por motivos de seguridad no podía haber concentraciones en ese perímetro.
Una final caótica
Si entre los seguidores de Marruecos y Senegal en el exilio había cierta solidaridad y empatía, en la cancha del estadio Príncipe Moulay Abdellah, en Rabat, ante casi 70 mil asistentes, no se vivió la misma paz. El triunfo de Senegal con el gol de Gueye en tiempo extra estuvo rodeado de un partido caótico. No sólo les anularon una anotación por una presunta falta, sino que les castigaron con un penal polémico. Un histriónico tirón en el área sobre Brahim Díaz fue sancionado como penalti. Los jugadores afectados se retiraron a los vestidores por un cuarto de hora hasta que la autoridad del delantero Sadio Mané los convenció de volver.
Díaz cobró el tiro de modo tan lánguido que su panenka parecía más una entrega deliberada del balón y dio directo en las manos de Mendy, quien no hizo gran esfuerzo para atraparlo.
Y Marruecos sufrió así varias derrotas en este partido. No sólo porque jugó en casa y era amplia favorita por su desempeño en el pasado Mundial, también porque no gana este torneo desde 1976 y sólo ha quedado subcampeón hace más de dos décadas.
Y si la policía de París prohibió los festejos, en Dakar, la capital de Senegal, los fuegos artificiales iluminaron el cielo. La alegría provocó estruendo en las calles, montaron en vehículos y sonaron las bocinas, bailaron y gritaron llenos de orgullo. El gobierno de ese país decretó que el lunes sería día de descanso para que la gente celebrara sin culpa.
“No voy a dormir esta noche, y vamos a celebrar hasta las primeras horas. Ningún senegalés dormirá esta noche. Con la Copa del Mundo acercándose, el mundo necesita saber que Senegal ya no es un equipo pequeño; es un equipo al que temer”, dijo Sidy Sylla, un estudiante de doctorado de la universidad Cheikh Anta Diop en Dakar.
Un entusiasmo significativo sobre todo cuando se preparan para acudir al Mundial 2026, adonde los aficionados senegaleses aún no saben si les será permitido entrar a Estados Unidos. El gobierno de Donald Trump los incluyó en la lista de 39 países que tienen prohibición total o parcial de visa. Mientras llega esa cita, tienen razones genuinas para festejar, ya sea en su país de origen o el de adopción en Europa o allá donde sea que hayan echado nuevas raíces.





