Bernardo Bátiz V.

De niño jugaba un futbol rudimentario en la colonia Algarín, donde vivía con mis padres, muy cerca del río de la Piedad, ahora Viaducto; ahí practicábamos un juego que llamábamos “coladeritas” o “cascaritas”; las porterías eran las rejas de las coladeras de hierro que había en las banquetas, una en cada acera de la calle, separadas por lo menos media cuadra, unos 50 metros, en calle Manuel Navarrete; la pelota era de hule o de “esponja”, más bien pequeña, y el gol consistía en que rebotara ese balón improvisado en la reja de enfrente. 

Años después, y ya recibido de abogado, fui defensa central del equipo del departamento jurídico de un banco en el que trabajé unos años. No era tan malo, pero no era lo mío. 

Lo que ahora escribo se debe a que no me perdí en la televisión los partidos de México, emocionado como todos de que pudiera ser campeón. 

El futbol está en todas partes, los campeonatos son seguidos por todo mundo y desde unos años se practica en todas partes. Esto me llevó a recordar las clases de sociología del maestro Alberto F. Senior en primer año de derecho; recuerdo que daba una cátedra bien preparada y nos proporcionaba unos apuntes en mimeógrafo, que luego editó en forma de libro y que se puede conseguir aún en las librerías. 

De sus clases aprendimos algo que todos sabemos, pero de lo que no nos ocupábamos; que las personas nos incorporamos a la comunidad humana de dos maneras, una de las que aprendimos se llama conglomerado y otra diferente, que llamamos grupos. Recordar todo esto y a mi antiguo maestro, me permite cumplir con mi colaboración a La Jornada; en los conglomerados, quienes los integramos, somos desconocidos unos de los otros, estamos cercanos temporalmente, pero sin vínculos sociales, de manera transitoria. 

Los grupos, en cambio, son duraderos, a veces por toda la vida, y crean lazos firmes, papeles específicos para cada integrante y tienen una gran influencia en la vida de los que la forman. 

Un torneo de futbol puede servir para explicarnos la diferencia entre conglomerado y grupo, las dos formas de las que simultánea o sucesivamente formamos parte. Cada uno de los equipos constituye un grupo social, con papeles específicos, jerarquías, lazos firmes y permanentes en el tiempo y signos de la unión entre los integrantes. 

Un equipo de futbol es un grupo, en cambio, la multitud que presencia los encuentros es un conglomerado, sin jerarquías, ni organización y sin papeles específicos para cada uno de sus integrantes. 

Además, al contrario de los grupos, que perduran en el tiempo, los conglomerados son efímeros, se integran durante un tiempo y luego desaparecen. 

En el reciente campeonato, que me proporcionó puntos de reflexión para esta colaboración, salvo los integrantes de los equipos que luchaban en el campo de juego, 11 contra 11, para anotar un gol al contrario, y que eran una minoría, constituyen grupos, el resto de los ahí reunidos, el público asistente es evidentemente un gran conglomerado. 

Este fenómeno mundial del futbol nos da varias lecciones sobre las que debemos reflexionar; la primera es que podemos, los seres humanos, apasionarnos por algo que en el fondo es intrascendente: cuántos balones entran a las redes, si ganan los de un partido o los de otro, los de camiseta de rayas, los de una franja, un color u otro, es intrascendente, al menos de momento, pero no influye más en nuestras vidas. 

El maestro Senior nos decía que los grupos en los que nos desenvolvemos pueden ser familiares, religiosos, de trabajo y de recreación, los tres primeros marcan profundamente nuestras vidas y a veces nos exigen esfuerzos y aún sacrificios, ya que, por defender a nuestra familia o a nuestra religión, estamos dispuestos a todo. 

Algo parecido sucede con el trabajo, se trabaja individualmente, pero el mundo nos incorpora a comunidades, a veces pequeñas, pero cada vez más grandes y complejas que son los centros de trabajo; hemos pasado del trabajo personal de los artesanos o de los campesinos, cada uno en su taller o su parcela, a formar parte ahora de grandes corporaciones en las que desempeñamos nuestro papel individual como otras muchas personas. 

Nos acostumbramos por generaciones a sentirnos estrechamente ligados a los grupos familiares, religiosos y de trabajo, lo recreativo quedaba en un plano inferior y, como su nombre lo indica, nos distraía de lo importante. Pero, de pronto, un campeonato mundial de futbol sacude a todo mundo, como si los resultados de los juegos fueran a cambiar nuestras vidas. 

Me hubiera gustado poder escuchar al maestro Senior explicar esta novedad contemporánea; el futbol empezó a jugarse apenas a mediados del siglo XIX, pero se ha vuelto muy importante y se ha extendido por todo el mundo. Pareciera que lo intrascendente nos está interesando a veces más que lo trascendente, espero que no vaya el futbol a convertirse en el opio de los pueblos, sino que continúe cumpliendo su papel de actividad recreativa. 

jusbb3609@hotmail.com 

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