Luis Ricardo Guerrero Romero
Con el reconocimiento del centro de estudios de más de siete países la señorita C, buscaba una nueva etapa, aquella que realmente la reivindicara consigo misma, pues el deseo de ser una feliz esposa y una alegre madre aún no lo había cumplido, pese a todos sus títulos académicos. Algunas de sus anteriores parejas sentimentales y no tan sentimentales le habían asegurado que se casarían con ella pero que debía esperar en lo que el panorama financiero o bien académico fuese más amable, pero vaya desdicha y vaya la esperanza, pues aquellos varones sólo prolongaban el deseo de la señorita C y con esa procrastinación únicamente reflejaban en aquellos ex pretendientes que navegaban en la cobardía, o vivían en la rutina y por costumbre mantenían una relación. Pero el más desgastante de los casos que a la nómada estudiosa le sucedió fue con la de su última pareja con quien convivió más tiempo que el resto, y a pesar de haberse sentido tan mujer sexualmente a su lado, tuvo que aceptar que aquel amante en la cama, lo era también de otro más, sus besos y abrazos varoniles eran los mismos que enamoran al actual hombre mejor amigo de los dos. Hay que resaltar que para la académica C fue terrible ser cambiada por un hombre en lugar de haber sido engañada con una mujer, en fin, en los asuntos del amor, locura y muerte (in memoriam de Quiroga) todo se vale y nada se sabe. Pero puedo testificar que nunca fue doloso el acto de engañarla, y hoy que la veo en la oficina sin su reconocimiento de esposa y madre, me pesa haberme enamorado de mi actual pareja. Ni él ni yo deseamos ser aún papás, pero nos deseamos carnalmente que es el principio del verdadero amor, ¡que me lo nieguen los heterosexuales que luego de haber vivido su juventud temprana en una cama solos, ahora disfrutan compartir un colchón con sus parejas! Tan cómodo que es dormir solo, pero la meta de muchas parejas es compartir una habitación: qué frustrante, qué irónico, qué desesperante, que sólo por ser el esposo de alguien se deba dormir hasta la vejez con una persona en la cama. Quisiera que la señorita C supiera esto, pero no soy el adecuado para decirle, decirle que yo únicamente lo disfruto cuando las ganas nos pegan y que en nuestros planes no está dormir juntos cada noche como hipócritamente lo hacen los heterosexuales. —¡Que tal Señorita C!, hace rato estaba pensado en algo que debo decirle, ¡no!, por favor, no me dé la espalda, reconocerse homosexual ha sido una dicha para Manuelito.
En esta ocasión el panorama lingüístico y semántico al cual nos invita divagar el texto de la tragedia amorosa de la señorita C será breve, pues solamente diremos que el sentido de la palabra homosexual es muy “hetero (distinto)” a como algunas personas lo emplean. En una reunión de maestros un pseudo colega me “corregía” por haber mencionado que a mujer a la que le atrae su propio género es homosexual. Con burla me indicó que homosexual es el varón y no la varona; y yo con lacónico discurso externé que a partir de la voz griega ὁμος (omos> homos> >homo: igual) y no del latín homo: hombre, fue de donde se generó la palabra homosexual, pues en el caso de que fuera una palabra de familia helénica sería: “antroposexual”. Cabe mencionar al margen de lo anterior, que no es lo mismo el gusto por el mismo sexo, que el mismo sexo da gusto.





