Era un hombre de semblante frio, inalterable, pulcro y elegante, de cortesía parca, dispuesto a responder preguntas sin reservas. Para Rodrigo Moya no era nada del otro mundo, un trabajo de prensa, una curiosidad social. En el reportaje lo acompañaba su amigo Antonio Karam. Aún conserva, entre cajas de recuerdos, las cintas con la grabación de la entrevista. El director de la revista Sucesos para Todos, Gustavo Alatriste, le dio una orden concreta: “Hay que hacerle fotos al Güero Batillas.” Moya sabía que se trataba de un pis-tolero y expresidiario en decadencia. Nunca imaginó el joven reportero gráfico que esa serie de ocho fotos sería un icono en su trayectoria como fotógrafo, pero cuarenta años después.
El Güero Batillas, hijo de madre mexicana y padre estadunidense, se inició en la delincuencia en su natal Los Ángeles, luego se forjó como gánster y sicario en Detroit, de donde vino a cumplir encargos de ciertos políticos mexicanos. Moya lo recuerda como un personaje muy interesante, más allá de su trayectoria de asesino y expresidiario; hallaba en él una apariencia felina y cierta teatralidad en sus movimientos. Les mostró cómo preparaba las balas expansivas para ejecutar a sus víctimas, a las que llamaba, con cierta dosis de ternura, “mis clientes”. Unas bolitas de platino, en la cacha de su pistola, alrededor de un tigre forjado en plata, representaban a las personas ejecutadas. “En ese momento –evoca el fotógrafo– aproveché la oportunidad y le dije, a ver Güero, dígame ¿cómo hace usted para matar? Él se puso de pie, abrió las piernas y en el instante que se llevaba la mano a la cintura me puse de rodillas. Yo encarnaba de algún modo el papel del ‘cliente’ y sentí todo el peso de su mirada. Se abrió el saco y empuñó el arma. ‘Así, siempre hago un solo disparo a la cara, para eso son las balas expansivas, y me voy caminando tranquilamente’, me dijo. Desde mi posición inferior comencé a disparar la cámara hacia él. Acrecentaba su dimensión, su brutalidad, al tiempo que ostentaba la elegancia del sujeto, con su sombrero tejano ladeado, su larga leontina, los pantalones con la raya muy marcada. No era una foto pensada, era simplemente la foto del día, un trabajo de prensa.”
A esa fotografía y su anécdota las envolvió un manto de sombra durante más de treinta y cinco años, hasta que Rodrigo Moya emergió de un episodio fatal a causa de una pancreatitis por la que técnicamente estaba desahuciado y decidió mudarse a Cuernavaca. Fue entonces que él y su esposa, la ilustradora y diseñadora Susan Flaherty, descubrieron un archivo de centenas de negativos que abarcaban catorce años de labor periodística y de fotografía social de los años cincuenta y sesenta de México. Aunque, como el propio Moya reconoce, era sólo sesenta por ciento de lo que había conservado, pues el resto se perdió en la casa de una amiga suya donde dejó una cajita con cientos de tiras reveladas, en la redacción de los periódicos y revistas, en préstamos sin devolución que contenían todo el espectro de sus temas: el espectáculo, la intimidad, la política, el campo, la danza, obreros, calles… Su amigo, el crítico Ariel Arnald, le dijo un día: “La fotografía te ha salvado dos veces, la primera cuando no sabías qué hacer con tu vida y la segunda como sobreviviente, cuando se reconoce tu trabajo olvidado.”
Hay fotografías icónicas de Rodrigo Moya: la serie del Che fumando en La Habana, en 1964, o conversando con Raúl Castro durante un desfile; el retrato de Gabriel García Márquez sonriente, luciendo el ojo morado a causa del puñetazo de Vargas Llosa, las manos de los ixtleros de Coahuila, los rostros negros de hollín de los obreros, la invasión de Estados Unidos a República Dominicana en 1965, Diego Rivera y Siqueiros posando su desprecio, la guerrilla guatemalteca y la venezolana entre la niebla de la sierra de Falcón, el clamor de rebeldía y justicia en el México de 1968. Centenas más que no ha dado a conocer u otras que no son tan identificables, como ésa que estaba en el pequeño librero detrás de su escritorio, donde al frente de una marcha aparecen personajes reconocidos, como Arnoldo Martínez Verdugo, Froylán López Narváez, Pablo Gómez y una figura que a golpe de ojo me hace pensar en el sentido de la escena: Julio Scherer. Pero no, es un hombre que sobresale una cabeza del resto en esa primera línea de protesta contra el golpe de Luis Echeverría al periódico Excélsior, en 1976. Se antoja inverosímil, pero es nada menos que el músico griego Mikis Theodorakis, con la melena alborotada y un aire que evoca a Siqueiros. Vientos latinoamericanos de utopías y luchas de liberación, tiempo de masacres y dictaduras militares, épocas de resistencia y aspiraciones democráticas, de ética revolucionaria. Rodrigo la toma entre sus manos y cuenta: “Mikis Theodorakis cantaba esa noche en la Ciudad de México y, no obstante las restricciones a los extranjeros a participar en política mexicana, fue a solidarizarse contra el agravio a la libertad de expresión. Si te gusta, es tuya…”
Fotorreportaje y arte
Nunca se imaginó que su labor periodística tuviera el valor que le han dado los especialistas y los historiadores. Para Moya, el fotorreportaje casi siempre colinda con el arte, pero en pocas ocasiones logra trascender esos linderos para colocarse en esa otra dimensión significativa y estética. La negativa a verse a sí mismo como un artista y a reconocer su trabajo como tal, parte más de un espíritu crítico y una exigencia elevada de lo que hoy se ve como epidemia y gesto narcisista. “Lo que la gente descubre en esos archivos es mi visión de una época, de esos momentos –apunta Rodrigo Moya–. Puede emocionar, conmover incluso, pero la sigo viendo más como una técnica que como un lenguaje artístico. En todo caso la fotografía sería un arte niño, al que le queda mucho por crecer, no así el cine que nació con otras cualidades que emocionan y significan a la vez. ¿Qué daría un fotógrafo por soñar sus fotografías antes de hacerlas, como lo hace un pintor? Pero el fotógrafo sólo sueña con las fotografías que ha hecho, con las que la realidad le ha dado. El trabajo fotográfico tiene que ver sobre todo con la toma de conciencia de la realidad, y sí, el fotógrafo puede llevar una segunda cámara, una segunda intención. Hablo del fotógrafo asalariado, como lo fui yo, que debe cumplir órdenes de trabajo. Yo no rehuía una estética, pero la conciencia de lo que el ojo ve es la materia prima de la cámara; por supuesto, puede surgir la oportunidad para esa segunda cámara, ese otro ojo impulsado por el instinto y el hallazgo de un significado más allá del hecho que registra.”
Moya empacó sus archivos convencido de que no era un fotógrafo artístico sino apenas un empleado de la prensa mexicana, que pagaba mal y consideraba a los fotógrafos como el último eslabón de la cadena periodística, tan desprestigiada por la corrupción y la autocensura. Hijo de padre mexicano y madre colombiana, nació en Medellín, en 1934, pero su familia se trasladó a la capital mexicana cuando él tenía dos o tres años de edad, junto con su hermana, quien había nacido en Bogotá, y sería una reconocida bailarina, Colombia Moya. Desde pequeño, Rodrigo se aficionó por los libros de arte y de historia de su padre, Luis Moya, escenógrafo y artista plástico. Realizó el Bachillerato de Ciencias para ingresar a la carrera de Ingeniería, en la cual sólo permaneció dos años. En la revista Impacto comenzó a trabajar junto al fotógrafo y reportero colombiano Guillermo Angulo, quien le enseñó fotografía a cambio de los conocimientos de Rodrigo en el manejo de las cámaras de cine. Aunque era asiduo a cuanta manifestación de izquierda se convocaba y tomaba fotografías de los movimientos sociales a su alcance, Moya abandonó la redacción de las revistas y los diarios en 1968. En parte porque se había casado, tenía familia, el salario era muy bajo y porque había descubierto otras pasiones mejor remuneradas y placenteras, el trabajo editorial y la fotografía marina. Recuerda su infancia en el Colegio Madrid, entre hijos del exilio español, entre profesores republicanos, comunistas y anarquistas, y su adolescencia en una escuela militar. De esa época en particular, 1950, conserva la memoria de su encuentro con Eraclio Zepeda, con quien lo unió una gran amistad y una idea semejante del mundo. El internado militar se encontraba en Camino al Desierto de los Leones. La vida de los estudiantes era regida por una disciplina castrense.
“La relación entre los internos era de fuerza y de carácter, tribal y un tanto animal –relata el fotógrafo–. Un día me trasladé al patio de la segunda compañía para encontrar un sitio tranquilo donde leer un libro. Tener interés por la cultura era casi como una práctica oculta. Allí lo que se leía eran historietas y revistas porno, pero no libros. Vi a un muchacho regordete, moreno y de inmediato me di cuenta de que era un novato. Al pasar me saludó, ‘buenas noches, mi cabo’. Me voltee con sarcasmo, pero él me preguntó: ‘¿qué lee?’ Le contesté desafiante: ‘un libro, baboso, ¿no ves?’ ‘Ya lo sé mi cabo, los libros son para leerse.’ Su respuesta fue tajante, y de inmediato agregó: ‘Pregunto, ¿qué libro es?’ Le respondí que una biografía de Leonardo da Vinci. ‘De casualidad ¿no será la de Dimitri Merejkovsky?’ Me desarmó. Además, encontrar un alma hermana en ese desierto cultural, era un hecho insólito. Me convertí en su protector, nadie podía meterse con él, porque además vino a formar parte de mi pelotón. Cuando egresé continuamos escribiéndonos y frecuentándonos. Luego perdimos contacto y vine a encontrarlo años después en los edificios Condesa. Laco Zepeda había regresado de China con su esposa, la poeta Elva Macías. Mi casa era allí el centro de las tertulias con muchos artistas, gente de teatro, bohemios mexicanos, colombianos, gente de varios países que traían novedades musicales. Óscar Chávez estaba descubriendo el folclor latinoamericano y allí conoció a muchos músicos de fuera. Cantábamos y charlábamos. Laco, con una sonrisa bonachona, nos escuchaba a los demás. De pronto, interrumpía con una voz muy cariñosa, ‘hermanitos, ¿me permiten contarles algo?’ Y empezaba a narrar una historia. Todo el mundo se callaba y dejaba de beber, era presa del poder oral de Laco, quien además nos hacía reír mucho. Terminaba un cuento y le pedíamos más, y así amanecíamos iluminados por su imaginación.”
Antes de abandonar su carrera de fotorreportero, Rodrigo Moya comenzó a bucear y a apasionarse por el mar, por la gente de las costas. Hizo un reportaje gráfico sobre la matanza de tortugas carey, muy demandadas por los industriales italianos para la fabricación de guantes y zapatos, muy finos y muy caros. Eso había ocurrido porque hubo una veda al cocodrilo y descubrieron que el pecho y las aletas de las tortugas eran un sustituto de calidad. Moya comenzó haciendo folletos sobre esos temas y luego se propuso publicar una revista: Técnica Pesquera, que apareció de 1968 a 1991, con un total de 257 números. Miles de fotografías sobre los ecosistemas oceánicos, litorales, puertos, pesca, personajes, paisajes marinos y submarinos. Un trabajo de clasificación muy arduo, que ha demandado toda su atención y la de su esposa, porque no tan en el fondo un fotógrafo es un coleccionista. Así lo confirma también su acervo de moluscos y otros ejemplares marinos, como los asteroideos, equinodermos etcétera, que muestra con mucho orgullo a sus visitas. Uno tiene la sensación de internarse en un bazar o en un museo donde saltan imágenes de distintas especies de vida. Rodrigo conserva la memoria y la imaginación con la que escribe sus cuentos y poemas, que le han redituado premios literarios importantes. Al final uno entiende el principio que rige no sólo su conciencia social, también la curiosidad de vivir: mirar y ser mirado. Él es, como lo dicta su poema “Este sigilo”: “Soy las mil fotografías de signo indescifrable/ amontonadas, sin rumbo ni horizonte.” •





