Luis Ricardo Guerrero Romero

Te despertaste, un poco de movimientos en las piernas, la pregunta de siempre: ¿por qué soñé eso? Pero lo ignoras, posición sedente, miras alrededor y piensas aún hay tiempo, tu cuerpo desciende sobre el colchón que huele a todos los pecados de todas las religiones, es decir, es una cama pletórica de ficción. Vuelves a soñarte en ese salón donde hay personas que nunca has visto, donde hablan palabras que nunca has oído, donde lees una lengua extraña: “adbecsdpfigehritjak ltmu ncoupeqrrpsot está por morir”. Distingues con esfuerzo que las primeras palabras están entrelazadas con las letras de tu abecedario natal. Entonces, otra vez ahora con mucho más sueño y cansancio te tocas, estimulas tu sexo erguido, y caes por tercera ocasión (la vida sólo son ocasiones), decides seguir durmiendo, aunque hay voces por la calle que te invitan a levantar tu masa humana, optas por dormir. Todo acto cansa, todo acto es crear, es maniobrar tu vida con las vidas de los demás, que, efectivamente están de más.

Despiertas y miras tu reloj, han pasado sólo dos horas de tu primer intento por ponerte de pie. Un susto sobresaltó tu alma, un dolor inusual, un recuerdo, una nostalgia de escarnio infantil visita tu mente y decides ya no volver a dormir, ya no volver a soñar. Te incorporas en el aula y vuelves a oír: +*+ = es menos; -*+ = más, y a la inversa. Volteas a estribor, a babor, por proa y popa y vez a sujetos alienados que buscan un número que catalogue su nivel como personas.

Se acercó la maestra, esa que lo único que enseña es cómo soñar.

Las líneas anteriores lamentablemente no se quedan en la ficción en este regreso a clases, más de 100 estudiantes se incorporan a la vida monótona de las aulas, por increíble que parezca en el 2025 todavía hay maestros que abogan por una memorización sin creatividad, por un claustro de cuatro paredes para desarrollar sus clases, que hablan y hablan y vuelven a hablar, sin permitir la duda, la opinión de sus estudiantes, y hay los otros que penalizan al estudiante por su forma de vestir, de sentarse, de tomar sus propias notas. Coercionan la libertad y la autonomía. ¡Ah, pero si las aulas hablaran!

Lógicamente no, pero lo que sí nos habla es la historia de la palabra aula, que como cada palabra tiene su corazoncito, y aquí, sólo tratamos de entender uno que otro latido. Así, por ejemplo, entendemos que el cambio fonético del sustantivo aula, no se ha modificado mucho desde su uso en la lengua helénica antigua: αυλες < [aules]: patio de una casa, o muro que rodea al patio. No obstante, su significado en el cambio semántico dista bastante de lo que hoy designamos como tal, de igual modo el adjetivo: áulico (para hacer referencia a las áreas competentes a la realeza) ya es una aberración pues en nuestra nación no existe figura política tal con la cual relacionar lo áulico.

En síntesis, nuestro sustantivo en cuestión es herencia de la cultura antigua de Grecia, pero hoy es un concepto presente hasta en la vida virtual y tal voz ha estado vinculada categóricamente a la educación (decimos salón de clases, como decimos salón de belleza, pero nunca aula de belleza), desde sus inicios, puesto que, sólo los pudientes podían acceder a las aulas o tener una de éstas en sus palacios. Lo bueno que eso, ya se acabó.

l.ricardogromero@gmail.com

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