Luis Linares Zapata

Por unos cuantos días, movidos y exaltados, los trabajos de calado prioritario parecieron ocupar lejano segundo nivel. El futbol, con sus entusiasmos, incógnitas de ganador y proyección mundial, formó un denso espacio de atención colectiva que opacó lo importante. Los pendientes, que se habían acumulado desde antes, no pudieron forzar su sitio debido y encontrar la respuesta buscada. Ahí andaban, en la retaguardia, sesgados, por el momento al menos, asuntos cruciales como el ralo crecimiento económico y sus enquistadas causales, las cada vez más notorias limitantes presupuestales por ingresos insuficientes y el regateo a diversas necesidades colectivas, o el debido cause al tratado trinacional, así como las cada vez más notorias ausencias de centros tecnológicos de investigación que limitan la autonomía, es decir, la soberana independencia de la nación.

Sin menospreciar tales circunstancias que condicionan la actualidad, activos grupos de presión intentaron estrechar la mirada general y sacar algo de provecho para sus pequeños y menores intereses. Todos ellos apostaron energías en este juego superficial que, calcularon, podría beneficiarlos, al mismo tiempo que pretendían achicar el alcance decisorio de la acción oficial, pensando que la efervescencia simultánea de conflictos ayudara con la pérdida paulatina de imagen pública del oficialismo. Fueron intensos días de ajetreo difusivo y acciones callejeras actuando como pinzas de presión. Situaron al inicio del Mundial como momento y lugar de prueba y pared de contención para ambiciones de toda clase. Ante ese trascendente evento se habría de medir el margen real de maniobra presidencial y partidario. Rejuego difusivo ante el cual se agregaban las continuadas presiones externas, cada vez más explícitas y situadas.

Una cauda de comentaristas propaló, diariamente, inexistentes informes de investigaciones policiacas y rumores, señalando a políticos o funcionarios públicos de alto nivel como sujetos de juicio o deportación. Nada o muy poco de veracidad contuvieron tales alarmas. La oposición derechista se regocija y apoya la posibilidad de acciones punitivas externas.

Las apuestas opositoras daban por descontado que el oficialismo haría evidentes sus escasos recursos para salir del apuro. Los maestros de la CNTE, por su parte, llevaron al extremo su táctica de presionar al Ejecutivo Federal, ahorcando a la ciudad capital y otras adicionales, como Oaxaca o Tuxtla Gutiérrez. Aunque, al mismo tiempo, ese sindicato fue quedando en evidencia por sus nada claros propósitos e irreductibles métodos. El daño frente a los ciudadanos afectados aumentó con los días. La estrategia de negociar con la fuerza extraída de la calle, vieja usanza conocida, muestra a las claras que no tiene lugar en la legitimidad, tal vez en una concepción discutible de “real política”. No se debe obligar al poder afectando a los ciudadanos. Reducir la viabilidad citadina es dañar el derecho de vida en paz. Tomar calles o carreteras ante cualquier causa urgente va ciñendo la capacidad del bienestar mayoritario. La autoridad debe diseñar medios activos de canalización y contención que aprehendan el malestar individual o grupal y lo lleven a su debida solución. Lograr tal conciliación, negociada siempre, sin golpear a los que son ajenos al enorme cúmulo de malestares existentes es conducente. Abrir mesas de negociación es un medio para atender la demanda de los afectados, pero deben acompañarse de otros recursos que eviten, con solvencia, la afectación ciudadana, tema que, por ahora, parece ausente en su diseño y operación. La ley debe prevalecer y acatarse sin represión, pero con autoridad efectiva.

La falta de comprensión del fenómeno futbolero llevó al fracaso a todos los opositores y prevaleció la euforia y pasión, situación que correrá por el tiempo de su duración. Mientras, y desde el poder, deberá tornar la vista a lo trascendente. El tratado, por ejemplo, ya tiene sus rieles propios. Las expresiones trumpianas no son más que búsqueda de insertarse, con su temperamento pasajero, en la negociación. No olvidar la búsqueda de inversión, no sólo para los trabajos de alto nivel, sino para insertar programas dedicados a los medianos y chicos emprendedores, actores de la gran masa agregada que impulsa el desarrollo, programas que se diseñen con el propósito de sumarlos al crecimiento. Formar centros de integración para medianas y pequeñas empresas donde coincidan medios financieros, organizativos y tecnológicos, todo ello derivado de otros tantos núcleos de desarrollo técnico que inserte logros externos e internos, a los propios de manera continua y práctica. Centros que en ciertos sectores ya existen, pero se han relegado, como en energía, petróleo, agua, Internet, chips, minería, agrobiológicos, médicos y otros muchos que son los agentes del cambio futuro.

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