Armando G. Tejeda, corresponsal

Madrid. Salvador Dalí fue enterrado el 23 de enero de 1989; embalsamado por expertos, maquillado y con mucho formol. La finalidad era que se conservara lo más posible su habitual atuendo: era un hombre espigado, elegante, de mirada profunda y penetrante y, además, tenía una peculiaridad que sobresalía sobre las demás: su bigote.

Éste fue, de alguna manera, su seña de identidad. Era un bigote delgado y peinado de tal manera que parecía una media luna recostada. Lo que se ha llamado el bigote de las 10 y 10, que sería la hora de las manecillas del reloj si los dos puntos de ese pelo en el labio superior estuvieran dentro de uno.

Casi 30 años después de su entierro, y para sorpresa de los forenses, los peritos y los responsables de la Fundación Gala-Dalí, cuando retiraron la losa de granito de tonelada y media y rescataron el féretro con los restos mortales de Dalí, entre las uñas, huesos y ropajes apolillados también estaba ahí su bigote.

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